CANCIÓN DE AMOR.
9 Maig 2008Hacía una tarde extremadamente calurosa. Cuando llegué a mi trabajo en el cuartel de la
Guardia Civil de Alcañíz sólo tenía un deseo: que nada me hiciera salir al exterior para
no sufrir la inmisericorde furia del sol y así poder avanzar con el papeleo pendiente.
Pero esa esperanza se vio truncada pocos minutos después, cuando recibimos una
comunicación de los compañeros de Valderrobres. Habían recibido la llamada telefónica
de una pareja de turistas británicos avisando de la existencia de una papelera en la
Subida de la iglesia por la que escurría un hilillo de sangre. Querían nuestra opinión
sobre lo hallado dentro. Hacia allí me dirigí junto al cabo A.
Me sorprendió el paisaje, había transitado por esa carretera cientos de veces antes, pero
en esos momentos me recordó mis recientes vacaciones en el Piamonte, nunca antes lo
había relacionado. Un sueño ligero me devolvió allá, pero sobre todo el aire
acondicionado del coche patrulla, hicieron placentero el viaje. La ciudad del Matarraña
nos recibió desierta, amedrentada por un calor violento, agresivo. La Subida de la
iglesia es tan inclinada que no tiene calzada, es un sucesión de escaleras que lleva desde
la plaza del pueblo al castillo y, como su nombre indica, a la iglesia. También es muy
sinuosa, tanto que en uno de sus recodos casi nos damos de bruces con el cabo B. El sol
se derramaba sobre él, aún así su rostro estaba blanco e intentaba, sin conseguirlo,
disimular una tiritona evidente. Prácticamente sin saludarnos señaló con la vista y un
movimiento de la barbilla un envoltorio de papel de periódico situado sobre la chapa
negra pintarrajeada que cubría la boca de la papelera. Estaba ensangrentado en uno de
sus extremos. Lo cogí con cuidado y lo abrí pensando qué podría contener para
descomponer de esa forma el gesto del cabo B., a quien conocía desde hacía años y del
que no tenía duda de su entereza. Ante mis ojos aparecieron tres dedos humanos
amputados. La primera parte de mi cuerpo que reaccionó fue el estómago, se contrajo
tan violentamente que a duras penas pude contener el vómito y el impulso de arrojar
lejos la causa de tal repugnancia. Viendo la cara de mis compañeros no tuve dudas de la
expresión de la mía.
Como a esas horas todo estaba desierto, comenzamos nuestras pesquisas preguntando
por las casas cercanas si alguien había visto algo. Supongo que quebrantamos muchas
siestas. Lamentablemente todo fueron negativas, hasta llegar al número 13 de la calle
Buen Aire. Me llamó la atención la inscripción en la piedra de la fachada que decía
“Año 1742”, hice mentalmente el cálculo de la edad. Tras llamar recibimos como
respuesta una especie de jadeo acompañado de unos suaves golpes. Volvimos a dar con
los nudillos en la puerta, como no varió la respuesta, el cabo B., que era quien portaba el
envoltorio, supongo que incómodo por ello y queriendo zanjar cuanto antes la situación,
intentó abrir. La puerta no estaba cerrada con llave, así que decidimos entrar. La primera
sensación fue agradable por el fresco que nos recibió. Tras unos segundos, cuando
nuestra vista se habituó a la oscuridad del patio vimos un hombre joven tendido en el
suelo. El cabo B. entró primero, dio con el interruptor y encendió la luz, yo corrí hacia el
hombre, sus manos estaban heridas e hinchadas, pero presentaban todos los dedos. Con
ellos golpeaba ligeramente un baúl de madera a su alcance. Eso, junto con una
respiración entrecortada, fatigada, era lo que habíamos oído desde fuera. Sus ojos
parecían haberse salido de las cuencas; tenía la mirada perdida, babeaba y su garganta
emitía sonidos incomprensibles al tiempo que sus ensangrentadas manos se aferraban
con fuerza a mis brazos mientras yo intentaba ayudarle a incorporarse, pues eso parecía
querer, pero fue imposible, sus pies resbalaban en el suelo. El pobre no podía coordinar
ni sus movimientos ni sus palabras. Inmediatamente llamamos por el walkie al cuartel
para pedir un médico. Nuestra atención se centró después en la puerta de la bodega,
estaba abierta a una enorme oscuridad, en ella y en el marco había restos de sangre.
Parecía claro que el daño en las manos del hombre se había producido intentando éste
mantenerla cerrada mientras alguien pugnaba por salir. Bajamos el cabo A. y yo,
mientras el cabo B. acompañaba al herido. Una vez en las escaleras, la luz de un
ventanuco, que quedaba justo a la altura de la calzada, era escasa pero suficiente para
ver el interior. El recinto era más amplio e incluso más noble de lo que una casa así, tal
como la vimos desde fuera, parecía poseer. La cruzaba un enorme arco, las paredes eran
de grandes bloques de piedra perfectamente labrados. Una de ellas parecía haber sufrido
un derrumbe hacía poco. Al acercarnos vimos al otro lado una especie de cámara, como
una celda muy oscura que quedaba debajo de la calzada de la calle, junto a la muralla
del castillo. Como era imposible ver algo allí adentro, el cabo A. fue al coche a por una
linterna, a su regreso alumbramos lo que no era más que un hueco de unos tres metros
cuadrados, sin ventilación. Parecía evidente que no tenía salida alguna, el aire daba la
impresión de no haberse renovado en muchos años. Debía haber permanecido
herméticamente cerrada hasta que la pared sobre cuyos escombros nos encontrábamos
fue derribada. La piedra de las paredes interiores tenía marcas de golpes y arañazos. En
el suelo, había ropas de hombre, viejas, estropeadas. Un escalofrío me heló la sangre
cuando vi, en un rincón lo que claramente eran las falanges, secas, de unos dedos
humanos. No había otros restos. Sólo Dios sabe qué había salido de esa celda, contra
qué había forcejeado el inquilino y cómo se desarrollarían los hechos a partir de ese
momento.
Cuando subimos de la bodega una ambulancia se estaba llevando a este pobre hombre
aterrado. Aquí comenzaba la segunda parte de la investigación, llamamos en la casa de
al lado. La mujer que nos atendió dijo que el herido vivía allí desde hacía unos cinco
años. Según parece era de Zaragoza y fue trasladado a Valderrobres por motivos de
trabajo, a continuación nos indicó el nombre y la dirección de la anterior dueña de la
casa. Fuimos a visitarla, por fortuna la localizamos rápidamente, pero no pudo darnos
información alguna, desconocía la existencia de la celda en la bodega y cualquier cosa
relacionada con ella.
El calor aquella tarde era insoportable, nada parecía indicar que fuera a darnos un
respiro. El cabo B. sugirió ir al cuartel para analizar los hechos con un poco más de
comodidad. Aproximadamente una hora después habíamos decidido volver a Alcañíz,
nosotros mismos llevaríamos los dedos al hospital para su conservación y daríamos
parte al juez. Estábamos a punto de partir cuando llegó la antigua dueña de la casa. Nos
pidió que la acompañáramos a su domicilio, por el camino nos explicó que mientras
contaba lo ocurrido a sus hijos, su tía Josefa, una anciana con una ligera demencia a la
que cuidaba y que había oído el relato, tuvo una extraña reacción. Pensó que tal vez
pudiera interesarnos. Había empezado a caer la tarde mientras avanzábamos por las
calles de Valderrobres, perros y chavales en bicicleta recorrían las calles. Por continuar
la conversación comenté que me había fijado en la piedra que confesaba la edad de la
casa, la señora nos contestó que la casa de la calle Buen Aire había sido la de su familia
materna desde entonces. La vendieron tras la muerte de su madre y haberse hecho cargo
de la hermana de esta, precisamente la persona a la que íbamos a visitar. Se disculpó por
no haberla llevado ella misma al cuartel, pero había decidido no fatigarla. El calor, su
avanzada edad y el hecho de que una tercera hermana, Antonia, había muerto el día
anterior y hubiera sido enterrada esa misma mañana le llevaron a tomar la decisión de ir
a buscarnos.
Cuando estuvimos ante la tía, la sobrina le pidió que nos repitiera lo que había dicho
antes, pero la anciana no parecía saber de qué le hablaba. Tal vez estaba aturdida ante la
presencia de desconocidos. Con mucho cariño la sobrina comenzó a recordarle cosas del
pasado, de cuando las tres hermanas eran niñas y vivían junto al castillo, de cómo
trabajaban la tierra, de sus novios –que por lo visto no faltaron-… Entonces la anciana,
la señora Josefa, comenzó a hablar. Esto fue lo que dijo: “L’Antònia festeja amb el
Manel, al nostre pare no li agrada el xiquet, està posat en política i aixó no es bó en
estos dies. Lo pare ha prohivit l’Antònia veure al Manel. Lo pare porta moltes dies
sense parlar. Ha enviat l’Antònia a casa de la tia Ángeles a Lledó. Lo pare passa molt
de temps a la nostra bodega. Diuen que a cal Villoro estan preocupats perquè el Manel,
lo fill, ja fa dies que no hi acudix” .1 Pese a que no habló en castellano puede entenderla
sin dificultad.
Preguntamos sobre todo esto en Casa Villoro, pero no queda nadie de edad suficiente
para haber vivido –y tal vez habernos aclarado- lo referido por la anciana. Sí recordaban
haber oído hablar de un familiar desaparecido durante la Guerra Civil, pero en muchas
casas podrían decir lo mismo.
Parecía claro que necesitábamos encontrar a alguien que nos pudiera aclarar algo sobre
Manel, Antonia y la relación entre ambos. Volvimos a hablar con la anterior dueña de
la casa de la calle Buen Aire. Nos repitió que Antonia había muerto el día anterior,
ocurrió en Barcelona, donde la llevaron los caprichos de la vida, y que esa misma
mañana la habían enterrado en Valderrobres. Esto había hecho que Mercedes, una amiga
de la infancia de sus tías y su madre viniera desde Andorra, donde vive con su hijo. Era
posible que todavía no hubiera salido del pueblo de regreso a su casa. No fue difícil dar
con ella, esto es lo que nos contó: “Manel y Antonia estaban muy enamorados, pero
tenían que llevarlo en secreto porque el Tío Pascual, el padre de Antonia –aclaró- y el
mozo eran de bandos distintos, y en aquellos tiempos… la Guerra, ustedes ya saben.
Pero todo se acaba sabiendo y de un modo u otro el Tío Pascual se acabó enterando. Un
día Antonia vino llorando a casa, me dijo que su padre la mandaba a Lledó y que había
jurado matar a Manel. Eran otros tiempos”.
Caía la noche cuando regresábamos al cuartel, comenté a mis compañeros que había
perdido la esperaza de resolver el caso. Ninguna de las investigaciones que había
llevado a cabo hasta entonces había sido tan extraña. Tal vez por esa falta de confianza,
tal vez por el cansancio, caminábamos en silencio, despacio, cuando desde el cuartel nos
avisaron por el walkie que algo raro había ocurrido en el cementerio. Maldije con el
pensamiento, fuimos a por el coche y al camposanto. En la puerta de entrada nos
esperaba el operario municipal responsable de su cuidado. Parecía muy alterado, varias
colillas pisoteadas a su alrededor y un cigarrillo entre sus dedos no parecían haberle
calmado. Nos abordó casi sin dejarnos salir del coche y mientras nos arrastraba adentro,
nos dijo que aprovechando el fresco de la tarde, había acudido a ver cómo estaba todo
tras el entierro celebrado por la mañana. Al acercarse le había parecido ver algo raro
entre las coronas de flores. Se paró a unos diez metros del nicho en que habían sido
depositados los restos de Antonia, señaló con el brazo y con el cigarrillo en la comisura
de los labios dijo: “vayan, vayan”. Retiramos algunas flores y vimos que la pieza de
cemento que cierra el nicho, a falta de la definitiva lápida, había sido extraída y se
hallaba en el suelo partida en varios trozos.
Al asomarnos al interior vimos sobre el ataúd un cadáver, era de un hombre, vestía ropa
vieja. Uno de sus pies estaba descalzo, mostraba sólo huesos y piel seca. Esta persona
parecía estar abrazando el féretro.
Todo esto ocurrió hace tres días. Ahora acabo de recibir el informe del forense. Lo único
que aclara es que se trata del cuerpo de un varón, que lleva muerto más de 50 años y que
le faltan tres dedos en la mano derecha.
1 “Antonia festeja con Manel, a padre no le gusta el muchacho, está metido en política y eso no es bueno
en estos días. Padre ha prohibido a Antonia que vea a Manel. Padre lleva muchos días sin hablar. Ha
mandado a Antonia a casa de Tía Ángeles a Lledó. Padre pasa mucho tiempo en la bodega. Dicen que en
Casa Villoro están preocupados porque Manel, el hijo, hace días que no acude”
J. Carlos Gil









