Adelita. Blas Gallego





Para Jesús
1 En algún sitio que en aquel momento no podía recordar, Miguel había leído que se podía vivir sin pensar. Miguel quiso acordarse en qué libro habría leído aquella frase que le había quedado grabada en la mente, en un eco cuya reverberación se repetía últimamente de una manera machacona. Tampoco pudo recordar entonces, a la entrada de la droguería, el autor, mientras apretaba los dientes para ayudarse a concentrarse mejor, aunque pensó que tal vez Cortázar o puede que hasta incluso Borges, no sabía exactamente cuál, concluyó Miguel, había escrito aquella frase tan fascinante. Como ya los recordaba perfectamente de otras ocasiones, nada más verles entrar en la droguería, el dependiente cogió la carta de colores. El enorme catálogo fue abierto por el dependiente con solemnidad y las dos tapas plastificadas cayeron sobre el mostrador en sentidos opuestos con un estampido seco y estereofónico, arrastrando consigo respectivamente la mitad de sus páginas. Miguel miró entonces a Adela y sintió una repentina sensación de vértigo. Pensó luego si sería capaz de descifrar aquella señal que anticipaba malestar y deseó que de una vez por todas aquella fuese la última vez que iban a la droguería para encontrar, antes de casarse en dos semanas, el color idóneo para pintar su habitación de matrimonio. En cada una de las veinticuatro páginas del catálogo había cinco filas de cinco columnas, para un total de veinticinco pequeños rectángulos de color por página. Por curiosidad, Miguel empezó a calcular mentalmente cuántos colores había desplegados delante de sus ojos. Veinticinco colores en cada página por cuatro igual a cien, por seis igual a seiscientos colores. Llegó a la conclusión exacta de que de nuevo Adela y él estaban ante un vertiginoso despliegue de seiscientos colores distintos que, en un tortuoso proceso, tenían que ser observados detenidamente y rechazados poco a poco hasta que sólo quedará uno. Mirando la carta de colores, Miguel creyó descubrir la lógica que los había ordenado en aquella disposición. De izquierda a derecha, cada uno de los colores iba transformándose de un tono claro a otros cuatro cada vez más oscuros y definidos. No podía identificar con un nombre casi ninguno de los colores. Se hubiera atrevido a señalar aquel que culminaba la primera fila de la tercera página como inequívocamente amarillo, pero se preguntó en seguida cómo se denominaría el que se encontraba justo a su izquierda y que también era amarillo para sus ojos, aunque levemente más claro. Lo mismo sucedía con los naranjas, los rojos, los granates, los verdes, los marrones, los azules y hasta con los grises. - Me pregunto si cada color tiene un nombre que lo identifique, - le preguntó Miguel al dependiente. Adela miró a Miguel con una mirada fulminante. El dependiente, con una sonrisa condescendiente, señaló unas referencias que había debajo de cada color. - Para ayudar al cliente a identificar su color favorito, el fabricante utiliza un código alfanumérico porque es más fácil de recordar. Miguel se fijó entonces en que debajo de cada rectángulo de color había un código de cuatro números que empezaba siempre con un cinco, seguido de un guión y una “r”, un número de dos cifras y una “b” con el signo “+” o “-“. Miguel construyó la hipótesis de que los números eran aleatorios aunque empezaban con el 5001 y que la “r” era la sigla de referencia y la “b” podría significar si el color era brillante o mate, establecido por el signo positivo o negativo. La voz imperativa de Adela sacó a Miguel de sus cavilaciones numéricas. - Miguel, se puede saber en qué estás pensando. No podemos estar todo el día mirando embobados los colores. Anda, fíjate en estos tonos granates. - En realidad, usted se refiere al color terracota, - puntualizó con pedantería el dependiente. El color terracota es el color de la tierra cocida, pensó Miguel. - El granate es un color muy intenso, ¿sabes? – puntualizó Adela zarandeando la cabeza-. Además, lo tiene mi hermana en su piso y que no se vaya a creer que le copiamos el estilismo. Vamos, que ni hablar, el granate ni hablar. - No sé, pues haz lo que quieras, cariño. A mí el terracota no me desagrada, la verdad. Aunque yo de colores no entiendo. - ¿Pero tú entiendes de algo? No me ayudas nada, Miguel. Siempre estás igual con el “no sé-no sé”. Siempre tengo que tomar yo las decisiones porque tú nunca sabes nada. Dentro de dos semanas nos casamos y aún no sabemos de qué color vamos a pintar la habitación de matrimonio. Miguel respiró hondo antes de contestar. - Adela, en el piso de tu hermana el color terracota queda soberbio. - Y dale con el terracota y con mi hermana. Parece que te gusta más lo que hace mi hermana que lo que hago yo. Que te aguante mi hermana si tanto te gusta. Miguel pensó en lo que se le vendría encima en aquellas dos semanas. Todo iba a tener que estar perfectamente organizado para la ceremonia. Los innumerables trámites que había que resolver le agobiaban y parecían hacer mella en su relación. Últimamente Adela estaba tensa y a menudo le contestaba con acritud, como cuando habían ido a probar el menú en el restaurante donde se iba a celebrar el convite. Él lo achacaba todo a los nervios previos a la boda, aunque empezaba a preguntarse si aquellas reacciones amargas de Adela lo que hacían era revelarle su verdadera personalidad. Y además estaban los inevitables fines de semana con la familia de Adela en la casa de la playa en Calafell, por no hablar de las cenas previas a los partidos del Barça con el suegro o la partida de tenis los viernes por la tarde con el cuñado de Adela. Miguel pensó que todo eso era superable si Adela seguía siendo como era cuando se habían conocido. Adela era la mujer de su vida sobre todo por aquella sonrisa que le había cautivado desde el primer día. A pesar de todo, hizo un último esfuerzo, aunque al mirar de nuevo el catálogo de colores la desolación le volvió a vencer. - Bueno, Adela, cuando estemos en el piso ya se nos ocurrirá algo. Las cartas de colores de las droguerías tienen cientos de colores. Está tiene seiscientos. Seguro que encontramos uno que nos guste. - Sí, claro, ahora me saldrás con alguna de tus teorías. Sólo sirves para decir tonterías. Me tienes harta. Miguel decidió callar, no valía la pena replicar. En momentos como aquel, cada vez más repetidos, a su cabeza acudían los versos de una canción popular que había conocido de niño al oírla canturrear a su abuelo y que Adela y él habían escuchado docenas de veces en la piscina del hotel de Cancún, cuando se habían ido de vacaciones a México el verano anterior, y que se titulaba casualmente Adelita. Adela odiaba aquella canción y se molestaba si Miguel la llamaba por su diminutivo o se la cantaba. Entonces empezó a canturrearla para sí mismo: “Y si Adelita se fuera con otro La seguiría por tierra y por mar, Si por mar en un buque de guerra, Si por tierra en un tren militar.” El dependiente se ofreció amablemente a que se llevaran con ellos el catálogo de colores. - Ya me lo devolveréis. Así os será más fácil decidiros. Pensad que para elegir el color se tiene que tener en cuenta el ambiente y el estilo de la casa. Las habitaciones pequeñas van bien con colores claros y luminosos para darle sensación de espacio. Si la habitación es grande, se pueden poner colores más intensos. Podéis usar una familia de colores para diferentes espacios, los amarillos están ahora muy de moda. Y el terracota también se lleva muchísimo. En cuanto Adela oyó la palabra terracota, su rostro se demudó. - El granate no me gusta para una habitación. Es demasiado oscuro, demasiado intenso. Me ahogaría. Y el amarillo ya lo ponemos en el salón-comedor. ¿Qué nos queda? - Mujer, quinientos noventa y nueve colores. Alguno habrá que nos guste. Y el terracota a mí cada vez me gusta más. - Sólo abres la bocaza para fastidiarme. Me largo, me tienes harta. Ahí te quedas con tu terracota. Haz lo que te dé la gana. Adela salió de la droguería sin detenerse, llorando. Miguel miró al dependiente y se encogió de hombros ante su cara de perplejidad mientras pensaba si seguir a Adela o quedarse allí unos instantes. Miguel entonces pensó si tenía que decir algo para desatrancar aquella incómoda situación. El dependiente cerró con un solo movimiento el catálogo de colores. - Son los nervios previos a la boda, ya se sabe. En fin, ya volveremos otro día. Adiós. - Sí, sí, ya entiendo, no se preocupe. Adiós. 2 Cuando Adela se detuvo junto a él en el altar, Miguel sintió como si algo en su interior se destensara. Entonces Adela le guiñó un ojo y le sonrió, mientras le decía en un murmullo: - ¡Qué guapo estás, tonto! La sensación de distensión se fue adueñando con más intensidad de su cuerpo. Y poco a poco todo fue cuadrando después casi a la perfección: Al menos de momento, Adela había recuperado la sonrisa. Y se acordó entonces también de repente de que fue Cortázar, en el cuento “La casa tomada”, quién escribió la fascinante frase de que se podía vivir sin pensar. Y pensó finalmente en el color terracota que, a pesar de la bronca en la droguería y de que era un color demasiado intenso y de que lo tenía la hermana de Adela, se estaría secando todavía húmedo en las paredes de su habitación de matrimonio. Miguel decidió entonces vivir sin pensar. Había tomado la decisión de su vida. Dejó de oponer resistencia. Cuando el cura le preguntó si quería a Adela para lo bueno y lo malo, para la salud y la enfermedad, Miguel cerró los ojos con fuerza, dijo sí con la voz quebrada y acercó sus labios a los de Adela. Entonces empezó a canturrear para sí mismo: “si Adelita quisiera ser mi esposa, si Adelita ya fuera mi mujer, le compraría un vestido de seda para llevarla a bailar al cuartel”. En el interior de sus párpados, Miguel pudo ver cómo incontables cartas de colores giraban tintineando psicodélicamente. Todas convergieron en un solo punto de luz blanquísima y cegadora. Y después sólo hubo el silencio... Blas Gallego


comentaris
1 - anonimo;
18 de setembre de 2007, 14.13 h
muy bueno si señor



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