DESPOBLACIÓN, LA CLAVE OCULTA





 
 Publicado en "El Heraldo de Aragón", julio 2019

 

Edgard Allan Poe en su relato “La carta oculta” nos enseñó que la mejor manera de “ocultar” algo valioso es dejarlo entre otros muchos objetos semejantes aunque no valiosos. La similitud oculta la excepcionalidad.  Por otra parte, el inmortal Sherlock Holmes solía decir:”Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad”. Ustedes se preguntarán qué diablos tienen que ver estas citas literarias con el título de este artículo. Un poco de paciencia: antes de llegar a la firma lo comprenderán  (o eso espero).

La despoblación que aflige a determinadas zonas de nuestro país y se ensaña, por ejemplo, en Aragón, con Teruel, donde este año tenemos 506 habitantes menos a restar de los escasos 133.344 de toda la provincia, es hija de muchos padres (causas) y esclava de muchos errores (actitudes y medidas políticas). Como decía el estoico Epicteto,  las cosas que dependen de nosotros podemos realizarlas, modificarlas o rechazarlas; las que no dependen de nosotros, hay que aceptarlas o minimizar o reconducir los efectos.

La despoblación tiene causas estructurales, económicas, geográficas y geopolíticas que están fuera de nuestro alcance. Pero entre ellas se esconde una clave de lo que ocurre que no está fuera de nuestro alcance y compromiso: de ahí viene la cita de Poe. Se oculta entre razones y casuísticas que nos superan y alcanzan niveles ecológicos, urbanísticos, laborales, de economía internacional y de intereses globales. Es una clave, una carta, que se disimula entre otras de distinta naturaleza pero similares aparentemente y así pasa inadvertida.

Cuando analizamos el problema de la despoblación de forma crítica y vamos desmenuzando las complejidades macroeconómicas que las causan, examinando los argumentos de los agentes sociales, económicos y políticos, llegamos a un punto en el que nos parece que la despoblación es inevitable dados los supuestos analizados. No hay solución o la solución es imposible, Y aquí entra Holmes: si descartamos lo imposible (que dada la situación global del país, los políticos y los que detentan el poder económico y financiero se pongan de acuerdo en evitar la debacle poblacional) lo que queda, por improbable que parezca, puede ser la verdad del asunto, es decir una vía de solución.

 

 Y ¿qué es lo improbable? Que haya un movimiento nacional y popular que, al margen de los partidos políticos y las organizaciones oficiales, a través de los medios de comunicación virtuales y con consignas claras y figuras altruistas que representen al pueblo en su expresión más pura, comience a moverse hacia una política de solidaridad territorial en la que los pueblos pequeños configuren una red de lugares de residencia y trabajo que descongestionen las megaciudades y privilegien una forma de vida más gratificante y creativa, más humana en una palabra. Si eso llega a tomar cuerpo, es posible pensar en que se alcance un punto crítico—de la manera en que, por ejemplo, se produjo la llamada “primavera árabe”, a través de las redes sociales (luego, mal gestionada y desaprovechada, pero eso es otro cantar)– en el que las estructuras políticas, económicas y laborales comprendan que es más fácil y productivo asumir la deriva del ecologismo existencial, en el amplio sentido del concepto. Pues bien, esa probabilidad remota pero posible es la “clave oculta” de la despoblación y tal como les dije se justifica la inclusión de las dos citas con las que comenzaba este escrito. Quod erat demostrandum. (“Lo que se quería demostrar”).

 

La citada “deriva del ecologismo existencial” está basada en un principio básico: podemos y debemos aspirar a un estilo de vida en conexión con la Naturaleza, no a su pesar ni primando en forma miope la explotación de nuestro entorno. Y, ¿quiénes por su propia naturaleza están más cerca de conocer y propiciar un entorno acorde con ese respeto básico? Un respeto que los humanos ya han olvidado con su prepotente complejo de superioridad y sórdida codicia, características que nos ha convertido en el mayor y más destructivo depredador del planeta.

Estamos hablando de los campesinos y ganaderos, del entorno rural, de los pequeños pueblos semi abandonados por el poder político, sometidos a una desertificación administrativa

 inicua. Un entorno rural al que se asfixia por “falta de medios” o lo que es igual por su escasa rentabilidad política.

 

Churchill observó agudamente que “la democracia es el peor de los sistemas políticos si exceptuamos todos los demás”. La vida rural es la peor de las formas de existencia social humana, si exceptuamos todas las demás.  Sólo hace falta que nos volquemos un poco más en ella, en su carencias, en igualar los servicios con el resto de la población –las personas de los pueblos, ¿son de segunda categoría?—en crear una institución común de servicios básicos entre los pueblos de la misma zona, que vele por la operatividad, evite la burocratización  y no se conviertan en agencias de empleos subvencionados.

Resumamos: la clave oculta de la despoblación es empezar a trabajar en el último eslabón de la cadena, los pueblos pequeños semiabandonados, buscar fórmulas para aumentar  recursos humanos, incentivar traslados de familias, mejorar drásticamente los servicios, promocionar una forma o estilo de vida rural con conexión total  a las comodidades y ventajas de nuestro tecnificado siglo, pensar “en futuro” y empadronar lugares óptimos para descongestionar ciudades…Y, en definitiva, como dijo Horacio, “Nullius in verba”, que no quede todo en palabras.-

 

 ALBERTO DÍAZ RUEDA

Alcalde de La Torre del Compte


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