EL INFINITO EN UN JUNCO





 
 Tiene Irene Vallejo dos virtudes capitales en lo que al libro que comento se refiere: se ha convertido en una Sherezade sin peligro de muerte, sino en función de la dinámica de la vida, el cambio y el testigo del cambio en el mundo de los libros. Ella que nos habla de comienzo oral de la narración -el ser humano está estructurado a través de las historias que le han contado- del germen  de los libros, el aliento de la palabra y el ritmo del narrador conectando con el del oyente. Por lo tanto nos habla con el encanto de un narrador oral popular, por ejemplo, de las desmesuras de los Ptolomeos y de la paradigmática biblioteca de Alejandría y como otra Hipatia se identifica con la magia primordial del amor al conocimiento, del que los libros son un medio y un fin. Esa virtud generadora es la que impulsa en un diálogo permanente a Irene con su lector. Nos lleva en cada capítulo a compartir el relato de su caminar y cuando lo acaba deja la semilla para obligarnos a seguir por los avatares del siguiente, mezclando nombres, historias, entrando de vez en cuando en persona en el escenario para cautivarnos mejor.

La segunda virtud es la amenidad documental, la curiosidad profunda hacia los orígenes de una pasión enriquecedora y absorbente por la lectura, como lo son las grandes pasiones. ¿Por qué leemos? ¿Dónde nace esa necesidad? ¿Por qué los libros son "el más asombroso de los inventos humanos", según Borges y según todos los buenos lectores que en el mundo han sido y son  (y serán, no les quepa duda alguna). Irene Vallejo ha logrado con su magnífico libro una hazaña singular: ha contado, con algunas reiteraciones, lo que otros muchos han escrito ya en sesudos o agradables ensayos, pero lo hace de una manera tan amena y tan coherente con la línea maestra de su libro que configura el amor a los libros y a la narración, que consigue atraer al más remiso de los lectores que podría bostezar o abandonar obras de mayor calado intelectual o erudito. Es la Ortega y Gasset de la metaliteratura, es decir una ingeniosa y entretenida vulgarizadora de la historia de la escritura y la lectura, como Ortega (demasiado injustamente) fue considerado respecto a la filosofía. La Vallejo nos cuenta de una forma atractiva e impecablemente escrita que quizá sembró en sí misma la idea de escribir el libro cuando hojeaba un pergamino de Petrarca: "Me impresionó la belleza y la regularidad de la escritora trazada por una mano experta. Vi los rastros del tiempo, esas páginas salpicadas de manchas amarillentas como las manos pecosas  de mi abuelo. Tal vez el impulso de escribir este ensayo nació entonces, al calor de aquel libro de Petrarca que susurraba como una suave hoguera". 

Irene logra hacernos partícipes de una conversación íntima con sus lecturas, sus opiniones , sus vivencias (como en la página 242 y siguientes cuando nos habla del acoso escolar que sufrió de una forma estoica)  o cuando (pág.183) se dirige directamente al lector para " sugerirle un alto en el camino a fin de hablar de otra historia". Las referencias continuas a otros autores (entrañable la de Helene Hanff y su "Charing Cross Road, 84"), citas textuales y guiños literarios convierten la lectura de este libro en un sugestivo paseo por la literatura y la historia de los libros y la escritura, la "peligrosa" profesión de  los libreros, la hábil transposición entre junco y canon (vara de medir y lista de libros sobresalientes de una época), sin olvidar los interrogantes que plantea la era digital. Pero siempre acaba con una defensa numantina:"Los libros tienen voz y hablan salvando épocas y vidas. Las librerías son esos territorios mágicos donde, en un acto de inspiración, escuchamos los ecos suaves y chisporroteantes de la memoria desconocida. (p. 315). O en la 401: "Somos los únicos animales que fabulan, que ahuyentan la oscuridad con cuentos, que gracias a los relatos aprenden a convivir con el caos, que avivan los rescoldos de las hogueras con el aire de sus palabras, que recorren largas distancias para llevar sus historias a los extraños. Y cuando compartimos los mismos relatos, dejamos de ser extraños". 

Irene da fin a su hipnotizante libro acogiendo en su epílogo la anécdota germinal de un grupo de bibliotecarias amazonas que en el primer tercio del siglo pasado cabalgaba por las trochas de los Apalaches norteamericanos llevando en sus alforjas libros para las granjas aisladas y los pueblos escondidos de Kentucky (y nos da el dato enternecedor que el titulo más demandado por esas gentes olvidadas fue "Robinson Crusoe"). Y nos dice, universalizando la anécdota: "de alguna forma misteriosa y espontánea, el amor por los libros forjó una cadena invisible de gente que sin conocerse, ha salvado el tesoro de los mejores relatos, sueños y pensamientos a lo largo del tiempo"... "Gente común cuyos nombres en muchos casos no registra la historia...la pasión callada de tantos seres humanos unidos por esa misteriosa lealtad". Hacia los libros, la lectura, "personas que lucharon por nosotros, por los rostros nebulosos del futuro". Como has hecho tú, Irene, con este libro.

FICHA

EL INFINITO EN UN JUNCO. Irene Vallejo.- Ed. Siruela.448 páginas.-23,99 euros.




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