El Tesoro de La Fresneda, por Alberto Diaz Rueda





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El Tesoro de La Fresneda

Desde mi casa en Torre del Compte, cada noche dirijo mi mirada al pueblo frontero que, en la oscuridad, lanza destellos de luz bajo sus dos colinas coronadas por la ermita de Santa Bárbara una y las ruinas del castillo de los calatravos, la contigua, un perfil triangular apuntando hacia el cielo abierto: La Fresneda. Se trata de uno de los pueblos mas bellos de la comarca, dotado de un singular perfil de galanura y calidad.  No en vano fue declarado Conjunto Histórico y Artistico y Bien de interés cultural a mediados de los 80 del pasado siglo. Allí se dan la mano la más tradicional arquitectura bajo aragonesa, el respeto hacia el pasado, ibero, latino, románico y gótico, la omnipresencia de las ordenes militares Calatravos y Temple, las huellas mágicas de antiquísimos pobladores y ciertas caracteristicas geográficas y geológicas que al decir de algunos que de esto entienden permitieron a borrosos ancestros del lugar observar y medir fenómenos naturales relacionados con los rituales de la tierra, el agua y el cielo.

Pues bien, además de todo eso, La Fresneda goza de un paraje extraordinario, de una belleza natural y un sereno ambiente silencioso y pacífico, que encandila a cualquiera que lleve sus pasos hasta él: el santuario de la Virgen de GraciaIMG 0495 de la Cueva. Se inicia el sendero a las afueras de la población, dirección Alcañiz. Hay un cartel que indica el camino, una pista forestal no muy cuidada en algunos tramos pero practicable en su totalidad para todoterrenos y vehículos dotados de buena suspensión. Pero yo recomiendo al paseante que ejerza de senderista y siga la pista por los cuatro kilómetros de caminata (algo más de una hora a paso tranquilo) que separa La Fresneda de su llamado "Desierto", así conocido no por la presencia de dunas arenosas o parajes inhóspitos, sino por el silencio y la soledad que envuelven amablemente al caminante. La pista, ancha y llevadera, sin apenas desniveles, recorre huertos de labor escondidos entre el bosque y las colinas, olivares más que centenarios de retorcidos y magnificos ejemplares, algun que otro pinar negro y una presencia variada de los matorrales y plantas aromáticas de la zona. Todo ello envueltos en un silencio lleno de vida, como debe ser la nada o el vacío para los maestros espitiruales. El sendero cruza el Barranc del Canals y se interna en los montes de la Mangranera hasta llegar de subito, tras el recodo del camino, a la zona llamada la Chulara, a unos seiscientos metros de altura, donde según a la hora que llegue y si tiene  suerte, el caminante se encuentra con unas edificaciones engastadas en la roca viva, y como broche precioso la asombrosa fachada del santuario, dorada al sol de la mañana, una joya arquitectónica de estilo barroco con elementos neoclásicos tempranos.

Toda esta maravilla me recuerda, salvando las distancias, mi arrobada sorpresa al encontrarme de pronto, tras el paso de un oscuro desfiladero, ante el increible santuario nebateo de Petra, en el desierto jordano. El efecto visual pertenece al mismo tipo aunque el maño a un nivel más modesto, pero igualmente respetable. Este santuario aragonés está construido sobre la emita del siglo XVI que daba cobijo a la cueva donde se encontró la imagen de la virgen de Gracia (una pastorcilla de la vecina Valjunquera, segun la leyenda, fue quien la encontró).  El actual edificio, del que solo se conserva la  fachada, de dos cuerpos, en piedra de sillería que adopta un color de oro viejo ante la caricia del sol,  y los muros de la hospedería y residencia de los monjes. Ha desaparecido la cubierta de cañón con bóvedas de medio caño, aunque se conserva el altar y la hornacina interna de la imagen y en lo más alto de la fachada, bajo el frontón neocládico otra hornacina con una imagen extrañamente bien conservada de la Virgen con un niño JesúsIMG 0519 rechoncho que sujeta un ave de pico curvo, quizá un águila o un halcón con la mano izquierda.

El recinto, al que accede por un arco de medio punto pegado  a la pared de la residencia de los monjes, cuyo interior está destruido y sin techo alguno, por donde asoma el cielo luminoso de estas tierras y los árboles que han crecido allí., esta formado por las dependencias de los monjes, la iglesia y otros espacios comunitarios, todo ello en un entorno de bosque y planicies verdes en terraza. Allí vivieron unos años los monjes de la Orden de Mínimos de San Francisco de Paula aunque pronto rechazaron la dura vida que el aislamiento y los inviernos rigurosos provoca y se instalaron en La Fresneda, aunque mantuvieron el cuidado del santuario. Ahora en el Convento que fundaron en el pueblo se ha instalado un hotel con mucho encanto.

Pasar un tiempo en este lugar, sentado frente a la fachada, junto a la alberca o el pozo de los monjes, aun conservados, es un regalo para el espíritu y el cuerpo de cualquiera. El silencio, raramente rasgado por el trino de algún pájaro o el sigiloso pasar de algún animal de cuatro patas, es uno de los activos del paraje. La belleza de las lineas arquitectónicas tan contrastadas por el medio natural, bosques, rocas inmensas, ramas y flores es otro añadido  de importancia. Pero todo paraíso tiene su serpiente. ¿Cuál es la de este lugar? El hombre, naturalmente. Las basuras dejadas, más o menos arrinconadas, por lo menos eso, en este entorno ofende incluso a sensibilidades tan trabajadas como la mía, que ha visto verdaderas abominaciones de ese tipo en los lugares más maravillosos. En fin, señor alcalde de La Fresneda, ¿para cuándo un gesto de autoridad y otro de respeto? Multen y repriman a los domingueros descuidados y, por favor, limpien todo esto y pongan lugares de recogida de basuras, y que sean periodicamente retiradas. Gracias. La virgen de ese nombre lo merece.

 
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