EL VICIO DE LA LECTURA





Alberto Díaz comenta: es apreciable la finura en el análisis de los tipos de lectores y sus motivaciones. Aunque fuese solo por eso, resulta un placer útil leerla
Hay algunos libros en los que la relación entre  la calidad del texto y el tamaño del libro, número de páginas o volumen son inversamente proporcionales. Es el caso de este mini ensayo, "El vicio de  la lectura" que casi parece un artículo largo.  Fue escrito por la norteamericana Edith Wharton premio Pullitzer y primera mujer doctor honoris causa en Harvard, a la que conocía exclusivamente como novelista, francamente buena aunque por razones inexplicables de escaso éxito actual (vivió a caballo entre los siglos XIX y XX) a pesar de un estilo depurado, muy superior a los que hoy abundan incluso  entre los mejores del ramo y una inteligencia y agudeza que me recuerdan a la de la malograda Iris Murdoch. La entonces atrevida hipótesis de trabajo de la Wharton (lo publicó en 1903) era que la amplia socialización educativa, la difusión de la cultura y el acceso de las masas a los libros y las bibliotecas, inmediatamente considerada como un instrumento de mejora social y laboral, por tanto económica, había fomentado la  creación y propagación de un nuevo vicio: el de la lectura. Con ese germen tan activo no tardaría en aparecer la enfermedad correspondiente y lógica epidemia: los lectores de textos-basura, los calificados como "lectores mecánicos" (porque leen "mecánicamente"). Eso provocó un enorme aumento de publicación de libros y consecuentemente un aumento brutal de la literatura basura y del lector consumidor de esos bodrios. Los cuales, debido de su ingente número se convirtió en un peligro evidente para la buena literatura. ¿Qué escritor, por bueno que sea, no prefiere publicar un libro mediocre o medio malo por cientos de miles de ejemplares que uno muy  bueno que compran algunos cientos de lectores desperdigados? Y como con agudeza (suena a Wilde) nos recuerda la autora, "Ningún vicio es más difícil de  erradicar como aquellos que popularmente se consideran virtudes" Aunque la autora hila más fino y recuerda que los presuntos frutos que teóricamente produce la lectura en las personas, su vida y sus obras, no dependen de la lectura en sí, sino de la clase de libro y autores que lees, como tampoco depende de la cantidad sino de la calidad y aún más, no de lo grande que sea tu biblioteca personal sino del número de libros que lees realmente (seguramente la Wharton esto no llegó a conocerlo, pero recuerden ustedes aquellas editoriales que vendían colecciones enteras para la decoración "de estatus" de algunas casas de la clase media y media-alta. Cito: La providencia nos proporciona innumerables autores cuya misión obvia consiste en proteger a la literatura de los estragos de los tontos. El lector mecánico se convierte en un peligro para las letras sólo cuando osa pastar en prados que no son los que le están predestinados. El análisis del tema se completa con marcar las diferencias notables entre el lector "mecánico" y el lector nato, la compulsividad agresiva de aquél frente a la naturalidad de éste que, en última instancia, suele establecer una suerte de "diálogo" con el autor y de ese diálogo, en el mejor de los casos, sale un enriquecimiento personal.  El que esos lectores no natos, se pasen al "lado serio" de la literatura (generalmente por esnobismo), preocupa a la autora porque, con la osadía de la ignorancia, pueden llegar a dañarla al opinar sobre ella, dada la democratización de la opinión pública que da oídos a todo el mundo. Y con cierto elitismo escribe: "Es probable que si sólo leyeran los que saben leer, sólo producirían libros los que saben escribir".  En estos tiempos, la obrita de Wharton queda ya en líneas generales algo obsoleta, los problemas son otros. Pero aún es apreciable la finura en el análisis de los tipos de lectores y sus motivaciones. Aunque fuese solo por eso, resulta un placer útil leerla.  FICHA EL VICIO DE LA LECTURA.- Editorial José J. de Olañeta. Traducción de Abel Vidal. Encuadernado en rústica con solapas, tiene 48 páginas.


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