En busca del tiempo perdido de Marcel Proust





Título: En busca del tiempo perdido

Autor: Marcel Proust

Año de publicación: 1913-1927

Nº de páginas: 3.496

Primera lectura de la obra: 1996

Segunda lectura de la obra: 2003

Tercera lectura de la obra: 2021


Marcel Proust (1871-1922) fue un novelista francés. A pesar de que había autopublicado la miscelánea Los placeres y los días (1896), y que a través del tiempo han ido apareciendo cartas, ensayos, la novela inacabada Jean Santeuil (1952), y otros textos, se puede decir que en realidad es autor de una sola obra, una novela monumental cuya redacción le ocupó gran parte del final de su vida: En busca del tiempo perdido. Esta novela, gigantesca, está dividida en siete libros. No llegó a verla publicada entera en vida, y no cabe duda de que al autor le hubiese gustado pulir la redacción de los tres últimos volúmenes, pero le sobrevino la muerte antes de que lo pudiese llevar a cabo. Pese  a estos contratiempos, la novela está completa y acabada.

El primer libro de la novela se titula Por el camino de Swann.

El Narrador entra en el relato comentando que no puede dormir y que se despierta continuamente. A partir de este momento comienza a evocar su niñez en Combray, niñez cuyo mayor tesoro era el beso buenas noches de su madre.

Casi al comienzo del libro, se encuentra el famoso episodio de la madalena. En él nos habla Proust de la capacidad de rememoración que puede poseer el repetir un gesto que parecía olvidado, y con ello nos hace ver que la memoria involuntaria tiene más potencia y capacidad de evocación que la memoria voluntaria.

Hay en la infancia del Narrador dos caminos que parten desde la casa de su tía Leoncia y que mantienen direcciones contrarias entre sí. Uno es el lado de Méséglise, en cuyo trayecto se encuentra la casa de Vinteuil, personaje a quien el mal hacer de su hija sume en una gran tristeza. El otro lado es el camino de Guermantes, lleno de flores de espino y de recorrido más largo, y paraje casi mitológico por lo que representan los duques de Guermantes en el haber mental del Narrador y sus padres.

Al final de esta parte del libro, que el autor titula Combray, se prologa el siguiente apartado, titulado Unos amores de Swann. Los hechos acaecidos en esta segunda parte tienen lugar antes del nacimiento del Narrador, lo cual no es óbice para que éste los conozca en profundidad.

En la segunda parte del primer libro de la novela nos encontramos con un joven Swann que conoce a una muchacha no muy guapa (para él) y que tiene en su haber un pasado y un presente no muy decorosos. A pesar de esto, Odette, que es como se llama ella, frecuenta la casa de los Verdurin, un matrimonio que aspira a ascender en la escala social. Y allí va a parar Swann, quien está muy acostumbrado a relacionarse con lo más granado de la época, para acabar enamorándose de Odette y por tanto descender de esa escala voluntariamente. Aquí el Narrador aborda por vez primera en la novela el tema de los celos, tema que disecciona en profundidad, y que llegará a su eclosión, en los libros La prisionera y La fugitiva. En el salón de los Verdurin, Swann escucha la sonata de Vinteuil, y las sensaciones que le transmiten cierta frase de la pieza musical le hacen transportarse a un mundo que sólo la música puede reconocer, y reconocerse en él.

Este primer libro tiene una tercera parte más corta que las dos precedentes, titulada Nombres de tierras. El nombre. Aquí, el Narrador comienza a relacionarse con quien será su primer amor, adolescente como él, la pelirroja Gilberta, hija de Swann y de Odette. El salto temporal respecto al episodio anterior es muy grande: el Narrador vuelve a su presente en la novela, y en él el matrimonio Swann está establecido como tal y tiene una hija, algo que el final de la parte anterior no hacía presagiar, pero sí la primera parte, Combray, porque en ella ya aparece nombrada Gilberta, cuando en uno de sus paseos el Narrador la vislumbra. Esta chica en principio parece inalcanzable para el Narrador, pero lenta y progresivamente se irá éste aproximando a ella, algo, esto, que sucede en el libro segundo de la novela: A la sombra de las muchachas en flor.

Este segundo libro está dividido en dos partes, ambas sin título. En la primera, el Narrador cuenta que un antiguo embajador le puede dar entrada en la casa de los Swann, algo que interesa calurosamente al primero porque se siente muy atraído por Gilberta. Este embajador, el señor de Norpois, se da cuenta del interés del chico en ir allí y precisamente por esto no se preocupa en recomendarlo en la casa. El acceso a ella le llegará al joven Marcelo mediante la propia Gilberta, a través de una carta. Pero antes de todo esto, sucede que el señor de Norpois interviene para que los padres de Marcelo le dejen a éste ir al teatro para ver a una diva del momento: la Berma. A ésta la verá en una representación de Fedra, de Racine, y no le parece gran cosa. Haciendo capacidad de abstracción y de saber escuchar, luego de haber pasado un tiempo en que vio a esa mujer, le reconoce los méritos artísticos.

La primera parte de este segundo libro, A la sombra de las muchachas en flor, disecciona la vida social de las clases altas y su modo de relacionarse en los salones donde se producen las visitas de los allegados. Marcelo, en casa de los Swann, conoce al gran escritor Bergotte, quien al principio le parece de carácter no apropiado a lo que este hombre es capaz de expresar en sus libros. Poco a poco va Marcelo relacionando el habla de Bergotte con los giros estilísticos de él como escritor y se convence de que, pese a que son aspectos distintos de la misma persona: habla y escritura, ambos se correlacionan con lo que representa el Bergotte escritor para Marcelo. En un momento determinado, Gilberta se cansa de Marcelo, y éste, en medio de un examen interior de por qué suceden esas cosas y con el fin de tratar de no encontrarse con Gilberta, debido a su posterior decepción ante el desencuentro, se abstrae de sí mismo y halla una solución intermedia, que es la de ir de visita a la casa de madre de la joven cuando ésta no está en casa.
 

Proust indaga en los límites de la capacidad de abstracción de sus lectores, pero a menudo esto sirve para que sus extensas parrafadas adquieren un sentido y una sensibilidad que podríamos definir como casi absolutas, un refinamiento al que ningún otro autor ha sido capaz de llegar:

Sonreía, contenta por lo hermoso del día, por el sol, que aún no molestaba, con el aspecto de seguridad y de calma del creador que cumplió su obra y ya no se preocupa por nada más, convencida de que su toilette -aunque los vulgares transeúntes no lo apreciaran- era la más elegante de todas; la llevaba para placer suyo y de sus amigos, con naturalidad, sin atención exagerada, pero tampoco con total descuido; y no se oponía a que los lacitos de su blusa y de su falda flotaran levemente por delante de ella, como criaturas de cuya presencia se daba cuenta y a las que dejaba entregarse a sus juegos indulgentemente, y según su propio ritmo, con tal de que la siguieran en su marcha; hasta en la sombrilla color malva, que muchas veces traía cerrada al llegar, posaba, como en un ramito de violetas de Parma, aquella su mirada dichosa y tan suave, que cuando ya no se fijaba en sus amigos, sino en un objeto inanimado, aún parecía que estaba sonriendo. […] Pero por eso precisamente, el ver a la señora de Swann me daba una sensación aún más plena de aire libre y de calor. A lo cual contribuía mi persuasión de que, gracias a la liturgia y a los ritos en que tan versada estaba la señora de Swann, existía entre su toilette y la estación del año y la hora del día un lazo necesario y único de suerte que las florecillas de su rígido sombrero de paja y los lacitos de su traje se me antojaban aún más natural producto del mes de mayo que las flores de bosques y jardines; y para sentir la nueva inquietud de la primavera bastábame con alzar la vista hasta la estirada tela de su abierta sombrilla, que era un cielo cóncavo, clemente, móvil y azulado, un cielo más cercano que el otro. Porque esos ritos, aunque soberanos, blasonaban, y lo mismo blasonaba la señora de Swann, de condescendiente obediencia a la mañana, a la primavera y al sol, que por cierto no se mostraban lo bastante lisonjeados de que una mujer tan elegante se hubiera acordado de ellos y escogido por su causa un traje más ligero y más claro (traje que al ensancharse en el cuello y en las mangas traía a la imaginación la idea de un suave mador en el cuello y las muñecas de Odette) y no agradecían como era debido todas aquellas atenciones, semejantes a la de una gran señora que se rebaja a ir al campo a ver a una familia ordinaria y conocida de todo el mundo y tiene la delicadeza de ponerse ese día especialmente un traje de campo.

Es éste el ocaso y la despedida de la primera parte en lo que concierne a la relación de Marcelo con Gilberta y sus padres. La evocación de Odette de Crécy paseando bajo el sol de la mañana por el Bosque, más parece una pintura o una fotografía de época que una descripción. Los elementos tan suaves, tan delicados con que Proust descompone la imagen, en oraciones tan extensas, hacen que el lector sienta que algo atraviesa en él y se quede grabado en la retina de su memoria. Luego de estas escenas crepusculares, se pasa a una suerte de prólogo que anticipa la segunda parte, en la que el Narrador viaja con su abuela a Balbec. Este viaje y su posterior estancia en el lugar de veraneo se deben no sólo a las vacaciones, sino también por motivos de salud de Marcelo. Después de una descripción de las sensaciones que le produce el hecho de cambiar de alcoba y de describir su nueva habitación, se entra de pleno en la segunda parte del libro, en la que el lector, luego de ser informado sobre el interés del Narrador en la arquitectura, conocerá a la señora de Villeparisis, mujer que le presentará a Marcelo a Saint-Loup y al barón de Charlus, y con los cuales poco a poco entrará el Narrador en el gran mundo, no sin antes quedar atrapado por el atractivo de Albertina y sus amigas, las muchachas en flor.

La presentación al lector de Palamède, el barón de Charlus, es un tanto equívoca, pues este personaje ya apareció en el capítulo del primer libro, titulado Unos amores de Swann. Aquí es nombrado usualmente como Memé, y, al tratarse de unos hechos acontecidos mucho tiempo atrás, el personaje es mucho más joven que cuando lo conoce en persona el Narrador. El presentarlo nuevamente y de un modo como si fuese novedoso y por primera vez, creo que se debe a una argucia del autor para que al lector le resulte más chocante, si cabe, la extraña y arbitraria conducta del barón ante el protagonista Marcelo. De aquí se pasa a una invitación a Marcelo para tomar el té de un antiguo compañero de clase, Bloch, a la que acude con Saint-Loup, y en la cual se ponen en evidencia las carencias y angustias sociales de la familia Bloch. Más tarde Marcelo conoce a Elstir, pintor de renombrada fama que le abre el acceso al conocimiento y participación del mundo de Albertina y sus amigas. Por un antiguo retrato del Elstir a Odette, el Narrador se percata de que está ante el antiguamente joven y descarado pintor que frecuentaba la casa de los Verdurin en la época en que Swann cortejaba a Odette. Este conocimiento hace que el Narrador se sienta decepcionado hacia el gran pintor y éste advierta esa decepción. Ante esto, le comenta Elstir:

“No hay hombre -me dijo-, por sabio que sea, que en alguna época de su juventud no haya llevado una vida o no haya pronunciado unas palabras que no le gusta recordar y que quisiera ver borradas. Pero en realidad no debe sentirlo del todo, porque no se puede estar seguro de haber llegado a la sabiduría, en la medida de lo posible, sin pasar por todas las encarnaciones ridículas u odiosas que la preceden […] La sabiduría no se transmite, es menester que la descubra uno mismo después de un recorrido que nadie puede hacer en nuestro lugar, y que no nos puede evitar nadie, porque la sabiduría es una manera de ver las cosas. Las vidas que usted admira, esas actitudes que le parecen nobles, no las arreglaron el padre de familia o el preceptor: comenzaron de muy distinto modo; sufrieron la influencia de lo que tenían alrededor, bueno o frívolo. Representan un combate y una victoria. Comprendo que ya no reconozcamos la imagen de lo que fuimos en un primer período de la vida y que nos sea desagradable. Pero no hay que renegar de ella, porque es un testimonio de que hemos vivido de verdad con arreglo a las leyes de la vida y del espíritu y que de los elementos comunes de la vida, de la vida de los estudios de pintor, de los grupos artísticos, si de un pintor se trata, hemos sacado alguna cosa superior.”

Llama la atención que el Narrador reconozca a Elstir como aquel joven pintor del salón de los Verdurin, pues, en el ritmo interno de la novela, cuando esto sucede se nos sitúa en la adolescencia del Narrador. ¿A qué edad conoció éste el cortejo de Swann a Odette, cuando estos hechos son anteriores a su nacimiento? No se puede dudar de que ya los conocía, los hechos, pero sin duda que le fueron narrados a muy tierna edad, tanta que, por lo extenso de los sucesos narrados, como por su perfección y detalle sobre ellos, lleva a los lectores a la conclusión de que hay, en el interior mismo del relato, cierta impostura; impostura que, viendo la estructura de la novela y de cómo acontecen interiormente las cosas, evidencian que Proust deformó su propia vida hasta transformarla en novela, llevando a convertir a ésta en algo más válido incluso que su propia existencia.

La música mediante Vinteuil; la escritura, a través de Bergotte; la pintura, con Elstir; el teatro y el mundo de la interpretación, con la Berma; la arquitectura manifestada sobre todo por la iglesia de Balbec. Proust hace uso de nombres, a veces inventados pero con referentes reales, a veces con protagonistas que existieron, e incluso con ciertos puntos geográficos, para hablar de Arte al lector. Usando estos nombres, que en la novela se pueden considerar arquetípicos, se nos desmenuza, con gradaciones de sensibilidad a veces muy acusadas, todo un universo interior que el autor proyecta al lector y le hace sentir la interioridad de las sensaciones que embargaron al autor.

Marcelo, una vez conoce a las jóvenes en flor, hace amistad con ellas hasta el punto que lo admiten en su camarilla, formada exclusivamente, hasta entonces, por chicas. Esto le sirve a Proust para reflexionar sobre cuestiones de identidad y de cómo, antes de individualizar a los seres, éstos se nos mezclan en la vida y en la memoria de un modo grupal hasta que vamos extrayendo las características personales, y entonces, una vez logrado, distinguir bien a unos de otros. El final de este libro es un poema en prosa que nos habla de las postrimerías del verano y el consiguiente aletargamiento de la vida, y de cómo el recuerdo se convierte en un afluente de la añoranza.

En El mundo de Guermantes el Narrador ha cambiado de domicilio y marchado a vivir de alquiler a unos departamentos propiedad de los duques de Guermantes. Debido a esto puede verlos aunque no trate con ellos. La criada Francisca es uno de los personajes principales de la obra y ya ha sido mencionada y recreada bastante a lo largo de la novela, pero aquí, al principio de este tercer volumen, el autor hace hincapié en contar ciertas costumbres de los criados cuando desayunan, con ella como protagonista principal.

El Narrador va a ver por segunda vez a la Berma. En el teatro, observa en los palcos los movimientos de ese mundo tan singular y lejano que le parece a él que es el de los grandes aristócratas. Proust se sumerge de lleno en la mitología para describir con detalle a tales personajes tan lejanos e inancanzables para el Narrador. Como si de un mundo submarino y ultraterreno se tratase, el Narrador va describiendo lo que acontece a sus ojos desde el palco. El ver a Oriana de Guermantes le lleva a enamorarse de la mujer y a tener un deseo inevitable de encontrarse con ella para, al menos, saludarla. Estos encuentros constantes, de saludo lejano, acaban por ser molestos para la duquesa, por lo que Marcelo decide recurrir a Saint-Loup para que le ayude y le presente a los duques. Viaja al cuartel donde se halla Saint-Loup y pernocta allí una corta temporada. El encontrarse de nuevo ante un cuarto extraño (la anterior habitación, en la novela, fue la de Balbec) le hace meditar sobre las conexiones entre la vigilia y el sueño. En este tramo de la obra hay un auténtico filosofar:

[…] Ya no somos personas. Entonces, ¿cómo es que al buscar uno su pensamiento, su personalidad, como quien busca un objeto perdido, acaba por recobrar su propio yo antes que otro alguno? ¿Por qué cuando empezamos a pensar de nuevo no es entonces la que encarna en nosotros otra personalidad que la anterior? No se ve qué es lo que dicta la elección y por qué, entre los millones de seres humanos que uno podría ser, va a poner precisamente la mano en aquel que era la víspera. ¿Qué es lo que nos guía cuando verdaderamente ha habido interrupción (ya haya sido completo el sueño o los sueños enteramente diferentes a nosotros)? Ha habido verdaderamente muerte, como cuando el corazón ha cesado de latir y unas tracciones rítmicas de la lengua nos reaniman. La habitación, desde luego, anque solamente la hayamos visto una vez, despierta recuerdos de que penden otros más antiguos. ¿Dónde dormían en nosotros algunos de que adquirimos conciencia? La resurrección en el despertar -después de ese benéfico acceso de enajenación mental que es el sueño- debe de asemejarse, en el fondo, a lo que ocurre cuando se vuelve a encontrar un nombre, un verso, un estribillo olvidados. Y acaso quepa concebir la resurrección del alma allende la muerte como un fenómeno de memoria.

De aquí se pasa a una descripción de la vida castrense, y de tertulias entre los militares sobre tipos de tácticas militares. En este tramo de la obra Proust aborda por vez primera el caso Dreyfus, que tanta polémica suscitó en Francia en su tiempo. El autor habla de todo esto, pero lo supedita a la trama, no toma él mismo partido hacia nada ni nadie. Marcelo vuelve a París y reanuda sus relaciones mundanas. Al poco tiempo aparece Saint-Loup, quien le acaba presentando a su querida. Marcelo la reconoce, pues se trata de una prostituta cuya casa él frecuentó en sus primeros tiempos de juventud. La chica es culta y tiene ínfulas artísticas. No se lleva bien con Saint-Loup y siempre están riñendo. Después de ser testigo de una escena de celos entre Raquel, la querida de Saint-Loup, y éste, Marcelo va a visitar a la marquesa de Villeparisis. Esta mujer, que antaño despreció su gran posición social, se ve ahora con que no puede recuperarla, a pesar de que es su gran deseo.

Trabajamos en todos los momentos en dar su forma a nuestra vida, pero copiando a pesar nuestro, como un dibujo, los rasgos de la persona que somos y no los de aquella que nos resultaría agradable ser.

Siempre somos idénticos a nosotros mismos, nos quiere decir Proust, aunque intentemos mejorar o cambiar nuestra imagen, porque no podemos ser otras personas. A pesar de todo, la marquesa es familiar de grandes personalidades y éstas se ven obligadas a visitarla de vez en cuando. Allí el Narrador se encuentra con los duques de Guermantes, y la señora de Guermantes acaba invitando a Marcelo para que vaya a su casa a hacerles una visita.

Este tercer volumen de la obra consta de dos partes, y el final de la primera es un largo relato de la vida social en casa de la marquesa de Villeparisis. Antes de que acabe esta primera parte Marcelo nos habla de la enfermedad de su abuela, la cual eclosionará al principio de la segunda parte del libro, en el que Proust dedica un breve primer capítulo, de los dos de que consta esta segunda parte, a la progresión de su enfermedad y, por último, a su defunción. El modo de narrar el fin de la abuela no es moroso ni con intenciones de infligir lástima en el lector, todo y que mantiene el tono que predomina en la novela, es decir, lentitud en narrar y en detenerse en los mínimos detalles, que en este caso explican el declive de la mujer, y de su continuo paso a los tratamientos que le recetan los diversos doctores que la atienden.

Por fin, en lo que a vida social se refiere, Marcelo entra entre lo más granado de su tiempo, en el salón de los duques de Guermantes, esos duques que en su niñez eran algo casi mítico, inasible e inalcanzable, simbolizado en un camino por el que paseaba. Antes de todo esto recibe la visita de Albertina Simonet, la muchacha en flor que más le llevó a sentir algo parecido a la pasión o al amor, desde sus reuniones y juegos con las chicas durante su estancia en Balbec. Allí, intentó darle un beso a Albertina, pero ésta no lo consintió. Ahora Albertina, en la casa de París de Marcelo, se muestra más aquiesciente respecto a estos temas.

Sorprende que una obra de esta extensión apenas tenga errores ni lapsus en su encadenamiento espaciotemporal. Dudo que Proust tuviese una escaleta previa para ponerse a escribirla; más bien parece que el autor toma todo prestado de la memoria y, una vez asimilado, lo vierte en una refundición con la que plasma este libro tan extenso como asombroso, por su arquitectura literaria, por su tempo en narrar, y por lo maravilloso de su elaborada prosa, entre otras muchas cosas, pues no hay que dejar de lado la enorme penetración psicológica en los personajes y el modo como interaccionan entre ellos. Proust es maestro en darle el empaque necesario a la mundana cotidianidad; lo irrelevante lo convierte en aventura, lírica, social y psicológica. La obra es de tal envergadura que incluso el autor, traspasado a narrador, en cierto momento manifiesta que quizás ha perdido demasiado el tiempo ante la intención de plasmarla (obra que seguramente tenía configurada en su mente años antes de haberla comenzado, porque el territorio de las ideas necesita un proceso de fermentación hasta que se vuelven material posible y realizable):

Entre ese año, por lo demás incierto, de Combray, y los atardeceres de Rivebelle, que momentos antes había vuelto a ver por cima de los visillos, ¡qué diferencias! Sentía yo al percibirlas un entusiasmo que hubiera podido ser fecundo si me hubiese quedado solo, y me habría evitado así el rodeo de muchos años inútiles por los que aún había de pasar antes de que se declarase la vocación invisible de que esta obra es la historia.

En un encuentro con Saint-Loup en un local en el que que también están los amigos de este último, le dice Saint-Loup al Narrador que el barón de Charlus desea verlo esa misma noche.

Después de pasar esa velada con Saint-Loup y sus amigos, la novela da un salto, a modo de separación, que comienza hablando de la evocación de lo moderno en textos antiguos, aunque literariamente resulten mediocres. 

[El] alejamiento imaginario del pasado es quizá una de las razones que permiten comprender que incluso grandes escritores hayan encontrado una belleza genial en obras de mediocres mixtificadores como Ossián. Tan pasmados nos deja que unos bardos remotos puedan tener ideas modernas, que nos maravillamos si en lo que creemos un añejo canto gaélico hallamos alguna que no hubiéramos pasado de encontrar ingeniosa en un contemporáneo. Un traductor de talento no tiene más que añadir a un autor antiguo, al que restituye más o menos fielmente, algunos trozos que, firmados con un nombre contemporáneo y publicados aparte, no pasarían simplemente de parecer agradables: inmediatamente da una conmovedora grandeza a su poeta, que de este modo pulsa el teclado de varios siglos. Este traductor sólo sería capaz de un libro mediocre, si ese libro hubiera sido publicado como original suyo. Presentado como traducción, parece la de una obra maestra. El pasado no sólo no es fugaz, sino que no se mueve de un mismo sitio.

El lector no se siente interrumpido con este tipo de reflexiones, porque, en sí, la contrucción de la novela es una “interrupción en sí misma”; toda ella está marcada por ese ritmo lento y reposado, moroso y a veces distante, que de tan perfecto modo va marcando la pauta de lectura a quien se adentra en sus páginas. El libro posee algo que lo hace irresistible a quien ya ha leído un buen porcentaje de él; sus larguísimas oraciones basculan como un oleaje continuo que inundan al lector de una gran simpatía hacia el narrador y hacia lo que sucede en la novela, aunque esos sucesos que se narran se vean aletargados por la constante digresión.

Este último texto tomado del libro (en cursiva) nos introduce ya en la mansión de los duques de Guermantes, a quienes Marcelo visita. Primero el duque lo deja a solas para que visione unos cuadros de Elstir y más tarde se reúne con los anfitriones y otros invitados al evento, que les son presentados. Aquí el Narrador se hace cargo de que las relaciones mundanas de este mundo tan peculiar son en realidad más de lo mismo que había encontrado en otros salones no tan prestigiosos. La duquesa hace gala de una ironía que parece marca de la casa y de su elevada clase social, y el duque sabe estar a la altura y hacerla valer ante los demás, pese a que entre ellos, el duque y la duquesa, hay problemas conyugales. Cuando acaba la sesión de mundanidad, Marcelo va a visitar al barón de Charlus. Éste, cuando está ante él, se muestra ofendido y airado sin que se sepa exactamente por qué. El hombre es presa de un carácter, y su consecuente comportamiento, contradictorio.

Luego de unas escenas en verdad hilarantes en casa de los duques, enfocadas entre lo que se desea hacer y lo que se debería hacer, marchan todos por fin a ver a la princesa de Guermantes. En medio de todo esto se produce la visita de Swann, quien se encuentra enfermo y en casi estado moribundo, con sólo unos pocos meses de vida.

Sodoma y Gomorra es el cuarto volumen de la novela, y tiene un comienzo que hace honor al título. Este volumen consta de dos partes. La primera parte sólo tiene un breve capítulo único, y, mediante una analepsis que retrocede muy poco en el tiempo, Marcelo narra un hecho observado por él que le hace reflexionar: mientras intenta sorprender a un moscardón polinizando una flor, ocurre una cosa que lo lleva a desviar su atención del propósito inicial, y es que ve aparecer al barón de Charlus, que va de visita a casa de su hermano, el duque de Guermantes. Ante la atenta y escondida mirada de Marcelo, el barón se encuentra con Jupien de tal modo que ambos se reconocen como homosexuales. Llegan incluso a introducirse en lugar discreto para realizar un contacto directo. A partir de aquí el Narrador se introduce en una larga reflexión sobre este mundo de hombres que se sienten atraídos por hombres y de mujeres que se sienten atraídas por mujeres.

En la segunda parte de Sodoma y Gomorra, muy extensa, dividida en cuatro capítulos y que alcanza hasta el final del libro, de nuevo vuelve la narración al punto donde había quedado, que es la visita a casa de la princesa de Guermantes. Este cotillón nocturno se da, aunque más tarde, en la misma noche en que Marcelo había ido a visitar a los duques de Guermantes, por lo que hay que remontarse a las páginas de El mundo de Guermantes. Que parte del tercer volumen y el principio del cuarto volumen se empleen en narrar los acontecimientos de una sola noche da idea del lento transcurrir de la novela, cuyo tiempo interno se condensa o dilata en función de las necesidades explicativas del Narrador. Allí se vuelve a encontrar con el barón de Charlus, a quien ya no puede mirar con los mismos ojos, y cuya actitud y comportamiento, antes tan herméticos, se le vuelven ahora mucho más transparentes. Después de un altercado entre Swann, quien está muy enfermo, y el príncipe de Guermantes, en referencia al caso Dreyfus, el Narrador tiene que marchar de la fiesta porque ha quedado con Albertina. Al llegar a casa se encuentra con Francisca, quien está con su hija y le sabe mal que Marcelo las haya cogido en “flagrante delito” de estar tomando algo juntas en la cocina. Le informa la sirvienta que Albertina no ha llegado y por ello el Narrador siente una enorme decepción. Decepción que se solventa con la llamada tardía de Albertina y su posterior encuentro en casa del Narrador. La estancia de Albertina en la casa es breve, aunque les da tiempo para compartir unos besos y que ella beba un zumo de naranja y agua. Proust pasa a hablar de los salones sociales y de cómo éstos van adquiriendo prestigio o perdiéndolo en función de la importancia que adquieran, o dejen de adquirir, los anfitriones de tales lugares de encuentro.

En el primer capítulo de la segunda parte de Sodoma y Gomorra hay un apartado que interrumpe bruscamente el hilo narrativo y el Narrador pasa directamente a situarse en su segunda temporada en Balbec.Tiene por título Las intermitencias del corazón. Justo llegar al hotel de Balbec le recibe el director, persona que no habla bien y siempre trabuca palabras y términos, dándoles significados distintos a los que tienen en realidad, y es Marcelo quien tiene que realizar un esfuerzo mental para entender lo que el director quiere decir cuando habla. Una vez asentado en su habitación le viene la nostalgia y cierto desaliento ante la rememoración de su abuela fallecida.

[…] como los muertos ya no existen sino en nosotros, es a nosotros mismos a quienes herimos sin tregua cuando queremos recordar los golpes que en vida les asestamos.

Más tarde llega la madre de Marcelo y éste piensa que la mujer se parece cada vez más a su difunta madre.

La prosa de Marcel Proust por momentos embriaga por su belleza; sus extensas oraciones y la delicadeza con que trata el tema que esté tocando en cualquier momento, producen que el lector, una vez su memoria se adapta al modo de escribir del autor, quede embelesado y rendido a su prodigiosa maestría. Es muy común encontrarse en la obra con fragmentos como el que sigue:

Un día me decidí a mandar recado a Albertina de que la recibiría pronto. Y es que una mañana de gran calor prematuro, los mil gritos de los niños que jugaban, de los bañistas que bromeaban, de los vendedores de periódicos, me describieron con rasgos de fuego, en regueros de chispas, la playa ardiente que las pequeñas olas venían una a una a regar con su frescor; entonces comenzó el concierto sinfónico mezclado con el chapoteo del agua, en el que los violines vibraban como un enjambre de abejas extraviado sobre el mar. Y deseé de pronto volver a oír la risa de Albertina, volver a ver a sus amigas, a aquellas muchachas destacándose sobre las olas, vivas en mi recuerdo como el encanto inseparable, la flora característica de Balbec; y decidí enviar por Francisca unas palabras a Albertina, para la semana siguiente, mientras el mar, subiendo muy despacio, cada vez que rompía la ola cubría completamente el cristal derretido de la melodía, cuyas frases aparecían separadas unas de otras, como esos ángeles laudistas que, en la cúpula de la catedral italiana, se elevan entre las crestas de pórfido azul y de jaspe espumoso.

Las visitas de Albertina a donde está Marcelo se hacen cada vez más frecuentes. Marcelo se encuentra con el doctor Cottard, un fiel del clan Verdurin, quien le levanta sospechas a Marcelo sobre las inclinaciones sexuales de Albertina. El Narrador se siente celoso durante un tiempo de las posibles relaciones gomorrianas de la muchacha.

Albertina, después del propio Narrador y, quizás, el barón de Charlus y Odette, es el personaje que más espacio ocupa en la novela. Siempre aparece como en la lejanía, vista desde una óptica exclusiva, sin aparentes puntos de vista más allá de las interpretaciones que Marcelo hace sobre ella. Cuando habla, es esquiva y distante, y eso hace que Marcelo sospeche que su vida (sus palabras y sus actos) está cimentada sobre la mentira. Desde mi punto de vista, y teniendo en cuenta la asombrosa capacidad de Proust para crear personajes, Albertina es el que está más desdibujado de todos. A menudo, Albertina parece un personaje un poco etéreo, traslúcido.

Marcelo queda para ir a la Raspelière, lugar donde los Verdurin han alquilado un castillo a los marqueses de Cambremer. Para trasladarse desde Balbec hasta allí junto a Albertina, toman un trenecito que recorre la zona. En las distintas estaciones se irán subiendo los respectivos asiduos a las tardes en que los Verdurin establecen sus reuniones, normalmente cada miércoles de la semana.

Marcelo ve llegar al barón de Charlus con unas maletas. A éste le llama la atención un militar que espera en la misma estación pero para dirigirse en sentido inverso al que van a tomar Marcelo y Charlus. Este joven es músico y resulta ser un viejo conocido de Marcelo, pues Morel, que así se llama, es el hijo de un criado del tío de Marcelo. Resulta que va a tocar a casa de los Verdurin, y Charlus, quien no se quiere perder ni una, justo habiendo sido presentado al músico, acaba por ir a parar también donde los Verdurin, acompañando en calidad de apoderado a Morel. Poco a poco se van sumando otros habituales del clan, como el médico Cottard, el académico Brichot, el escultor Ski, Saniette o la princesa Sherbatoff, aristócrata venida a menos y que apenas se relaciona en el gran mundo.

Proust dibuja el trayecto en tren de un modo en verdad simpático, describiendo a su modo, es decir, minuciosamente, a los personajes que van entrando en escena. Hay, en Sodoma y Gomorra, momentos dedicados, mediante Brichot, y sobre todo durante el trayecto en tren, a explicar términos etimológicos sobre el nombre de pueblos y de lugares. Para mí estos detalles sobran en el libro, ya que no le aportan nada. Por fin los viajeros llegan a casa de los Verdurin y pasan la tarde-noche en medio de charlas y de juegos de cartas.

Marcelo llega cansado a casa. Un poco más tarde, comienza a reflexionar de nuevo sobre los sueños, aunque en esta ocasión también habla de los sueños artificiales, inducidos por hipnóticos. Comienza a salir todos los días con Albertina, hasta el punto de que alquila un coche con chófer para hacer excursiones. A partir de aquí se suceden días amables, sometidos al cotidiano placer de vivir sin preocupaciones, de darse a la vida ociosa y sensorial.

Después de comer, el auto volvía a llevar a Albertina; se veía un poco aún; hacía menos calor, pero, después de un día abrasador soñábamos los dos con frescores desconocidos; y ante nuestros ojos febriles aparecía la luna, aún muy delgada (como el día en que fui a casa de la princesa de Guermantes y Albertina me telefoneó), cual la fina pelusilla, cual fresco quiñón después, de una fruta que un cuchillo invisible comenzara a mondar en el cielo. Otras veces era yo quien iba a buscar a mi amiga un poco más tarde; entonces ella tenía que esperarme delante de los arcos del mercado, en Maineville. Los primeros momentos no la veía y me preocupaba que pudiera no venir, que hubiera entendido mal. De pronto la vislumbraba, con su blusa blanca de lunares azules, saltando junto a mí al coche con el ligero brinco de un animal joven, más que una muchacha.

En medio de nuevas visitas en casa de los Verdurin, hay un momento en que se produce claramente algo que es una constante en la novela: Cottard y Charlus se introducen en una habitación para hablar entre ellos, pero el Narrador transcribe lo que sucede en esa conversación. En consecuencia el papel del Narrador es más sutil y ambiguo de lo que puede parecer a primera vista: a menudo es omnisciente cuando relata sobre personajes externos, pero no lo es cuando habla de sí mismo, y por lo tanto ignora hechos cuando es protagonista. Esto de narrar de modo omnisciente ya ocurre cuando relata los amores entre Swann y Odette, o sea, no es algo casual, sino que se repite con cierta frecuencia, y por lo tanto hay que pensar en que Proust lo hizo adrede. De cualquier modo, la postura del Narrador es aún más compleja que todo eso, pues en pocas páginas adelante de lo de la habitación y la charla de Cottard y Charlus, Marcelo cuenta: Pero otros recuerdos vienen a sustituir lo que me contaron sobre este asunto, pues el trenecito […]. Aquí ya incluso nos encontramos con que el Narrador cuenta lo que le contaron (sobre un determinado hecho que está narrado en las páginas inmediatamente anteriores a ese pasaje), pero que hay otros recuerdos que sustituyen lo contado. La complejidad que va adquiriendo el papel del Narrador se va volviendo laberíntica e insondable y, a veces, es casi mejor pasar por alto tales detalles y, sin reflexionar,  introducirse en la narración y gozar de ella.

Los cambios afectivos en Marcelo respecto a Albertina son continuos. Después de decidirse a dejarla, el hecho de citar a Vinteuil en una conversación entre ambos le hace cambiar de opinión. Sus celos se acrecientan y decide finalmente llevar con él a Albertina a París.

En La prisionera, Marcelo convive con Albertina. Está enamorado de ella, pero al mismo tiempo lleva un férreo control de sus movimientos debido a que teme que le engañe con otras mujeres. La amiga de ambos, Andrea, es la persona a la que Marcelo le encarga informes del comportamiento de Albertina cuando salen las dos juntas de paseo. Esta entrega de la novela habla sobre todo de los celos y de cómo a las personas celosas su entorno les niega el conocimiento que todos los demás parecen tener sobre lo que acontece en cuanto a las infidelidades que sufren o pueden sufrir.

Se producen rememoraciones por parte de Marcelo de las dos visitas a Balbec, en lo que se refiere a los cambios de perspectiva respecto a la villa y a Albertina.

El los primeros días de Balbec, Albertina parecía estar en un plano paralelo al plano en que yo vivía, pero se fue aproximando a éste (cuando estuve en casa de Elstir), hasta unirse a él, a medida que se fueron estrechando nuestras relaciones en Balbec, en París, en Balbec otra vez. Por otra parte, ¡qué diferencia entre los dos cuadros de Balbec, en la primera temporada y en la segunda, compuestos por las mismas villas de donde salían las mismas muchachas ante el mismo mar! […].

Entre la dos decoraciones de Balbec, tan diferentes una de otra, había el intervalo de varios años en París, en cuyo largo recorrido se encontraban tantas visitas de Albertina.

Con tantas Alberinas en su mente como períodos de tiempo, planos en la memoria, circunstancias mentales hay, y hechos concretos sobre su relación sentimental, como por ejemplo el sentarla en la cama para darle unos besos, el Narrador va desglosando a la mujer que mantiene prisionera y de la


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