EN TORNO A LA LECTURA Y A LOS LECTORES







Alberto Díaz comenta: Bibliómanos, bibliófagos, bibliofrénicos, biblioclastas (destructores de libros al estilo de Fahrenheit 451) , bibliofóbicos, bibliocleptómanos, van surgiendo de las páginas maravillosas de estos cuatro libros que someto al juicio y placer del lector
El fenómeno cultural de masas de la lectura, que apenas ocupa una página en el gran libro de la cultura humana (la generalización de la lectura comenzó a finales del siglo XIX, eclosionó en el XX y se cuestiona en el XXI) está unido a los estándares sociales de educación mínima obligatoria, más tiempo de ocio y salarios más o menos dignos (preferentemente menos) en unos Estados de cierto proteccionismo, más o menos democráticos, que difundían la cultura como un bien preciado. En nuestro siglo esos estándares han quedado obsoletos y ahora comienza a surgir una amplia clase de analfabetos "verticales" con formación tecnológica creciente cuya visión cultural no rebasa la que consumen ya digerida de las redes sociales. Excepto en unos pocos países –paradójicamente punteros en tecnología- en los que se han percatado de la necesidad de patrones culturales que incluyen las semi desterradas Humanidades, en el resto de Occidente los libros y la lectura y quienes las usan comienzan a tener la categoría perturbadora de "freakis",(friquis), anglicismo nacido del término "freak", (monstruo, fenómeno, raro, extraño, caprichoso). La lectura nunca ha sido en verdad el remedio casi absoluto a todos nuestros males "no hay nadie que no supere cualquier tipo de molestia con sólo una hora de atenta lectura", dijo alguno de los genios literarios o filosóficos que tan bien vienen para sostener el argumento de que la lectura es el mayor específico sanitario mental, difusor de alegría y conocimiento y medio de superación personal que ha inventado nuestro género humano. Señores, la lectura tiene muchos beneficios pero no es la solución de nada, aunque puede ser una ayuda casi para todo. Para reflexionar de forma razonable, si es posible lúcida, sobre todo ese controvertido asunto, vamos a empezar con el libro "Contra la lectura" de Mikita Brottman, "un ensayo dedicado a los lectores que no creen que los libros sean intocables". Precisamente no es un libro brillante ni demasiado lúcido, aunque tiene elementos que pueden ser muy adecuados para las pretensiones de este artículo, siempre que prescindamos del decepcionante juicio sobre el Quijote (pág. 125) y de algunas páginas con juicios y temas poco alentadores (como el sorprendente número de páginas que la autora dedica a la "biblioteca" (sic) del cantante pop Art Garfunkel, o las confesiones personales que ocupan una considerable extensión del libro sobre la infancia y adolescencia de Mikita Brottman (quizá ilustren algunas de las "desviaciones" psicológicas que producen ciertas lecturas). Aparte de lo dicho, el libro es entretenido e ilustra y desarma muchos tópicos que tienen relación con la lectura y sus presuntos poderes, pero también muestra muchos de los beneficios indudables que produce, siempre aplicando el sabio "en su justa medida" que procede de los filósofos griegos y latinos (que tampoco salen muy bien parados en este libro). En realidad, creo que "Contra la lectura" debió ser editado con su título original: "El vicio solitario: en torno a la lectura". La autora es inglesa y profesora de literatura en una Universidad norteamericana. Desde el principio nos dice que su obra se apoya en dos argumentos básicos: "la lectura en sí misma no es necesariamente una actividad virtuosa: qué se lee y cómo se lee marcan la diferencia" y "Leer demasiado es una afección poco frecuente y no es un problema tan común como el de no leer nada de nada". Los eslóganes para difundir la lectura suelen ser demasiado publicitarios y unilaterales como para propiciar un juicio sereno en torno a los reales beneficios de la lectura ajustada a las circunstancias personales, sociales, culturales y, por qué no, pragmáticas o utilitarias, sin olvidar las meramente placenteras (por cierto, last but not least, "por último pero no lo menos importante") que son las más gratificantes y en cuyo seno anida el amor a los libros. "Abre un libro, amplía tu mente", "Los libros son armas", Los dinosaurios no leían y desaparecieron", "Un hogar sin libros es como un árbol sin pájaros", "Deja que los libros te transformen", "Si no lees no pasa nada. Si lees, pasa mucho", "Descubre la alegría de leer", "Un día sin lectura es un día perdido", "Leer importa"... Como dice Mikita "lo que más molesta de estos eslóganes es el modo en que dan por sentado que el hecho de leer es por su propia naturaleza "bueno" para el lector. (Y hace "buenos" a los lectores, como por ejemplo al Marqués de Sade, bibliófilo conocido, Hitler que leía cada noche tras un día de orgías destructivas y devastadoras o el depravado psicótico Nerón que solía escribir poemas y se sabía a Virgilio y a Homero de memoria). Con mucho sentido común la autora nos dice: "a lo que en realidad deberíamos prestar atención en un mercado abarrotado y ahíto de libros, no es a la muerte de la lectura, sino a la muerte del criterio sobre lo que leemos y por qué lo hacemos". Y a la necesidad obvia de que se nos forme -desde la guardería a la Universidad- con criterios válidos, lógicos y útiles a ser lectores cualitativos e informados, añado yo. Y no será porque no tengan éxito de ventas los libros que hablan sobre los libros que hay que leer y porqué. ¿Quién no ha cedido a los encantos de títulos como "1001 libros que hay que leer antes de morir" de Peter Boxall, o "La biblioteca de los libros perdidos" de Stuart Kelly o "Cómo lee un buen escritor" de Francine Prove o el sugestivo "El libro que cambió mi vida de Rossanne Coady. Una especie de supermercado de autoayuda para lectores. Apuntemos también para los detractores del libro en favor de lo "visual" (todo el pujante mercado de la informática y el mundo audiovisual), habría que recordarles que el texto, lo escrito, el libro son también medios visuales. Como dice Mikita "no leáis libros porque sintáis que "debéis hacerlo" o porque sean buenos para ti. Hacedlo porque no podéis evitarlo".  Tal vez, el libro "Bibliofrenia" de Joaquín Rodríguez sea más agudo e interesante para los lectores habituales y pique la curiosidad de los que no lo son pero podrían llegar a serlo (me encantaría que fuera a consecuencia de leer estas páginas). Ya su subtítulo "La pasión irrefrenable por los libros" tiene su morbo y podría funcionar como un paradójico "gancho motivador" para los reacios a abrir libros y sumergirse en ellos (por el mismo mecanismo psicológico que el ensayo de Freud sobre la cocaína fue utilizado como justificante intelectual por algunos dados a la droga). En este libro delicioso, con un excelente prólogo de Fernando R. de la Flor, se nos avisa de que se trata de una "galería de amadas y ejemplares sombras cuyos excesos de pasión libresca son capaces de todavía de asombrar en nuestro tiempo". Y ese tiempo nuestro (el libro es de 2010) "vive los esplendores finales de una decadencia", ya que ambos, autor y prologuista, entonan ditirambos y premoniciones apocalípticas sobre el final del libro "soporte papel" ante lo que suponían una arrasadora victoria de los "soportes digitales", desde la Tablet al ordenador portátil, los e-books o el supermóvil, "lo cual supone el final triunfo de lo que Baudrillard ha denominado "la pantalla total" donde vienen a confluir todos los media" Pues no ha sido así. Tras la prepotente salida al mercado, las cosas se han equilibrado, se sigue editando a mansalva (tal vez demasiado) libros en papel y existe un mercado más pequeño pero más inquieto y renovador en los chismes informáticos que ya forman parte inevitable de nuestra vida cotidiana. Bibliómanos, bibliófagos, bibliofrénicos, biblioclastas (destructores de libros al estilo de Fahrenheit 451) , bibliofóbicos, bibliocleptómanos, van surgiendo de las páginas maravillosas de este librito, glosando figuras como la del millonario Henry E. Huntington, norteamericano, cuyo legado se conserva en una enorme Biblioteca que lleva su nombre en Pasadena (California) y cuyos restos humanos se encuentran en un mausoleo adjunto a la biblioteca, el cura don Vicente que asesinó a varios bibliófilos para completar su biblioteca, el conde Libri-Carucci, profesor de matemáticas en la Sorbona, que robó miles de ejemplares valiosísimos no para sí directamente sino para poder pagarse una vida lujosa sin ser apresado jamás. Sabemos de la memoria prodigiosa de Magliabechi, bibliotecario del duque de la Toscana, que conocía el paradero y la situación cualquier libro importante no sólo en su biblioteca sino en las más concidas de Europa, detallando estantería, anaquel y clave, sabremos que fue el escritor inglés Sanuel Pepys el que dictaminó que la biblioteca de un caballero debía poseer exactamente tres mil libros, ni uno más, ni uno menos. Conoceremos los apuros económicos que el gran Cicerón tuvo que sobrellevar para mantener y engrosar su gran biblioteca personal, las aventuras detectivescas de Francesco de Petrarca por toda Italia en la busca de manuscritos clásicos olvidados en conventos y depósitos, el desmedido coleccionismo de sir Thomas Phillips que logró reunir más de cien mil libros en sus mansiones, la historia de amor de Casanova repartida entre las mujeres y los libros (con triunfo de estos últimos en los postreros años de su vida). El gran depredador de libros Antoine Narie-Henrie Boulard, que llegó a reunir en varias casas de París medio millón de libros. Respecto a este último, reflexiona el amigo Joaquín Rodríguez: "Los libros nos ensanchan y alargan la vida, qué duda cabe. Cuando uno adquiere y reúne compulsivamente decenas, centenares y miles de libros, en la certeza íntima de que hay mucho más de apremio atesorador que de posibilidad cierta de lectura, queda, sin embargo, una rendija de esperanza abierta a la posibilidad de que el tiempo se alargue y dilate en la misma medida que los libros que acopiamos, hasta que hayamos leído la última de sus páginas". Bendita inocencia, ¿verdad? En otra de las veinticinco "sombras" bilbiomaníacas esbozadas por Rodríguez, se cuela otra reflexión impagable de nuestro autor: Cuando escribe: "el amante de los libros es polígamo, su relación con cada ejemplar es íntima y por eso cuasi carnal, y no suele estar dispuesto a establecer uniones excluyentes o estrictamente conyugales". Delicioso, ¿no les parece? Un librito, pues, que merece formar parte de la biblioteca de todo verdadero amante de los libros, aunque sólo sea como "aviso para navegantes" o "aguja de marear" con el fin de evitar los escollos y peligros que amenazan la razón, el bolsillo y la vida de todos los que vivimos esa pasión por "fallitur hora legendo" (que en castellano diría: "distraer las horas leyendo").  Como corolario y epítome del tema libresco de estas páginas he encontrado dos raros libros que abundan en algunos aspectos de lo anteriormente reseñado en autores tan dispares como Mikita Brottman y Joaquín Rodriguez. El primero es "Libros malditos" de Oscar Herradón, donde el autor se explaya en bucear en la antigüedad hasta la edad moderna para sacar a la luz papiros mágicos, libros alquímicos o maléficos, volúmenes encriptados sobre saberes prohibidos, grimorios medievales donde se invoca al Príncipe de las Tinieblas...en fin libros que justificaban los Autos de Fe del Cristianismo, aunque lastimosamente solían arder en compañía de Demócrito, Epicuro, Demóstenes, Pitágoras, Euclides, Epicteto, Pirrón o Heráclito. Y el último, como broma personal al lector de estas líneas, el volumen titulado (créanme) "El que no lea este libro es un imbécil" de Oliviero Ponte di Pino. Como dice el autor de "Libros malditos", "los textos malditos, condenados y prohibidos puede que sea uno de los recursos más bellos de la ficción y el cine de terror...pero o cierto es que ese tipo de libros existen y son muchos los casos conocidos en los que un texto así parece haber sido el causante directo o indirecto de una tragedia, el desencadenante de un conflicto". Se nos habla de "El libro de Thot" o "Las clavículas de Salomón", auténtico maná para los autores ocultistas, de los libros incursos en el Indice de Libros Prohibidos de la Inquisición de tan amarga y trágica memoria ( de ella proceden los célebres Tratados Demonológicos" o "Martillos de Brujas" que aterrorizaron a la población medieval de Europa). Herradón también repasa la historia de los "biblioclastas", que disfrutaban destruyendo libros y bibliotecas enteras y nos habla de destrucciones legendarias como la biblioteca de Alejandría, la de Bagdad, la de Pérgamo. Los textos de alquimia, los de la llamada Magia natural (opuesta a la Magia negra, "grimorios"), los de invocación al demonio, se ajustan casi enteramente a la Baja edad media, época oscura y desequilibrada. También de esa época proceden los compendios de oraciones y fórmulas para combatir todo tipo de enfermedades y en el polo opuesto el inquisitorial "Hesenhammer" o "Martillo de brujos" que se empleaba indiscriminadamente contra cualquier sospechoso o sospechosa de hechicería o herejía (nuestro autor se ocupa en este apartado del famoso caso de Zugarramurdi, una cruel caza de brujas que asoló Navarra en el siglo XVII. Precisamente en el apartado de libros heréticos se nos habla de los manuscritos de Nag Hammadi con el famoso evangelio de Tomás (diferente a los textos canónicos y rechazado por la Iglesia) y los del Mar Muerto. La legendaria biblioteca hermética de El Escorial y las manías del rey Felipe II, el hechizo de Felipe IV y la "moda" de las "endemoniadas" ocupa el capitulo dedicado al Siglo de Oro español. Para los últimos cien años Herradón nos habla, como era de esperar, del Necromicón o "Libro de los Nombres muertos", con cita debida al gran Lovecraft. En el epílogo Herradón nos habla de los millares de libros calcinados desde la Alemania nazi, los conflictos de Yugoslavia, Irak, Irán o Afganistán, las dictaduras hispanoamericanas, la España franquista, la revolución china...  El último de los libros recomendados tiene un título absolutamente provocativo y un tanto grosero e insultante "El que no lea este libro es un imbécil" y un subtítulo que trata de evitar que el posible comprador del libro lo lance al cubo de basura más cercano: "Los misterios de la estupidez a través de 565 citas". Ya cuando uno empieza a leer, se reconcilia con el autor y comienza a entender la ironía absurdamente provocativa del título: "Este tratado concebido como una biografía del imbécil sitúa al lector ante el espejo de la estupidez propia y ajena, una profunda reflexión sobre las cuestiones nunca resueltas de la filosofía y que provoca ese remedo de sonrisa que es a la vez fruto del humor y de la tragedia, lo que lleva a plantear la gran pregunta: ¿somos así de imbéciles?". Como el autor asegura, "En definitiva estamos en un siglo verdaderamente imbécil y este libro no es más que una inútil prueba adicional, en dos sentidos; en primer lugar, porque habría sido impensable en un siglo No Imbécil y en segundo lugar, porque espera estar a la altura de los tiempos, siendo un libro imbécil y atroz". En realidad muy pronto el lector se da cuenta de que no es un libro imbécil, de que el autor tampoco lo es y que, en definitiva, si el lector lo lee y está claro que lo entiende y se divierte con él, tampoco es un imbécil. Ya que Ponte di Pino ha escrito un libro de citas con un criterio muy inteligente y lleno de sentido del humor e ironía o sarcasmo a partes iguales. Un libro irreverente y osado en la línea (y sobre todo en el espíritu)de Jonathan Swift, Lewis Carroll, Montaigne, Lawrence Sterne, Cervantes, Rabelais, Chesterton, Papini, Lodge o Wilde. . Como asegura al final, en la bibliografía "Este libro es totalmente inútil. No se si lo serán también los libros que he saqueado. En cualquier caso me parece obligado señalar a los diversos seres humanos de grandísima inteligencia y profundidad que me abastecieron (involuntariamente, claro) de conceptos, frases y expresiones". Para darnos prueba de su algo cínica franqueza una de las primeras citas que nos endilga (el que avisa no es traidor) es: "Cuando se roba a uno solo es plagio. Cuando se roba a muchos es investigación" (Wilde). Y cita, por ejemplo a Flaubert, Carlo Cipolla, Jean Paul Richter, Calvino, Canetti, Nietszche, Wilde, Russell, Wittgenstein o Robert Musil y entre los clásicos a Platón, Aristóteles, Hipócrates, Teofrasto, Horacio, Séneca, Aristófanes, Baltasar de Castiglione, Confucio y Lao Tsé,, Descartes, nuestro formidable Gracián, Quevedo, Kant, Montaigne, Shakespeare...e tanti altri. Créanme, se divertirán de veras. Y si llegan al final encontrarán esta nota del autor: "No hay porqué ofenderse. Llegado aquí, tu también lo sabes, la imbecilidad tiene sus méritos y sus ventajas. Para empezar puede ser divertida. Si tienes un poco de autoironía, al menos habrás sonreído. Si me has tomado en serio y opinas que te he obligado a tragarte una dosis excesiva de estupideces e insultos te mando derechito, como respuesta, a una definición de Ambroise Bierce (autor del "Diccionario del diablo") : TONTERÍAS, sust.pl. Las objeciones planteadas a este meritorio libro" En definitiva en estos libros se propone, indirecta o tangencialmente, la disyuntiva planteada en el siglo XX por Gramsci, "pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad". Y como el autor italiano, yo me decanto por el optimismo sobre el futuro de la lectura y los lectores, a pesar de que todo parece apuntar por un escenario global en el que la lectura y los libros parecen sumergirse en los paraísos prohibidos y minoritarios de bibliófilos, bibliómanos y bibliofrénicos. Quizá la frase aquella de Malraux "el que no es comunista a los veinte años algo le falla en el corazón y el que sigue siéndolo a los cuarenta algo le falla en el cerebro" habría que acuñarla para el binomio lector-libro de papel: el que a los veinte años no lee en el soporte digital algo le falla en la cabeza y el que a los cuarenta no lee en libros de papel y no tiene una biblioteca propia, algo le falla en el corazón (y en el bolsillo). Al final quizá volveremos a los inicios de la era Gutemberg, los libros eran una cuestión de clase y fortuna. Y cuando la clepsidra del tiempo de la vuelta, los libros, el báculo cultural de la Humanidad, volverán a ser patrimonio de todos. FICHAS CONTRA LA LECTURA.- Mikita Brottman.-Trad. de Lucía Barahona.- Ed. Blackie Books.-167 págs. ISBN 9788417059545 BIBLIOFRENIA.-Joaquín Rodríguez.-Ed. Melusina. -140 págs.10 euros.-ISBN 9788496614864 LIBROS MALDITOS.- Oscar Herradón.- Akásico Libros.- ISBN 9788493957407 EL QUE NO LEA ESTE LIBRO ES UN IMBÉCIL.-Oliviero Ponte di Pino.- Trad. Esther Benítez.-Ed. Taurus.-ISBN 9788422686330 (ver más en diariodemimochila.over-blog.es)


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