Frío




FRIO. 

            Había pasado el fin de semana en casa de mis padres. Al regresar a la mía tuve una sensación extraña. No faltaba nada, todo estaba en su sitio. Era otra cosa, no sabía qué. A lo largo de ese día me fui dando cuenta; la casa estaba fría. No era como cuando el frío del invierno entra del exterior, la sensación de frío nacía dentro, parecía generarse en el interior de la casa.

 

            No sé si además de esa sensación, o debido a ella, mis sentidos parecían abotargados, percibía los sonidos como lejanos, con un tono más grave, los colores más pálidos y en el silencio parecía haber un murmullo, como un eco, no sé explicarlo. El tiempo parecía transcurrir más despacio. Al salir al balcón o a la calle todo recobraba la normalidad.

 

            Como siempre, quise dedicar la tarde a leer, pero no me concentraba. El susurro en  el silencio, la luz … El lugar no era el mismo. No me sentía incómodo ni amenazado pero mi casa había dejado de ser  lo confortable que era hasta que la dejara el viernes. Sin que permanecer en ella despertara en mí algún sentimiento negativo, los positivos habían desaparecido.

 

En honor a la verdad he de decir que lo anterior no es del todo cierto, mi dormitorio seguía siendo cálido, acogedor, relajante… Esa noche nada turbó mi sueño, fue tan reparador como de costumbre. Al despertarme el sol entraba por el ventanal y se oían cantar los pájaros del exterior, pero al salir al pasillo era como si una nube hubiera nublado el sol, los trinos  sonaban distantes y, de nuevo, el frío.

 

El resto de la casa seguía sumida como en una niebla. Abrí la ventana de la cocina y miré por ella, no parecía haber conexión entre lo que veía fuera y lo que sentía dentro. Incluso el sabor del café era menos intenso, ni su color ni su calor eran los mismos.

 

Volví al dormitorio, ahora el día primaveral que acababa de ver desde la cocina seguía estando al otro lado del ventanal abierto, y también dentro, incluso se percibía el olor de los árboles y del río cercanos. Me di cuenta de no haber percibido olores en la casa desde el cambio, ni siquiera el del café.

 

Mientras me vestía me asaltó una duda, ¿habría llegado ese frío al sótano? No creo haber bajado a él más de cuatro veces en el tiempo que llevo residiendo aquí. Fundamentalmente contiene pertenencias que los antiguos dueños no se llevaron cuando se fueron y me pidieron dejar allí hasta que se instalaran por completo en su nueva casa, entonces vendrían a por ellas. No vi motivo para negarme. Me causó intranquilidad notar que allí las sensaciones percibidas en la casa también estaban presentes, incluso en mayor grado. Por primera vez experimenté cierta angustia.

 

Si los objetos de la casa sí parecían los mismos, con los del sótano no ocurría lo mismo. No puedo explicarlo con claridad, pero aquello no estaba con antes. No había sido movido o alterado de otro modo, pero algo me decía que allí estaba el foco de lo que fuera que se extendía por toda la casa. Aunque quise subir corriendo me obligué a salir despacio. Cerré con llave, eso sí, aunque antes nunca lo había hecho.

 

Resolví telefonear a los antiguos dueños para pedirles que vinieran a retirar sus cosas de mi sótano. Tras un año no creí que pudiera considerarse una descortesía. Las veces que lo intenté ese día no tuve éxito, al día siguiente conseguí hablar con quien dijo ser el padre de la esposa. Entre sollozos me contó que la familia de su hija había tenido un accidente de tráfico el sábado anterior. En él habían fallecido su hija, su yerno y su pequeña nieta de seis años. Sólo había sobrevivido su nieto, de catorce años, pero prácticamente sin posibilidades de salvarse.

 

Me quedé tan impresionado que no sé cómo acabó la conversación con aquel pobre hombre. Supongo que me faltaron las fuerzas y que me tumbé en el sofá, no sé qué pasó, lo que recuerdo es que veía a los tres fallecidos moverse despacio, como flotando a escasos milímetros del suelo, por el salón de la casa. Iban de un lado a otro, se sentaban… No recuerdo haber oído sonidos, ni sus voces, ni los ruidos que pudieran haber hecho.

 

Cuando conseguí dominar mis nervios, debió de costarme bastante porque fuera había oscurecido, decidí ir a mi dormitorio, a envolverme en la calidez que allí sí había. Al abrir la puerta noté que el frío también había entrado en esa habitación. Recordé que cuando me enseñaron la casa, esta era la habitación del hijo. No pude contener las lágrimas.




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