GANADERIA ALTERNATIVA




¡Hay que ver cómo cambian las cosas! Ni un año ha pasado desde esa calurosa tarde de primavera, sábado de un fin de semana generoso con lunes festivo, en que recorríamos esa remota provincia con nuestro recién estrenado “todo terreno”. Le lejanía de las grandes urbes confería al paisaje la quietud y grandiosidad de una tierra virgen y nos sentíamos intrépidos y aventureros a pesar de hallarnos tan sólo a cuatro kilómetros del pueblo más cercano; nuestros respectivos móviles sin cobertura y ese silencio ominoso, premonitorio; el cielo límpido, sin cables ni antenas; las cimas de las moles rocosas, amenazantes, perfilándose como guardianes feroces del territorio hollado por nuestros pies impuros, dispuestas a caer sobre nosotros ante la mínima provocación. Con todo esto, mi mujer, entusiasta empedernida de la naturaleza, se hallaba exultante, henchida de insensato optimismo, energía y, a mi escéptico modo de ver, terriblemente cursi. Trotaba de roca en roca haciendo gala de un envidiable equilibrio y del último grito en zapatos y atuendo deportivos, lo más idóneo para practicar alguna cosa terminada en “ing” y que, curiosamente, no tiene nada que ver con algo sexual. Yo la seguía esforzada y estoicamente, sin quejas pero sin vítores, alentándome ante los obstáculos con la visión, al caer la tarde, de una bien merecida recompensa en forma de solomillo, charcutería y vino autóctonos en la fonda donde recalábamos. Hay que decir que el día era espléndido. Ni frío ni calor (aunque yo sudaba copiosamente por el inusual esfuerzo), ni una nube; una tenue brisa. El agua del río era transparente y los rayos del sol hacían visibles todos sus recovecos; unos peces lentos y panzudos se movían perezosos en las pozas profundas y otros nadaban briosos a contracorriente rozando con sus vientres el lecho pedregoso. Los arbustos (tomillo, romero, salvia, ajedrea, espliego, aliagas) estaban en flor y un enjambre de abejas y mariposas minúsculas revoloteaba alrededor de sus corolas. Una postal. Una preciosa postal que yo hubiera plasmado para envidia de mis compañeros de oficina si la descerebrada de mi mujer no hubiera olvidado (quién sabe si intencionadamente) esa maravilla de la técnica en forma de vídeo-cámara que mis hijos me regalaron el día de Navidad, auténtica muestra de tecnología punta, filial amor y sensibilidad compartida, nada que ver con el prosaico abono semestral para el reputado centro de estética que le dieron a ella. Bien. Estaba yo calculando el encuadre óptimo para mi hipotético documental y ponderando la portentosa curvatura del trasero de mi señora, cuando el cielo se cubrió de repente. Una mancha de sombra avanzaba por el lecho del río como el foco que sigue a un invisible artista en el escenario, y un extraño ruido de banderas ondeando al viento nos hizo levantar las cabezas buscando la causa de la repentina alteración. Un escuadrón anárquico de enormes pajarracos negros sobrevolaba en círculos, a suficiente altura como para poder apreciar su considerable tamaño. No era una formación disciplinada, puesto que de vez en cuando uno de ellos descendía unos metros apartándose del grupo, daba unas vueltas oteando quién sabe qué, se acercaba amenazante a nuestras cabezas, infantilmente protegidas por nuestros brazos, y luego remontaba el vuelo para unirse a sus compañeros; sin embargo, tenían un objetivo común y tras unos minutos angustiosos, con alivio los vimos alejarse en tropel tal y como habían venido, hasta desparecer tras unas escarpadas rocas. Por supuesto, se arruinó la excursión. Ni los rudimentarios conocimientos de mi cónyuge sobre la fauna local alcanzaban a explicar semejante fenómeno, ni mi estúpida repetición de que “Los pájaros” no estaba basada en hechos reales, resultaba tranquilizadora. Sin dejar de mirar el cielo por si decidían volver, tropezando repetidas veces a causa de ello, recorrimos lo más rápido que pudimos el trecho hasta nuestro vehículo y una vez resguardados y con el motor en marcha, recapitulamos los hechos tratando de quitar hierro al asunto, burlándonos de nuestra aprensión y justificando la exagerada reacción con el estrés de la vida en la gran urbe, el cambio brusco de escenario y la inexperiencia. La dueña de la fonda en la que nos alojábamos se sorprendió al vernos entrar en el comedor, ya que habíamos dicho que pasaríamos el día en el campo y a tal fin nos habían preparado por la mañana una bolsa de picnic, que con el ajetreo olvidamos en el río. Avergonzados de nuestra cobarde espantada, adujimos cansancio y dolor de cabeza y despachamos la comida con delectación y sin apenas intercambiar palabra. El vino “de la región” era áspero, de colorido intenso y confesaba quince grados cuando en realidad, a juzgar por sus efectos, debía alcanzar sin esfuerzos los veinte. Quizás por ello, distendidos y de buen humor, el incidente de la mañana nos pareció una ridícula tontería y bromeando sobre el particular, cuando nos trajeron el café y sendos orujos, comentamos lo ocurrido al camarero, indagando el nombre de esos portentosos pájaros que surcaban el cielo cual sombrilla ambulante. -¡Así que los han visto! ¡Han tenido suerte, porque no les gusta la gente! –Exclamó el hombre con orgullo-. Aunque, bueno..., últimamente están más confiados y se acercan más. Siguió con una hiperbólica explicación que resumimos de la siguiente forma: un sesudo granjero imbuido de buena voluntad ecológica tuvo la brillante ocurrencia de “reciclar” las bajas producidas en las granjas municipales (que no eran pocas), de forma que los gazapos, lechones, pollos, polluelos y otros animalitos fallecidos de muerte natural antes de entrar en la cadena de producción, fueran aprovechados para alimentar a una raza depauperada y famélica a causa del precario estado de la fauna forestal: los buitres. Quedaban escasos ejemplares en la península y los pocos que quedaban habitaban esta privilegiada comarca, refugiados en los más escarpados peñascos, sobreviviendo con penuria y al borde de optar por una extinción digna antes que mal vivir de la rapiña en los vertederos locales. El esforzado granjero recorría a diario los caminos festoneados de granjas recolectando la macabra carga que, amortajada en sacos de plástico, dejaban a su paso. Como enterrador en tiempos de peste, cigarrillo en ristre para neutralizar el hedor de la muerte, seguía su particular “via crucis” hasta llegar al punto elegido en el que depositaba los cadáveres para deleite de las carroñeras aves. Éstas, recelosas en extremo, y no sin razón, de los humanos, se tomaban su tiempo antes de hincarle el pico a su condumio, demorándose en vuelos de reconocimiento y posándose distantes en las ramas de los pinos con dignidad encomiable, habida cuenta de su necesidad. Cuando finalmente el proveedor se retiraba resignado a no obtener el agradecimiento de los picos curvados picoteando las ofrendas, desde lejos podía observar como las aves descendían pausadamente y despedazaban los inertes animalitos. La prensa local primero y la televisión autonómica después, se hicieron eco de tan original campaña, entrevistaron al granjero promotor y a los granjeros proveedores. Uno y otros aprovecharon la oportunidad para hacer públicas sus desdichas y afear la conducta “a quien corresponda” por el abandono en que se hallaba su provincia y, más concretamente, su comarca. Hubo subvenciones. El consistorio hizo suya la campaña y se volcó de lleno, hasta el punto de que algún concejal con exceso de celo “se adelantó” a la naturaleza el día en que no tenía ningún cadáver con el que engrosar la carga del siniestro furgón. Con tantos desvelos y con la nueva y suculenta dieta, la colonia buitrera aumentó ostensiblemente y modificó su conducta desconfiada. Al atisbo de la furgoneta traqueteante acercándose al merendero, una inaudible sirena convocaba a los comensales y con creciente osadía escoltaban la carga cual cortejo fúnebre con herencia suculenta. Sin duda alguna, la comitiva que nos sobrevoló y malogró nuestra excursión matutina, iba al encuentro de su ágape. Quedamos francamente impresionados. ¡Menuda ocurrencia! ¡Que prodigio de reciclaje! Mi mujer estaba vivamente interesada en conocer al ingenioso granjero y yo en irme a dormir la siesta. Mi opción era más factible y fue la que prevaleció. Esa tarde empezó a llover y apenas salimos de la habitación más que para comprar algunas viandas con las que inexcusablemente había que obsequiar a los compañeros del trabajo cada vez que uno se iba “al pueblo”: una ristra de chorizos perfecta pero inmerecidamente promocionados y de ínfima calidad, unas pastas “caseras” hechas sin ninguna gracia en un horno eléctrico y una garrafita de vino dulce macerado con hierbajos aromáticos. El domingo siguió lloviendo copiosamente y sin tregua (“¡Bendita agua!” decían los lugareños, “¡Con la falta que hacía!” Llevaban seis meses sin una gota y tenía que caer toda de golpe precisamente ahora). Tampoco salimos. En la fonda estábamos como en casa: repantigados frente al televisor. Hacía tiempo que no disfrutábamos de un fin de semana tan relajado. El lunes nos levantamos temprano para sortear en lo posible las inevitables caravanas que se forman para acceder a la ciudad tras tres días de fiesta (lucía un sol espléndido), hicimos las maletas (cuatro, más dos bolsas de deporte, más las viandas de recuerdo que olían como demonios) y dejamos el pueblo para disfrutar durante seis horas de las preciosas vistas de la autopista y del desfile de modelos de vehículos (a todos les dio por madrugar). Hemos vuelto ahora, después de siete meses, cuando en nuestros respectivos trabajos hemos podido hacer coincidir un día extra de fiesta. Nada más dejar la autopista y enfilar por la carretera estrecha y ondulada que asciende hacia el pueblo, reparamos en unas manchas negras moteando el cielo. “¡Deben ser buitres!”, dijo mi mujer recordando de nuevo la historia que habíamos olvidado por completo. “¡Pues faltan cuarenta kilómetros para llegar, estos deben ir de visita, como nosotros!”, comenté con un oportuno golpe de volante para esquivar un proceloso bache. “¡Mira, más!”, se pasó mi mujer diciendo todo el viaje, señalando a diestro y siniestro grupos de aves que, conforme nos acercábamos, eran más numerosos. Y al llegar, la apoteosis: las ramas de los árboles curvadas con el peso de los enormes bicharracos, gordos y lustrosos; las barandas de los balcones jalonadas de ellos como si fueran tiestos; los aleros de los tejados adornados con las gárgolas emplumadas. Inmóviles, impasibles, tan campantes. ¡Son enormes, feos, amenazantes! ¡Es sobrecogedor! -¿Los han visto, no? ¡Qué desfachatez! ¡Qué vergüenza! –ha gritado la posadera nada más vernos entrar, dándose un cachete en el muslo para enfatizar su desagrado-. ¡Ya ven! ¡Todo por hacerle caso a un tonto! Si ya lo decía yo, que soy de aquí y conozco de toda la vida al botarate que tuvo la gran ocurrencia, que ese chico no rige, que de joven se pasaba la vida emporrado y ahora, ¡pues eso!, ¡cualquier pollinada con tal de no trabajar! Pero, claro, se meten en el Ayuntamiento y, ¡hala, a mangonear! Y los demás, a aguantar sus tonterías. ¡¿A quién se le ocurre?! ¡Criar buitres! ¡Dónde se ha visto tamaña sandez! Ha cogido una de nuestras maletas y le hemos seguido hacia nuestra habitación, perplejos y mudos, mientras ella seguía perorando. Una vez abierta la puerta, mostrándonos la alcoba ya familiar, en tono de reproche nos ha espetado: -¡Pues ya son ganas, desde luego! ¡Venir de tan lejos! Esto está vacío desde hace tiempo, aunque a mí nadie me suelta un duro. Venga subvenciones para esos repugnantes animales, que se embolsa quien yo me sé, y a los que trabajamos honradamente que nos parta un rayo. ¿Se apuntarán al concurso, no? Espero que sí. Nunca me han gustado las armas, pero ya llevo dos meses practicando. Tengo el hombro medio desencajado de los golpetazos que arrea el fusil con el retroceso, pero ya casi no fallo un tiro. ¡A ver si por lo menos saco algo! -¿Qué concurso? –hemos preguntado mi mujer y yo. -¡Cuál va a ser! ¡El de tiro al buitre! Ante nuestra creciente estupefacción nos ha contado los hechos que han llevado al pueblo ha adoptar esta drástica medida: Los bichos, como puede verse, se han multiplicado descontroladamente. Incluso cabe la posibilidad de que utilizando alguna extraña forma de comunicación, hayan atraído colonias inmigrantes de otros lugares menos favorecidos. Agradecidos con la mano que les da de comer, han ido perdiendo su natural desconfianza y se han acercado paulatina e imparablemente al hombre, exigiendo con inquietantes graznidos su ración de alimento diario. Se los ha visto flanqueando a dos hermanos que iban a la escuela, trotando a su paso, uno a cada lado de las criaturas como una pareja de la guardia civil. Los gritos de los chavales no les intimidan, incluso las pedradas que éstos les lanzaron fueron esquivadas y no les hicieron mella. Ahora se han acostumbrado unos a otros, se persiguen mutuamente y los críos se entretienen tramando perrerías. No atacan, es cierto. Afortunadamente, su instinto carroñero los mantiene inapetentes de todo aquello que se mueve o tiene vida. Pero, ¡cualquiera se atreve a echar una siestecita bajo un árbol con semejantes ángeles guardianes en la copa! Las madres han dejado de llevar a sus bebés al parque, del que han huido escandalizadas las palomas. “A ellas les echaba antes migas, el pan que nos sobraba”, nos dice la señora, “pero, ¡¿cómo vas a ir por ahí lanzando conejos o pollos muertos?!” Lo peor ha sido en la residencia geriátrica. Nadie sabe por qué, es su lugar favorito, pero al contrario que los chavales, los viejos consideran estas aves de mal agüero y el efecto psicológico de tan agorera presencia ha sido nefasto para su salud. El director ha hecho lo imposible para alejarlos, desde tracas hasta botes de humo, pero todo ha sido inútil y los viejecitos, hasta los más intrépidos que los enfrentaban a bastonazos, han renunciado a tomar en sol en el jardín, no es plan compartir banco con tan indeseable compañía, más si tenemos en cuenta que la movilidad no es el fuerte de los ancianos, la quietud prolongada hace ensalivar a los buitres y los comestibles empiezan a escasear. ¡Pues ya ven cómo cambian las cosas! En la oficina quedarán patidifusos con el buitre disecado que llevaré de recuerdo. Mi mujer tiene muy buena puntería. Alicia Estopiña


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