H DE HALCÓN Y EL AZOR







Alberto Díaz comenta: He aquí uno de los libros más fascinantes que he leído en los últimos tiempos. En estrecha simbiosis con "El Azor" de T.H. White, (un escritor de los años 30 que falleció en 1964 y también es autor de una veintena de buenas novelas y ensayos, entre ellos "Camelot" y "La espada en la piedra" sobre el ciclo artúrico) Helen Macdonald, en adelante E.M., ha escrito una obra de no ficción, autobiográfica, que es un reto y un regalo
He aquí uno de los libros más fascinantes que he leído en los últimos tiempos. En estrecha simbiosis con "El Azor" de T.H. White, (un escritor de los años 30 que falleció en 1964 y también es autor de una veintena de buenas novelas y ensayos, entre ellos "Camelot" y "La espada en la piedra" sobre el ciclo artúrico) Helen Macdonald, en adelante E.M., ha escrito una obra de no ficción, autobiográfica, que es un reto y un regalo para dos tipos de lectores: el reto para los lectores racionales, rigurosos, ortodoxos y que aman la palabra y un regalo para los lectores variopintos que conservan cálidamente en el corazón el rescoldo de la libertad, la poesía, el amor a la naturaleza y la sospecha de que todos los seres vivos, sin importar el género, somos hijos de la misma madre y tenemos una existencia básica semejante. "H de halcón", el lector lo descubre muy pronto, se salta a la torera todos los géneros literarios, comenzando por la estrecha relación que le une al libro de White, que se convierte en una especie de piedra de toque de lo que nos va narrando E.M. con una pasión y una fuerza tan devastadoras como sus experiencias internas, su dolor por la muerte del padre y su arriesgado reto de domar un ave rapaz (dejando aparte su admiración hacia estas aves) como una extraña y lúcida forma de expiación por "haberse permitido el error" de vivir que su padre muriera de una forma repentina. Es decir "perder" o "extraviar" su noray, su seguridad, su guía y su ternura. Y como no es ninguna ilusa, H.M., que está al tanto de todas las vías que el psicoanálisis y la psicología de apoyo ofrece para compensar la irracionalidad y el absurdo de una culpa sin causa, va haciendo un durísimo trabajo de "limpieza" interior analizando lo que hace con su azor, Mabel, en contraste con el trabajo de adiestramiento ingenuo y a veces cruel de otro azor, planteado por White, con su torturada historia de abusos infantiles, violencia y homosexualidad reprimida (en el polo opuesto de la historia infantil de H.M.). Y escribe: "El azor era un fuego que consumía mis penas. En él no cabía arrepentimiento ni duelo. Ni pasado ni futuro. Vivía solo en el presente, y ese era mi refugio. Huía de la muerte sobre sus alas rayadas y batientes. Pero había olvidado que el acertijo que era la muerte estaba también inmerso en el azor, y que yo estaba inmersa en él.” El azor se convertía para ella en el instrumento que le acercaría a su padre perdido que "Tenía que estar ahí fuera, en algún lugar del espeso bosque, con todo y todas las demás personas perdidas y muertas. Ahora sé lo que significaban aquellos sueños de la primavera en los que el azor atravesaba una rendija en el aire y entraba en otro mundo. Había querido volar con el azor para encontrar a mi padre, para encontrarlo y traerlo de vuelta a casa.”. Lo primero que el lector va a valorar es la claridad, rigor, precisión, profundidad y alcance poético de la prosa de H.M: (mis felicitaciones a Joan Eloi Roca por la soberbia traducción) y lo segundo su honestidad, valor y sensibilidad no sólo en lo que narra sino en cómo lo hace sin que suene a auto condescendencia, sentimentalismo o señuelo emocional. Gracias a la generosa amabilidad de Ático de los Libros he podido leer casi al alimón los dos libros que cito, con lo que los paralelismos, las comparaciones y el enriquecimiento mutuo han sido constantes. Aunque en el de White como dice la propia H.M. en su prólogo a "El azor", el narrador "pasa de ofrecer una confesión deplorable a un tono lírico y de este a un discurso neutro y directo de un profesor de colegio". Y su tipo de adiestramiento "era un rito de paso, la prueba que debía superar un caballero, a través de su propio sufrimiento, su paciencia y sus privaciones... adiestraría al azor de forma mágica... la experiencia fue dura para White pero mucho más dura para el azor". Ya que, el libro muestra "la lamentable incapacidad de la humanidad para concebir la naturaleza como algo más que un reflejo de nosotros mismos". Helen Macdonald va narrando su propia, dura también, excesiva y exigente experiencia de adiestramiento de su azor y al tiempo nos habla de White y vemos cómo su comprensión y su compasión por lo que lee no alteran su decisión y sacrificios por lo que hace, consciente también de que el reto que asume es una respuesta anímica a la desolación que experimenta por la ausencia de su padre, no una terapia (para eso sería preciso otro tipo de animal), sino una valiente bajada a los infiernos de la depresión y de la muerte con el más duro y competente embajador a su lado, un ser hecho para matar. Hace falta tener mucho valor para hacer eso y pasarlo por escrito, sin perder ni un ápice de fuerza narrativa, sentido del ritmo emocional y una serie de comparaciones, metáforas e imágenes poéticas que sorprenden por lo atinadas, sencillas y precisas (a veces parecen haikus sacados del zen japonés). Los amantes de la montañas y los campos, de la Naturaleza, arboles, flores, animales, encontrarán una fuente continua de sorpresas en este libro que rezuma conocimientos y sensibilidad. L a autora nos brinda descripciones de un paisaje –inglés en este caso– que evoca las pinturas clásicas del siglo XVII o XVIII y las carga de un componente emotivo que parece simboliza el vuelo veloz, rasante y mortífero de su azor. Por eso hay momentos donde esa rabia desatada, esa punzante fiereza parece que se vuelvan contra sí misma y se crea una identidad común, una resonancia salvaje entre la mujer y el ave (la autora confiesa en algunos momentos que se siente "fuera" de la raza humana, una extraña en su propio mundo) una especie de "amor" que parece rebasar los límites de la razón. "Cazar con el azor me había empujado al límite de lo que es ser humana. Y luego me llevó más allá de ese lugar (pág. 228). Pero H.M. cuida como en su ave, que no se rompan en su narración los límites del "peso de vuelo" (la medida que hace óptimo el vuelo del azor, no estar demasiado alimentado). Por eso su libro no padece ninguno de los excesos que podrían producirse dados el tema y la emotividad de los diferentes surcos que se entrecruzan en él, la pérdida del padre y el dolor, la dureza del adiestramiento, la presencia continua del "ejemplo" del fracaso de White, los sentimientos y emociones de Helen, la idiosincrasia salvaje de Mabel, el entorno y sus condicionantes, el clima, las otras personas que interactúan... Aunque la autora nos advierte: "este libro que lees es mi historia. No es una biografía de T.S. White. Pero él es parte de mi historia porque estaba ahí...mientras adiestraba a mi ave..." Y más adelante: "Mis motivos eran distintos a los de White, pero recorrimos el mismo camino". Como dice en la pág. 285,"El diario de la guerra que White perdió ante su azor, Gos, no es sólo sobre el ave, subyace el texto una corriente hecha de historia, y sexo, e infancia y paisaje y maestría y medievalismo y guerra y enseñanza y aprendizaje y amor". Pues bien son los parámetros y el estilo lo que cambia en ambos autores, pero toda esa corriente citada por Helen es exactamente la misma en los dos. Como despedida, déjenme citar un extenso un párrafo de este libro magnífico, justo en el momento en que Helen ve por primera vez al azor que le trae el cetrero que se lo vende: “Es un truco de magia. Un reptil. Un ángel caído. Un grifo sacado de las páginas de un bestiario medieval iluminado. Algo resplandeciente y lejano, como oro hundiéndose en el agua. Una marioneta rota de alas, patas y plumas empapadas de luz. Lleva pihuelas, y el hombre las tiene sujetas. Durante un horrible y largo momento está colgada boca abajo, con las alas abiertas, como un pavo en una carnicería, solo que tiene la cabeza vuelta hacia arriba y está viendo más de lo que ha visto en toda su corta existencia. Su mundo era su criadero, que no era mayor que el salón de una casa. Y luego fue una caja. Pero ahora es esto; y puede verlo todo; la fuente de la luz que reflejan las olas, un cormorán que se sumerge a unos cien metros; motas de pigmento encerado en las filas de coches aparcados; colinas lejanas y los brezos que las cubren y kilómetros y kilómetros de cielo, donde el sol se alza sobre polvo y agua y transitan formas ilegibles que son restos blancos de gaviotas. Todo boca abajo y recién estampado en su totalmente conmocionado cerebro.” FICHAS H DE HALCÓN.- Helen Macdonald.-Traductor: Joan Eloi Roca.- Ed. Ático de los Libros.-Páginas: 352.-ISBN: 978-84-16222-61-2 EL AZOR.- T.H.White.-Trad. Javier Revello.-208 p.Ed. Ático de los libros.-ISBN 9788416222155


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