LA GUERRA FUTURA





 Alberto Díaz comenta:"La guerra futura" es un libro brillante, pero también causa alarma y desazón
 Lawrence Freedman ha sido profesor de Historia Militar en el Kings College de Londres y aunque sigue en la vida académica se ha convertido en uno de los mayores expertos  en estrategia militar. Sus libros sobre la guerra fría y la estrategia nuclear, sobre la guerra de las Malvinas (de la que fue nombrado historiador oficial) y sobre las in­tervenciones estadounidenses en Oriente Medio, la han catapultado al servicio oficial gubernamental, en la comisión oficial que investiga la participación del Reino Unido en la guerra de Irak y es asesor de los gabinetes oficiales que estudian las estrategias bélicas que hay que plantear según los escenarios que se vayan produciendo. 

"La guerra futura" es un libro brillante, pero también causa alarma y desazón. Ya en la primera parte, analiza las actitudes de británicos, estadounidenses y franceses ante las brutales amenazas de Hitler y peor aún hacia sus actos de expansión bélica territorial.  La guerra que se anunciaba con tanta evidencia y salvajismo era "demasiado horrible para imaginársela". Los políticos y gobiernos prefirieron en general aceptar  una política de apaciguamiento y tolerancia hacia Hitler, porque la alternativa de la guerra generalizada era como dijo el inglés Chamberlain "horrible, descabellado e increíble". Parece ser un estereotipo humano, vemos llegar el huracán pero siempre pensamos que nos vendrá hacia nosotros, aunque la evidencia (y la historia) muestran que había suficientes señales como para saber que nos arrasaría. Este es el nudo de la cuestión que Freedman demuestra en su libro: realmente, ¿nos sorprendería que Trump y Corea del Norte, la China emergente y expansiva y un Putin agresivo, el fanatismo yihadista y algunos otros conflictos con la espoleta dispuesta, hicieran cabalgar los jinetes del Apocalipsis? Y si es así de qué manera ocurriría, cómo serán las guerras que se avecinan, el género de la ciberguerra y el papel de los robots y los drones en el escenario de destrucción localizada o masiva. Todo ello explicado en un contexto realista, lógico y horriblemente plausible.

Y en estos escenarios posibles lo único que no parece acertar son los pronósticos de los "especialistas". Critica Freedman ciertos informes de los comités de especialistas en polemología, como cuando se habla de la eficacia del "primer golpe por sorpresa" (que nunca es seguro, por simple lógica) como manera de evitar guerras extensas, pasando por el papel de las sociedades civiles ante una guerra prolongada o brutalmente sanguinaria. La historia pasada nos muestra que desde las guerras coloniales europeas, a la guerra fría y su secreta virulencia, a las espadas en alto entre las grandes potencias, la lucha contra el terrorismo y la proliferación de bandas urbanas brutales en las megaciudades, los panoramas descritos por los "especialistas", generales, espías y estrategas y sus explicaciones, en ningún momento sirvieron para algo positivo. Freedman nos relaja un poco hablándonos de las obras literarias en las que se vaticinaban los horrores de la guerra del futuro, desde Orwell a Conan Doyle, Verne y H.G. Wells (que acertaron en varios aspectos de la tecnología bélica, aunque no en el sueño de que habría un futuro sin guerras en el horizonte). Pero no tarda en mostrarnos su convicción de que ese sueño es absurdo dada la condición humana y las circunstancias económicas y sociales en que vivimos. Para ello carga contra el psicólogo Steven Pinker que en su obra "Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones" sostiene que "el declive que se aprecia a largo plazo en las tasas de homicidio intencional, en los indices de crueldad estatal y en la incidencia de conflictos bélicos es un reflejo del paulatino triunfo de "nuestros mejores ángeles", la empatía, el autocontrol y la moralidad sobre los "demonios internos" de la violencia, la dominación, la venganza, el sadismo y la ideología". Freedman califica de utópica y poco científica la obra de Pinker y aporta datos y estadísticas que muestran un escenario nada optimista, debido a las dificultades que presenta la contención de la guerra (en el sentido de limitar potencialidad destructiva, tanto en el tiempo como en el espacio) y, en segundo lugar, la existencia de investigaciones en todos los países enfrentados en torno a un tipo de fuerza decisiva capaz de asestar un mazazo inapelable al enemigo y poner fin a las contiendas de forma rápida y victoriosa. Con lo cual se olvida un principio histórico básico: una vez empezada la guerra nadie puede saber cuál va a ser su curso y menos su resultado final. Y una consecuencia lógica: dada la apabullante potencia de las nuevas tecnologías bélicas, lo más seguro es que acabemos todos metidos en una catástrofe global.

Freedman parece dominar las previsiones estratégicas de Estados Unidos y Gran Bretaña pero no tiene el mismo caudal de datos respecto a rusos, chinos o coreanos del Norte. Por tanto su análisis es tan discutible, a nivel absoluto, como lo es la teoría del "golpe aplastante" que acabará con la rendición del enemigo y una paz negociada. Pero lo más preocupante es que el escenario actual está siendo dirigido por líderes que parecen surgidos de "1984"  de Orwell. La realidad podría ser peor con gente como Trump, Putin o Kim Yong. Sin embargo, como dice Pinker en su obra, el catastrofismo es un riesgo que hay que desechar pues nos lleva al pánico y oculta posibilidades y hechos que pueden variar los desenlaces catastróficos.

Freedman relaciona al taoísta Chang Tzu con su visión de la estrategia basada en lograr escenarios en los que la guerra no sea necesaria para conseguir los objetivos de los contendientes y en Maquiavelo que busca el dominio absoluto a través de la astucia y la dureza aplicada con estrategia de desgaste. Aplicar los ideales de la Ilustración, la razón y la ciencia, para hacer de la guerra una mala solución de los problemas, pero en caso de no poder impedirla tratar de minimizar sus efectos, exponiendo la imposibilidad de controlar todos los aspectos negativos. No se puede evitar la guerra sin hacer ninguna concesión política: la disuasión nuclear termina por perder su capacidad de contención.

El terrorismo, el hambre, el agua, los carburantes y la energía, las megaciudades, la ciberguerra, los elementos peligrosos de la trama mundial pueden ahogar cualquier tipo de estrategia por su inmediatez destructiva. Las proyecciones que los expertos hacen de escenarios conflictivos tiene, según Freedman, poca eficacia, ya que los elementos no previsibles o incontrolados pueden variar de manera drástica las situaciones. Como dice el profesor, "La historia la hacen personas que no saben qué va a pasar a continuación". Los profetas en general se equivocan cuando tratan de predecir el tipo de guerras que puede depararnos el futuro. Y, asegura que, tanto las legislaciones internacionales contrarias a la guerra como el deseo utópico de criminalizarlas  no tienen apenas relevancia sobre las necesidades militares y la osadía ciega de algunos políticos.

FICHA

LA GUERRA FUTURA.- Lawrence Freddman.- TRad. Tomás Fernández.- Ed. Crítica.-585 págs- 24,90 euros.- USBN 9788491990628

 




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