LA MÍSTICA DEL CAMINAR





Alberto Díaz comenta: Cinco libros sobre una de mis aficiones más sólidas, el senderismo y justo cuando proyecto un libro sobre caminatas por el Matarraña. ¿Casualidad?¿Sincronicidad junguiana?.
Esa bendita suerte del "filobiblos", el amigo de los libros, que tantas delicias lectoras me ha ido deparando a lo largo de mi vida, ha vuelto a brindarme uno de sus relámpagos inesperados: el encuentro con "Elogio del caminar" de David Le Breton. Dos días más tarde sorprendo en la librería de Serret en Valderrobres el "Caminar", pequeño volumen del poeta y ensayista Thoreau, que edita el sello Árdora, "La montaña viva" de Nan Sepherd, de Errata Naturae y "El arte de pasear" de Karl Gottlob Sebelle, en Diaz&Pons editores. Una semana después aparece entre mis libros un título inesperado que no recordaba tener, "El arte de caminar", dos ensayos breves en un solo librito, uno debido a la pluma de William Hazlitt y otro a la del admirado Robert Louis Stevenson, editado por la Universidad de México. Cinco libros sobre una de mis aficiones más sólidas, el senderismo y justo cuando proyecto un libro sobre caminatas por el Matarraña. ¿Casualidad?¿Sincronicidad junguiana?. Ático de los libros se une a este conjunto de coincidencias y me envía la "Guía para caminantes" de Tristan Gooley, el autor de la celebrada "Cómo leer el agua" de la que ya dimos cuenta en su día. A pesar de la frase que Gooley nos endilga ya de entrada "prefiero morir caminando que morir de aburrimiento leyendo libros sobre cómo andar de forma segura", lo cierto es que su libro "que trata de pistas y señales al aire libre y sobre el arte de predecir y deducir" nos enseña, precisamente, el arte de caminar sin morir en el intento y sin dejar de aprender cosas de la naturaleza y por tanto sin dejar ni un solo resquicio al aburrimiento, sin olvidar reglas clarísimas y reiterativas...de seguridad. Gooley nos enseña a distinguir las clases de suelos, a apreciar los patrones, formas y lineas de los paisajes, a no confiar ciegamente en los mapas, a aplicar las técnicas sherlockianas de observación y atención, a rastrear y distinguir huellas, a escoger las rutas adecuadas, a leer los límites de campos y caminos, a percibir lo que nos cuentan los árboles o las plantas, hongos o líquenes sobre vientos, humedad, orientación o animales. Unamos a esto los datos para conocer los tipos de nubes y lo que nos anuncian, los cielos, la meterorología, el arco iris, las nieblas y las tormentas. Datos esenciales para los caminantes: todo lo que concierne al tiempo que nos espera, incluso los consejos para evitar los rayos, (por ejemplo evita lugares altos y árboles aislados, aunque el roble atrae a rayos y el pino o el haya no). También nos enseña a leer las estrellas y orientarnos gracias a ellas o a usar el sol o la luna como brújula o reloj. No podía faltar una generosa porción de datos sobre los animales que podemos encontrar en nuestro caminar, aves o mariposas, los cantos de los pájaros, los reclamos, los insectos, reptiles, mamíferos. Además Gooley nos cuenta un apasionante viaje a Borneo en busca de la tribu de los dayak (más de 30 páginas fascinantes en dos partes). Consejos para conocer y patear ciudades, pueblos y aldeas, vías, carreteras y caminos, paseos urbanos, playas, ríos y lagos, nieve y arena: todo lo que es preciso saber para desenvolverse caminando por esos sitios. El libro se complementa con un capítulo "raro y extraordinario" (y no digo más, véase la pág. 362), un índice muy práctico "para dar tus primeros pasos" y cuatro apéndices, sobre cálculo de distancias, alturas y ángulos, sobre plantas, un calendario de meteoros y estrellas fugaces y un método para localizar el sur usando las estrellas o la luna. En suma, es un regalo de conocimientos para hacer más agradable y seguras las caminatas. Gooley es un experimentado aventurero pero no es un escritor. Su prosa es pragmática y sencilla (lo cual no es lo mismo que simple). Aunque no es preciso ser escritor para comprobar que cuando uno se lanza a los caminos, el simple ejercicio de andar se convierte en una experiencia que, si uno está atento a sí mismo (y por tanto, se olvida del ego), provoca emociones, reflexiones, sensaciones, todas espoleadas por el paisaje, el silencio, la luz y el color, el sano ejercicio físico, el cansancio o el asombro y la belleza que la Naturaleza nos regala a manos llenas. La fascinación que provocan los libros de viajeros, montañeros y caminantes, no es otra que la posibilidad de revivir en uno mismo las emociones que a aquellas personas les causó su viajar. Esos valores aumentan cuando el caminante es escritor o poeta.Es el caso de "La montaña viva" de Nan Shepherd. Como Gooley, Nan logra que su obra se muestre totalmente integrada en el mundo natural, trasluciendo unos conocimientos profundos sobre la naturaleza. Pero además es una suerte de reflexión poética y filosófica sobre esas montañas escocesas de los Cairngorms.que ama y nos muestra desde dentro.Son doce capítulos en los que esta escritora –nacida en 1893 en una aldea del norte escocés y logró ser profesora de inglés en la Universidad durante más de 40 años– nos hace una descripción íntima y .global, estética y naturalista, poética y literaria de la meseta y las hondonadas que la cicatrizan, los elementos que la vivifican, el agua, el viento, la nieve, la luz, los seres que la recorren, desde los insectos a las aves o los seres humanos. La sensación del lector es que Nan (Anna) es lo que describe tan apasionada pero también sencilla y humilde, rindiendo tributo a ese milagro natural como un simple elemento más del retablo maravilloso. Las caminatas de Anna me recuerdan los paseos meditativos del zen que practiqué durante años en las montañas del Montseny, cerca de Barcelona. Un caminar que era conexión espiritual con el entorno, olvido de uno mismo, como en S.Juan del Cruz, "entréme donde no supe,/y quedéme no sabiendo,/ toda ciencia trascendiendo/...grandes cosas entendí/ no diré lo que sentí/ que me quedé no sabiendo/ toda ciencia trascendiendo." Como dice el prologuista Robert McFarlane, hay una perspectiva taoísta o zen en las afirmaciones de Anna: "Las montañas tienen un interior...es en sí misma". En cuanto al "Arte de pasear", se trata de un clásico. El autor Karl Gottlob Schelle (nacido en 1777 y muerto, se supone, en 1825, falleció durante una escapada de un sanatorio mental) lo publicó en 1802. Era amigo de Kant y llegó a editar una obra pedagógica del gran pensador alemán. Defendió siempre una visión práctica y apegada a la vida cotidiana de la filosofía en contra de las tendencias metafísicas de la filosofía académica. Su "Arte de pasear" es una inteligente y optimista visión de cómo el ejercicio físico de la caminata vigoriza el cuerpo y estimula el espíritu y el ánimo, logrando una cierta conexión con la Naturaleza que mejora nuestra existencia. El libro ha sido editado por Diaz&Pons bajo la dirección de Federico L. Silvestre que escribe una magnífica introducción al tema de las caminatas : "El mundo a tres kilómetros por hora" y al final un "Recorridos y paseos de papel" donde la erudición del prologuista convierte el texto en un punto de referencia para todos los que nos interesamos por todo lo que se publica en relación al arte y la práctica y el amor y, a menudo, la obsesión física y psíquica por vivir una vida en la que nunca falta el capítulo andariego. Las referencias librescas enriquecen el texto de Karl Gottlob Schelle que es, esencialmente, uno de los pioneros en el maridaje de la literatura con el afán y placer del andar. Como él mismo escribe en su introducción y dedicatoria al Príncipe reinante de Anhalt-Dessau, Leopold Friedrich Franz , "Un arte de pasear interesaría a todo individuo culto, capaz de valorar la posibilidad de deambular por la naturaleza en cuerpo y alma...igual que un arte de vivir debería ser objeto de aprecio para cualquier individuo en el sentido absoluto de la palabra, si es que valora la vida como algo más que un mero juego". Y añade, "En un arte de vivir eficaz, donde fatiga y descanso, rigor y diversión, trabajo y placer se alternen entre sí en un orden eficaz, el paseo haría valer también su lugar". Schelle es amigo de la mesura, de la medida correcta, del equilibrio y su libro se dedica a glosar, a veces de manera que parece banal y esconde una férrea humildad, no las subidas a las altas cumbres, o las exploraciones peligrosas o las carreras campestres, no a todo aquello que limite, fuerce o desvirtúe el placer psicosomático del paseo. No con la desidia artística del "flaneur" o con las exigencias intelectuales de Aristóteles, Goethe o Rousseau. Schell nos dice: se trata de elevar una mera actividad mecánica, andar, al rango de una actividad espiritual. Son quince capítulos cortos donde, con un estilo sencillo y unas ideas básicas pero bien estructuradas, Schell nos va dando explicaciones obvias , desde "Pasear no es un mero movimiento del cuerpo", a los "intereses del espíritu y condicionamientos del pasear", los lugares adecuados (el campo o los jardines públicos), la influencia del paseo por el campo en el desarrollo del espíritu, las diferencias sustanciales con los paseos a caballo o en coche, cómo caminar por montañas y valles, campos, prados y bosques para que el paseo cumpla su rica función auto educativa, los fenómenos de la naturaleza, para terminar con "algunas consideraciones sobre los condicionamientos físicos del paseo". Situando a nuestro autor en plena Ilustración se puede calibrar la originalidad de su propuesta y la importancia que el arte de caminar, que los paseos, ha tomado en una cultura que se ha despertado a la valoración de la naturaleza. No hay tecnicismos de ningún tipo, ni veleidades literarias en Schell. Es sencillo como un campesino y profundo como un filósofo en sus análisis y propuestas que eran una novedad cuando las publicó y ahora son una nostálgica mirada histórica a una actividad que se ha convertido casi en un lugar común. Los peripatéticos y epicúreos, Horacio, Séneca, Petrarca, Montaigne, Schiller, Rousseau, Hegel, Baudelaire, Thoreau, Goethe, Holderlin, Nerval, Huysmann, Hazlit, De Quincey, Addison, Stevenson, Walser, Nietzsche, Kant, Wordsworth y entre los contemporáneos a Onfray, Leenhadt, Deleuze, Merleau-Ponty, Dewey, Frederic Gros, Walter Benjamin, Rebeca Sonit y su "Wanderlust", Perec, Julien Gracq y otros menos conocidos en nuestro país, forman parte de esa nómina prodigiosa que ha tomado el caminar como un elemento sugerente y sugestivo de orden intelectual, artístico y filosófico. Un libro indispensable para todos los amantes de los senderos y los caminos naturales. Y ahora una miscelánea sobre los otros autores citados: El libro de Le Breton, editado por Siruela es un tratado filosófico, literario y poético del arte de andar por los caminos. No nos propone rutas, simplemente nos hace vivir un sendero fascinante de la mano de viajeros ilustres, filósofos peripatéticos y poetas iluminados por ese "caminar sin fin para no llegar a ninguna parte, para olvidar simplemente el paso del tiempo". Desde el poeta japonés Basho, tan implicado en el zen, hasta Stevenson, Baudelaire, Walter Benjamin, el gran explorador Richard Burton o nuestro Cabeza de Vaca, el célebre Bruce Chatwin, paradigma del viajero moderno o el ínclito Camilo José Cela, cuyo "Viaje a la Alcarria", seguí paso por paso caminando por los mismos lugares cuando cumplí los 18 años, Régis Debray, el director visionario de cine Werner Herzog, Patrick Leigh Fermor que recorrió toda Europa andando desde Holanda a Constantinopla, o terminar citando al mismísimo Rousseau y a Nietzsche o a Walt Whitman y Thoreau. El camino como reto personal, "el caminar es a menudo un rodeo para reencontrarse con uno mismo" y como ejercicio mental y sensitivo "una forma activa de meditación que requiere una sensorialidad plena" (pag.15) son dos de los muchos aspectos que Le Breton, profesor y antropólogo y, evidentemente, del gremio de los caminantes, refleja en un enriquecedor texto que más que leer, degustamos. En el librito "Caminar" de Henry D. Thoreau, –lectura obligada para cuantos aman la naturaleza: su "Walden o la vida en los bosques" iluminó al mundo–, leemos: "Creo que no podría mantener la salud y el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias, y habitualmente más, a deambular por bosques, colinas y praderas, linbre por completo de toda atadura mundana". En cuanto al autor de "La isla del tesoro" , Robert Louis Stevenson, sugiere que caminemos siempre que podamos en soledad ya que solo asi se puede "estar abierto a todas las impresiones y permitir que nuestros pensamientos adopten el color de lo que vemos; se debe ser como una flauta para cualquier viento". ¿Han leido ustedes antes una descripción tan bella del talante que un buen caminante debe adoptar cuando pasea por bosques y montañas? Cuando uno se aficiona al placer de caminar comprende la frase de Stevenson, "Parece como si una caminata a paso vivo nos purgara, mas que ninguna otra cosa, de toda mezquindad y orgullo". Thoreau propone una Orden de los Caminantes Andantes y una filosofía un poco radical: "Si te sientes dispuesto a abandonar padre y madre, esposa, hijo y amigos ...si has pagado tus deudas, hecho testamento, puesto en orden todos tus asuntos y eres un hombre libre; si es así, estás listo para una caminata". Tampoco hay que tomárselo así, pero bueno, da una idea de la pasión que puede envolver al andariego una vez que le encuentra el encanto a ese ejercicio que deviene, casi, una forma de vida. Que un filósofo como Rousseau escribiera "Nunca he pensado tanto, existido y vivido, ni he sido tan yo mismo, si se me permite la frase, como en los viajes que he hecho a pie". O como afirma Le Breton en su magnífico libro, "El sendero, el camino, son una memoria grabada en la tierra, el trazo en las nervaduras del suelo de los incontables caminantes que por alli han pasado a lo largo de los años, en una especie de solidaridad intergeneracional inscrita en el paisaje". Una forma bella de decir lo que todos o casi todos los montañeros hemos pensado al seguir un camino. Y ahora, Robert Walser, un escritor suizo de habla alemana nacido en 1878 y muerto en 1956, durante una escapada (literal) de un sanatorio psiquiátrico suizo en plena nevada, como Schelle, curiosamente. Fue amigo de Kafka y Musil (cuyos estilos comparten sólo una cosa con Walser, la continua autoreferencia directa o indirecta) Psicologicamente era una persona inestable y aquejado de periódicas depresiones. En "El Paseo", el libro de 1917 que hoy comentamos podemos ver su estilo directo, personalísimo y en decidida comunicación directa con el lector, al que le confiesa sus dudas, vacilaciones, encuentros y hallazgos o temores. Las confesiones y reflexiones del autor tienen cierta profundidad psicológica y literaria, a la vez que un descaro sin pizca de arrogancia. "Sin pasear estaría muerto" escribió el suizo en su libro, profética y paradójicamene. Walser fue un poeta y un filósofo nato, un hombre que respiraba a través de la reflexión. Sigue a los clásicos del "tempus capere" (aprovechar la ocasión). Un tiempo que hay que saber esperar tanto como no perder. Y es el tiempo que se hace camino. en el que coincido plenamente con el autor. Walser merece una lectura atenta. En cuanto al motivo central estrictamente, el pasear, el caminante, atestiguo después de decenas de años de practicar esa forma de andar por senderos y montañas de toda España, que esa actividad es más que un deporte o una actividad saludable...es el reflejo activo de una forma de vida. FICHAS GUIA PARA CAMINANTES.- Tristan Gooley.-Trad. Victor Ruíz Aldana.- 448 págs.- 19,90 euros.-Ed. Ático de los Libros. ISBN 9788417743055 EL ARTE DE PASEAR.- Karl Gottlob Schelle.- Trad. Isabel Hernández.-Ed. Díaz Pons.-182 págs. ISBN:9788494084492 LA MONTAÑA VIVA.-Nan Shepherd.- ERRATA NATURAE.-Traductor: Silvia Moreno Parrado, 19,50 euros.- ISBN: 978-84-16544-96-7 EL PASEO.- Robert Walser. TRad. y prólogo de Menchu Gutiérrez. Ed. Siruela,. 85 págs. ISBN 9788416964512 ELOGIO DEL CAMINAR,.David Le Breton. Editorial Siruela.Traducción de Hugo Castignani.171 páginas.- CAMINAR.-H.D.Thoreau.-Ed. Ardora, 60 págs.- EL ARTE DE CAMINAR.-W. Hazlitt y R.L. Stevenson.-Ed. Univ.Auton. México. 54 págs.


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