La noche de la luna azul...en el Matarraña: Alberto Diaz Rueda





La noche de la luna azul

 

En la última noche del año 2009, una noche mágica sin duda, coincidieron varios factores que la convertirían  en la fuente misteriosa de unos hechos y fenómenos que acompañarán mis sueños y mi vida durante muchos años, quizá hasta que la vejez, tan poco misericordiosa a veces, los confunda en mi memoria con el eficaz calidoscopio del tiempo.

Habíamos salido a media tarde de Barcelona para dirigirnos a nuestra nueva residencia en la Torre del Compte...

...Lamentablemente yo arrastraba un fuerte resfriado pectoral con dolorosos espasmos de tos y,  como una burla del destino hacia mi mala situación física y mental (los ataques de tos y la fiebre, unidos a la tensión de conducir bajo esas condiciones, iban ofuscando lentamente mis sentidos) la noche, que en estas latitudes y en esta estación invernal cae pronto, presentaba una rara y fascinante característica astral: la legendaria luna azul. Ya Shakespeare había escrito sobre la luna azul para designar algo raro o absurdo y en sus tiempos corría la conseja de que un suceso es tan extraño como una luna azul, de donde se siguió naturalmente que las cosas misteriosas estaban ligadas por familiaridad esotérica a la luna azul. Pero yo no estaba en el mejor momento ni para pensar en ello, ni para disfrutar de la luna y de su impacto sin duda maravilloso en las tierras del Matarraña.

Se trata de la segunda luna llena en un mismo mes. Como los meses tienen 30 o 31 dias y la luna llena se  produce cada 29 dias, es un fenómeno raro que suele ocurrir cada dos años y medio. Pero que coincida con la última noche del año es más raro aún.  La última vez que se gozó de tal fenómeno fue en el 31 de diciembre de 1990 y no volverá a ocurrir hasta el 2028, entre periodos de unos diecinueve años que va sumando o restando un año en función de elementos aleatorios en los que no  voy a entrar aquí.

Por tanto a la ocasión extraordinaria de ir a pasar una noche tan especial como la noche vieja, por primera vez en una casa recién adquirida, se unían diversas y sorprendentes circunstancias: que el edificio había sido construido originalmente en el año 1599 y tras un azaroso historial de destrucciones, incendios y abandonos  seculares fue remozado totalmente por un arquitecto indiano el año 2006, que nos fue vendida sin estrenar, ya que la familia –bolivianos descendientes de aragoneses que en el siglo XIX fueron a “hacer las Américas”- no llegó a vivir en ella y dejó en la casa todos los muebles y enseres domésticos, (por motivos que no vienen al caso) y, finalmente, que nuestro encuentro con el que había de ser nuestro hogar quizá definitivo, fuese en  noche de luna azul tan bien documentada literaria y poéticamente por autores de tanto fuste como Goethe, Conan Doyle, Stevenson, Espronceda,  Cortázar y Borges, Lautreamont, Black, Byron y otros muchos a los que en algún momento atrajo la misteriosa llamada de lo lunar.

Las noches de fin de año o de San Silvestre cuando coinciden con las de luna azul, se tornan eventos de una rica simbología esotérica, ya que unen los elementos propios simbólicos de dos fenómenos especiales. Son valoradas en la tradición literaria y legendaria por determinadas criaturas de lo oscuro, celebradas por diletantes intelectuales, creadores de todo fuste, expertos en religiones ancestrales y simbología, en suma en todos los que creen en fuerzas misteriosas aliadas a fenómenos de la naturaleza, han sobrevivido mal a la actual cultura tecnológica y su fama se fundamenta más en una suerte de  curiosidad folklórica, literaria o socio-histórica, o están relegadas al descarnado y frío dato científico que las convierte en anécdotas curiosas o de calendario, hitos de otros tiempos más bárbaros e inocentes. En esas noches, la luna tiene un protagonismo excepcional en la bóveda del cosmos visible desde nuestro planeta. Diversos factores cosmológicos y astrales  raramente coincidentes, excepto en periodos variables en torno a los veinte años como queda dicho, hacen que la luna de plata bruñida o luna azul  –en términos descriptivos científicos  es llamada así no porque el astro sea azul en ese momento sino porque tiene tal potencia iluminativa que convierte toda la tierra bajo su presencia en un lugar azulado por el reflejo del cielo, del que desaparecen todas las estrellas y solo queda un bellísimo manto azul– diseñe en las noches libres de nubes, un fenómeno natural de belleza impresionante. Históricamente la luna se vio azul en ocasiones tan singulares como en el año 1883 debido al estallido del volcán Krakatoa en Indonesia que lanzó tal cantidad de cenizas a la atmósfera que tiñó de azul la luna o en 1951 tras unos aparatosos incendios forestales en Canadá.

No es de extrañar pues que la doble coincidencia de la que hablo, dada su rareza y también su excepcional belleza, que la literatura y las primas hermanas bastardas de la ciencia, la superstición y la magia, la hicieran objeto de especulaciones y de ceremonias. Mucha sangre y mucho terror han engrosado el historial de estas noches convertidas hoy en día en esta época desmitificadora en banal  circunstancia sin más relevancia que su belleza.

Concretamente las ciencias oscuras hicieron de noches como esta la semilla y fuente de experiencias diabólicas y brujeriles que fueron pasto de leyendas tenebrosas que hasta hace bien poco constituían el acervo terrorífico de muchas culturas.

En una de las obras de Goethe, La Noche de Walpurgis (en la que a su vez recogía antiguas leyendas de la Selva Negra y las regiones más septentrionales de los Cárpatos), también en uno de los tomos de Necromicón y en el Libro tibetano de los Muertos, por citar tres culturas muy distintas, se nos habla de las múltiples variaciones de  una leyenda concernientes a estas noches especiales en la que las brujas, los fantasmas y criaturas legendarias como hombres-lobo, vampiros y trasgos, campaban con la libertad que les daba una cierta conjunción astronómica y de calendario cuya faceta visible era la luna azul.

Así que con todo ese acervo literario  en  la cabeza, muy caldeada ya por la fiebre y la tos espasmódica, no es de extrañar que se produjeran fenómenos como los que amenizarían mi primera noche en uno de los pueblos más hermosos del Matarraña, escogido justamente por ello como lugar de residencia para mi familia.

Todo empezó nada más aparcar el coche frente a la entrada de la casa, en plena calle Estrecha. La luna abría un surco de plata sobre los adoquines en la angosta calle que se cierra  al fondo al cabo de pocos  metros, junto a las paredes de la iglesia y la frontera pared amurallada de la casa Ferrer. La misma donde en tiempos remotos gimiera la presencia dolorida del infante, trasunto de una desdichada Bella Durmiente, en varón adolescente y aragonés, fantasma quejoso que acompaña las leyendas  de este pueblo encaramado sobre la vega del río.

Entre mi mujer y yo bajamos todos los bultos del coche y los metimos en el amplio zaguán. Un escalofrío me obligó a detenerme, alcé la mirada hacia el fondo donde las siluetas oscuras de las esquinas de la Iglesia de San Pedro Mártir y la palaciega Casa Ferrer parecían cerrarse como un dogal sobre el azulado segmento de la calle (allí la Estrecha da un quiebro pronunciado a la derecha y sigue un curso breve hasta encontrarse con la calle Badaluque) y el corazón me dio un vuelco: tres figuras diminutas, parecían niños o quizá mejor enanos, dada su solidez y envergadura, parecía que nos observaban con mucho interés. Me volví para buscar a mi mujer y fui a llamarle la atención sobre ese punto pero, antes, quise cerciorarme de lo que había visto y volví a mirar hacia el fondo de la calle. Precisamente en ese momento la luna comenzó a lanzar su brillante rocío hacia esa zona. Allí no había nadie.

Maldita fiebre, murmuré, y seguí transportando trastos y paquetes al interior de la casa. Anna, mi mujer, insistió en que encendiera la chimenea del salón, pusiera las estufas y, bien abrigado, cogiera un libro, sin hacer nada más hasta lo hora de la cena. Intenté sin éxito aportar mi más bien precaria ayuda para subir algunos paquetes, y fui tierna pero firmemente rechazado, así que acepté la amable sentencia y me dispuse a leer un poco mientras Anna  se afanaba en la cocina a fin de dar una nota de solemnidad a cena tan señalada.

Abrí una botella de un buen caldo de Valderrobres que vertí en un decantador para que se aireara y puse una botella de Mumm en la nevera para brindar por el año nuevo 2010 de nuestro señor y pico de ave como diría el bueno de Cunqueiro. Cogí uno de los últimos trabajos de Jorge Wagensberg, “El gozo intelectual” y me dispuse a pasar un par de horas ante el chisporroteo cadencioso de la leña quemándose en la chimenea y el silencio magnífico de este pueblo bendito de Dios.

La tos había amainado, lo que me permitió relajarme y, a pesar de la divertida e ingeniosa prosa del científico literato quedarme traspuesto, en ese lapso de tiempo indefinido que uno siempre califica de “unos instantes”,  con el libro terciado sobre los muslos, una mantita que la solícita Anna colocó sobre mis hombros y  los pies sobre la mesita de centro. Caí en el sueño como uno  de los héroes que Homero hace caer en la batalla: blandamente, como árbol hendido por el rayo,  mientras sus armas resonaban y yacía abrazado por el polvo.

El  salón había quedado a oscuras (quizá Anna apagó la lámpara al ver que me había dormido) y cuando un extraño murmullo de voces en sordina me despertó, la luna entraba en forma de tajo de plata en el extremo de la estancia, junto al ventanal del balcón que da a la plazuela de los soportales.

Miré más sorprendido que asustado hacia el iluminado escenario que había creado la luna y percibí  a tres figuras diminutas que conversaban entre sí mientras lanzaban nerviosas miradas de soslayo hacia donde yo estaba. Me restregué los ojos y pensé, “qué curioso sueño”.

Cuando los volví a abrir las figuras ya no estaban y me tranquilicé. Pero esa sensación de alivio se tornó en verdadero pavor cuando al volver la cabeza vi que estaban junto a mí, sentados civilizadamente en el sofá lateral a mi sillón, los tres juntitos,  mirando tranquilamente ora el fuego de la chimenea, ora a mi persona despavorida.

Uno de ellos, que parecía dotado de una autoridad natural considerable, me dedicó una sonrisa afable, atusó su bigote poblado, tan blanco como su barba que le bajaba desde las orejas hasta medio pecho, y me dijo con una voz bien modulada de bajo profundo:

–No os asustéis caballero y perdonad la intromisión. Somos gentes de bien y orden y temerosas de Dios y sus leyes.

–Y no como otros que andan por ahí—terció un segundo personaje lanzando una nerviosa mirada de ojillos azules relampagueantes hacia el balcón.

–¿No aprenderás a callar, Azulete?—reconvino el tercero—deja hablar al Maestro.

El aludido miró con paciencia a sus dos compañeros y volvió a dirigirse a mí con una sonrisa de disculpa.

–Bueno, dejemos eso por el momento. Es importante que hablemos con vuecencia, hay un mensaje de mi pueblo que vos deberéis comunicar a los vuestros: el futuro de esta comarca corre peligro cierto  y si no se pone remedio nuestro pueblo desaparecerá y, un poco más tarde, también el suyo.

En ese momento, en el que mi pavor había dejado su lugar a una confianza tranquila y a un sosiego lleno de curiosidad y expectación, totalmente al margen de cualquier lógica, escuché la voz de Anna  que se acercaba al salón.

El llamado Maestro miró con una sonrisa hacia la puerta y después sopló suavemente hacia mí como si apagara una vela de cumpleaños. En un instante los párpados, tan súbitamente pesados, se me cerraron y oí la bella voz: “seguiremos en otro momento”.

–momento.-La voz de Anna cabalgó en la otra voz sobre una misma palabra—Ya veo que te has dormido, cariño. Te sentará bien, al menos la tos te ha dejado descansar. Te decía que en un momento podemos cenar. Ya está todo dispuesto. Como estás tan pachucho comeremos en la cocina, después tomaremos las uvas aquí y nos iremos a dormir, que es lo más sano que puedes hacer esta noche. Mañana será otro día y según como estés ya organizaremos la jornada.

Asentí ante la razonable autoridad doméstica de Anna, pertrechada como algunas mujeres privilegiadas de ese talento natural para saber ordenar lo que en el momento dado es lo único sensato por hacer.

Fue una cena sin historia, pespunteada por mis toses, cada vez más severas y menos espaciadas. Un poco preocupado por lo que tenía visos de convertirse en una neumonía, y con un malestar creciente. Todo junto me hizo olvidar completamente la extraña experiencia alucinatoria que había tenido (lo que en un estado de vigilia normal hubiera supuesto una llamada urgente al primer psiquiatra disponible).

La velada acabó pronto y urgido por mi malestar y mi cansancio, fuimos a la cama y traté de dormirme en el sopor que me produjo le medicación y la cálida ayuda espirituosa de un buen vaso de leche con un más que generoso chorretón de orujo de hierbas y miel de romero. Mi cerebro, con todas sus agitadas neuronas excitadas por la fiebre y el alcohol, comenzó a fabular y produjo en mi mente un confuso pandemonium de ruidos y presencias.

En el gran dormitorio, cabe el bancal de piedra que rodea la ventana, ahora iluminado por la luz de la luna azul, surgían y desaparecían sombras y presencias que, desde el escorzo de mi visión (con la cabeza levantada por almohadones  tenía todo ante mis ojos, a la derecha del pie de la cama) parecía la puerta mágica de entrada a otro mundo.

La tos se hizo antropomórfica y cada impulso brutal, cada cascada sincopada y dolorosa, tomaba la forma de una garra de acero, de un ser sarmentoso que estrujaba mis pulmones, de una maza herculiana esgrimida por un tenebroso enano que me golpeaba con saña en el pecho, de una especie de mujer-serpiente que entre risas demoníacas se enroscaba en mi garganta inflamada con sus anillos de fuego.

Anna, que trataba de dormir junto a mí, me acariciaba el pecho de vez en cuando o me presionaba cariñosamente una mano y cada uno de sus contactos tenía la virtud de que la figura horrible que me martirizaba se pulverizaba en nubes de polvo de color y quedaba el dolor sobrio y duro en su unicidad austera. Entonces emitía un suspiro y por unos instantes descansaba, cerraba los ojos y figuras plateadas de seres amistosos se acercaban a la cabecera del lecho y me miraban son simpatía y sosiego. La más  cercana, una mujer que recogía sus cabellos negros en una redecilla y vestía el traje ceñido en el pecho y amplio desde la cintura, de las mujeres de otras épocas, se dirigió a mí, con una voz plácida:

–Muchas familias hemos vivido entre estas paredes. Y, aunque ha habido de todo, como es natural, por regla general ha habido felicidad en esta casa. Hemos pasado malos momentos, claro está, –un murmullo de aquiescencia se levantó entre los presentes—pues hemos vivido guerras, saqueos, fuegos y violencia, las mismas que esta tierra, pero siempre nos hemos sentido protegidos y en líneas generales y con las debidas excepciones, las gentes de esta comarca somos gentes de paz y complacencia, de ordenado disfrute de la naturaleza y la vida...creo que a mayor nivel de otras tierras, quizá debido a la presencia de ellos...—otros murmullos plagados de “por supuesto”,¿de quién sinó?”, “ellos son la diferencia” “tenemos suerte de que estén aquí”—a los que esta noche parece ser que has conocido...

Pero en ese momento la tos volvió a asaltarme y fue un asedio tan duro y sin abrigo, que todo desapareció y entró el mundo ominoso de la fiebre, el dolor en el pecho y la garganta, las convulsiones de la tos que me dejaban dolorido el cuerpo.

 

La del alba sería cuando el cansancio, el agotamiento físico y psíquico, obró su amable efecto y cerré los ojos para dormir un corto sueño en el que generaciones de habitantes de la comarca aparecían para darnos la bienvenida, nos mostraban las bellezas del Matarraña, nos indicaban los lugares mágicos y los lugares ominosos que debíamos disfrutar o evitar y hacían referencias continuas a los “protectores”, sin extenderse sobre el particular, con lo que al despertar tenía una agradable sensación de un sueño premonitorio abiertamente optimista y una duda permanente que daba visos de “autenticidad” a la presencia de esos tres hombrecillos que habían acompañado oníricamente uno de los momentos más bellos y creativos de esa primera noche en mi tierra de adopción, justo en la noche de la luna azul.

 

Torre del Compte

1 de enero de 2010



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comentaris
1 - alberto díaz
18 de gener de 2010, 17.23 h
el sabado, por una de esas casualidades mágicas que Jung llamó sincronicidades estuve saludando al amigo Octavi, gran emperador del libro en el Matarraña como su tocayo lo fue en Roma, justo en el momento en que éste "colgaba" mi relato iniciático en la web y en la red. Por ser uno de los primeros clientes de la jornada (siempre cedo a la tentación de comprar libros en esa cueva de los milagros que honra a Valderrobres en forma de librería) se me obsequió con el librito editado en homena... Llegir més



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