La otra vida





Soy un fantasma, y la verdad es que soy muy feliz. No soy lo que habitualmente llamáis un alma en pena ni nada por el estilo. Morí hace más de 200 años, y desde entonces he vivido más que nunca, aunque no de la misma manera que lo podría hacer un mortal, desde luego, pues mi cuerpo no se rige por las mismas normas que el vuestro. Para empezar, diré que no puedo morir (de nuevo), por lo que el riesgo y el peligro no son algo que me intimiden, y por ello, soy capaz de hacer todo lo que quiera. Todo esto quizá os resulte extraño, y os diré que todo lo que hasta ahora habíais pensado a cerca de los fantasmas es erróneo, empezando por el mismo hecho de que no somos fantasmas, pues estamos tan vivos como vosotros. No soy el único, hay muchos más como yo, de hecho tengo muchos amigos entre los de mi estado, y se podría decir que somos muy felices, pues vivimos y aprovechamos todo lo que la vida nos ofrece. Si queréis que os explique como he llegado a ser lo que soy, antes debería contaros como viví, pues ahí radica la base de mi personalidad. Lo cierto es que no tengo grandes recuerdos de mi infancia, quizá sea por que no tuviera un gran significado para mí o no hubiera gran cosa que recordar. Por aquel entonces cada familia tenía un rol del que no se podía salir fácilmente, y a mi me impusieron una forma de vida muy concreta. Éramos burgueses, gente acaudalada, con numerosos sirvientes trabajando para nosotros, y nuestra vida transcurría de forma básicamente contemplativa. Cuando apenas contaba con 20 años me casaron con la hija de una familia adinerada de un pueblo vecino y a la cual no había visto nunca. Fue un matrimonio de conveniencia, práctica habitual en aquella época, buscando un beneficio social o económico para una u otra casa, por lo que tenías que asumir la decisión tomada por otros de que compartieras tu vida con una persona a la que no conocías, sin saber tan quiera si llegarías a quererla algún día. En mi caso, mis padres eligieron a la hija de unos ricos comerciantes de pieles que tenían dos hijas y ningún barón, por desgracia. Se llamaba Inés, y tenía el cabello del color del sol al atardecer, algo sin duda insólito en nuestro condado, lo cual se debía a sus antepasados ingleses. Al principio nuestro matrimonio fue muy tenso, algo completamente normal si tienes en cuenta que éramos dos desconocidos bajo el mismo techo y obligados a compartir una vida. No obstante, el tiempo fue relajando la situación entre nosotros dos, nos fuimos conociendo y descubrí en ella no solo una mujer muy hermosa de infinitas virtudes, si no una amiga y confidente como no podía haber otra. Durante unos años recorrimos medio mundo en nuestra luna de miel, conociendo otras culturas, ciudades y gentes en un ansia que parecía no acabarse nunca. Fue en esa época cuando nos dimos cuenta de que a pesar de todo, nos habíamos enamorado, y disfrutamos aún más si cabe de cada momento. Cuando por fin volvimos a casa nadie daba crédito el cambio que habíamos sufrido. En un principio no supe interpretar su actitud frente nosotros, se comportaban de forma distinta. Mas tarde descubrí que sentían envidia por el mero hecho de que fuéramos felices cuando ellos no lo habían sido. Al año de volver de nuestro viaje tuvimos nuestro primer hijo, al que llamamos Christian. Tenía el mismo cabello rojizo que su madre, y unos ojos más azules que el mar. Nunca nos habíamos sentido tan felices, ni cuando vivíamos al día viajando por todas aquellas ciudades de la vieja Europa. Juntos vimos crecer a nuestro pequeño, y como a cada día que pasaba se volvía más despierto, mirándonos como si siempre tuviera miles de preguntas que hacernos. Lucía llegó dos años después, llenando los pocos rincones de la casa que aún estaban vacíos. Inés no cabía de gozo de que nuestro segundo hijo fuera una niña y yo me alegraba por ella. Le encantaba ponerle un vestido nuevo cada día, y cuando creció, disfrutaba peinándola y haciéndole trenzas en el pelo,poniéndole cintas de colores y bordando para ellas calcetines a juego. Pasaron los años y quedaron ya lejos por entones los años de juventud. Recordábamos entre risas nuestros primeros días juntos, lo difíciles que fueron para los dos y lo rápido que lo habíamos olvidado. Cuando Inés enfermó sentí como una parte de mi empezaba a morir con ella, no podía soportar la idea de perderla y que nuestros hijos se quedaran sin madre. No queríamos hacerlo publico, pues teníamos la esperanza de que mejorara, pero no lo hizo. Murió varios meses después. Los médicos dijeron que tenía un mal que le atacaba el pecho, y yo me sentí el hombre más desgraciado del mundo, no podía comprender como había sucedido eso, y que si había un dios, nos había dado la espalda. Tenía tan solo 28 años. Christian y Lucía no dejaban de llorar, y cuando por la noche se quedaban dormidos, su sueño era inquieto y agotador. Habían perdido a su madre, y aunque con los años olvidarían los malos momentos, siempre les quedaría esa cicatriz en su recuerdo. Por mi parte, me sumí en una desolación inimaginable, mi amor, mi ilusión, mi Ines, se había ido, me había dejado. Solo ver a mis hijos me daba el consuelo que necesitaba, y por ellos seguí adelante con mi vida, esforzándome por parecer fuerte y feliz, y tengo que decir que junto a ellos fui muy feliz. El resto del tiempo, cuando no estaba con ellos, me dedicaba a recordar, y durante esos momentos, la podía sentir junto a mi, cercana y cálida como cuando en vida, tendiendo su mano para coger la mía, ¡y que buenos momentos que habíamos vivido!. Christian y Lucía crecían fuertes y sanos, y cada día que pasaba me sorprendía ver como se enfrentaban a la vida. Decidí escribir nuestra historia para que con los años, cuando la vejez me alcanzara, no olvidara a quien lo significó todo para mí, y recordara cada detalle de los momentos que vivimos juntos. Tardé casi dos años en terminar, y cuando se la entregué a mis hijos. Fue mi legado más preciado, y les alenté a que continuaran ellos con su propia historia a partir de la mía, pues a partir de ese momento eran ellos los que tenían que decidir los caminos por los que transcurriría su vida. A diferencia de a mi, ellos pudieron elegir con quien compartir sus vidas. Los dos se casaron y ampliaron su familia, aunque esa es ya otra historia, y no me corresponde a mí contarla. Disfruté de ellos todo el tiempo que pude, y también de sus hijos, los nietos de Inés. Siempre los tuve cerca, hasta que ya en mi lecho de muerte nuestros caminos se separaron. ¡Os deseo que tengáis una vida tan plena como la mía!, vivir y amar a vuestra familia como yo lo he hecho, ahí reside el secreto de la vida y la felicidad. Esas fueron las últimas palabras que les dije antes de morir, y tengo constancia de que así lo han hecho. Cuando exhalé mi último aliento, puede ver como mi alma se separaba de mi cuerpo. Me vi a mi mismo tendido en la cama, era ya un anciano. Experimenté entonces algo insólito. Siempre había creído en la vida eterna, pues era cristiano, pero no me esperaba sinceramente que algo así sucediera. No sabría describir como sucedió, y aún ahora sigo sin comprenderlo, a pesar de haberlo visto infinidad de veces, pero al morir, muchos de nosotros seguimos vivos en este mundo, aunque no exactamente del mismo modo, si no como en un plano alternativo. En palabras que no son mías, si no de otros como yo, podría decir que transmutamos de estado para pasar a un nivel superior, con lo cual la muerte de la vida que hasta entonces hemos conocido no es si no un tránsito, como cuando un gusano de seda se convierte en mariposa. Yo podía ver a los vivos pero ellos no podían verme a mí. Observé el mundo desde una nueva perspectiva, todo seguía ahí igual que antes, pero no lo percibía del mismo modo, y sobretodo, no estaba solo. Antes de verla, pude sentirla. Inés, tenía que ser ella, pues solo ella era capaz de hacer palpitar mi corazón del modo en que lo hacía en ese momento. Al girarme, la vi junto a mi, tan hermosa como recordaba, joven, sonriente y llena de vida. No alcanzaba a comprenderlo, pero era ella de verdad. Nos unimos en un abrazo que me pareció duró una eternidad. Me sentía reconfortado y feliz como hacía mucho que no me sentía. Era ella de verdad, y tal y como me confesó más tarde, siempre había estado a nuestro lado, esperándome, quizá por eso en muchos momentos de mi vida la había sentido tan próxima a mi. Me explicó muchas cosas a cerca de mi nueva forma de vida, por así decirlo, todo cuanto ella sabía, y que yo mismo transmitiría a otros más adelante. Mi cuerpo volvía a ser joven y fuerte, como antaño lo fue. Juntos de nuevo, una nueva etapa comenzaba para nosotros, y esta vez si que era definitiva, pues ya nunca volveríamos a separarnos. Desde entonces y hasta ahora han pasado ya muchos años, aunque el concepto del tiempo para nosotros no tiene mucho sentido como puedes imaginar. Durante todo ese tiempo hemos sido muy felices, y me reconforta pensar que todavía nos queda una eternidad por delante. Cuando nuestros hijos murieron, estuvimos allí para darles la bienvenida, para iniciarlos en este nuevo mundo, y todavía hoy nos juntamos a menudo. Tras todo este tiempo he comprobado que la vida no puede ser mejor que esto, y si no me crees, espera un tiempo y tu mismo lo verás. Alberto Rodríguez Rebollo, 8 de Abril de 2008


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