La Presentación del libro "L'ÒMNIBUS DE LA MORT" del TONI ORENSANZ en Libreria Serret el pasado dia 6 de diciembre y las "Brigadas de la Muerte" en Aragón





La repercución mediatica, de su presentación en la libreria Serret de Valderrobres, se traduce en este artículo, publicado exclusivamente en este medio. Con ello, contrastamos el interes por parte de la prensa Bajo Aragonesa (concretamente el Grupo de comunicación de LA COMARCA) ya que estuvo entrevistando a Toni Orensanz, tanto para LA COMARCA TV, como para la SER, y publicado en papel en el mismo periodico LA COMARCA: "El ómnibus de la muerte" del TONI ORENSANZ, dsc02896dsc02893 En el verano de 1936, un ómnibus de color negro recorrió un buen número de localidades de Aragón y del sur de Cataluña. En él viajaban los integrantes de la Brigada de la muerte –así se autodenominaban–, convertida en una de las bandas de incontrolados más célebres del momento. Partidarios del comunismo libertario y de la “limpieza de fascistas” en la retaguardia republicana, vinculados a la Federación Anarquista Ibérica (FAI), los brigadistas de la muerte sembraron el caos por donde pasaron con sacas que, en la mayoría de casos, no bajaron de la quincena de fusilados. Su puesta en escena –con insignias de calaveras cosidas en el gorro y en la pechera y con mítines justificadores de la “profilaxis social”– pretendía infundir terror. Hasta la CNT decidió intervenir para atajar sus “fechorías” y poner punto y final a esa particular road movie de la guerra civil. dsc02886dsc02882El cabecilla de la Brigada de la muerte se llamaba Fresquet, Pascual Fresquet. Era él quien daba los mítines que pretendían justificar los asesinatos cometidos por sus hombres unas horas antes. Así lo hizo, al menos, en poblaciones de la provincia de Tarragona como Falset y Gandesa, donde la Brigada de la muerte fusiló a 57 hombres en poco más de 24 horas, a mediados de septiembre de 1936. Fresquet, con el pueblo a sus pies, convocado expresamente y con la sangre todavía caliente, hablaba de la necesaria “limpieza” (eufemismo de asesinato) de fascistas para construir un mundo nuevo. “Hemos venido a hacer justicia”, decía. dsc02880 “El pueblo se ha rebelado y se ha terminado que haya trabajadores que mueren de hambre mientras hay ricos que mueren hartos”, concluía. Y al poco rato los brigadistas de la muerte proseguían su ruta justiciera. Según una descripción de la época, la banda se desplazaba “en un gran autobús que generalmente utilizaban para su ‘trabajo’”. Y el “trabajo”, según ese mismo relato, “era diario y tenía la monotonía de las tapias del cementerio”.

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La Brigada de la muerte estaba formada por unos cuarenta hombres muy bien armados, según todos los testimonios recogidos. Tenían su base de operaciones en Caspe, a donde habían llegado con la Columna Ortiz, integrada mayoritariamente por anarquistas barceloneses prestos a frenar la sublevación militar en la capital del Bajo Aragón, triunfante en los primeros días de la guerra. Derrotados los golpistas en Caspe, y constituidos en “brigada de investigación” de la columna de milicianos, la tarea de la Brigada de la muerte consistía en desenmascarar y eliminar a los “fascistas” ocultos en la retaguardia y a todos aquellos que pusieran trabas a la revolución campante. Porque lo de “fascistas” no incluía tan sólo a los simpatizantes de Falange o de los partidos derechistas, sino que también se podía aplicar a cualquier católico practicante o, incluso, a republicanos pequeños propietarios contrarios a la colectivización de sus tierras. La Brigada de la muerte, a punta de pistola, llegó a asaltar ayuntamientos –dominados por partidos republicanos burgueses o de ideario socialista–, acusándolos de tibieza revolucionaria y de no llevar a cabo la “necesaria justicia” que requería el momento. Pero la Brigada de la muerte no mataba al azar. Fresquet no era un asesino como esos psicópatas que abren la puerta de un McDonalds de Arkansas y se llevan por delante a decenas de ciudadanos anónimos sin importarles qué piensan o cuál es su estatus social. Sus listas de fusilados tienen sentido o, al menos, lo tenían en 1936, puestos en la piel, en los zapatos de un revolucionario partidario de la violencia, aplicado en destruir el viejo mundo. Aunque haya muertes difícilmente explicables, los que asesinaban tenían bien claros cuáles eran sus enemigos, cuál era el perfil de “fascista” a eliminar, por amplio que fuera el concepto. Y en esa lista, por norma general, encajaban los religiosos, los falangistas, los militantes cristianos activos, los simpatizantes de la CEDA, los carlistas, los propietarios y todos los derechistas partidarios de la sublevación militar, o aquéllos que en la República hubieran ostentado cargos municipales durante el bienio negro (entre 1934 y 1936, cuando la derecha se hizo con el poder). Y cabían aún muchos otros. Lógicamente, la Brigada de la muerte necesitaba de apoyos locales en los municipios que visitaba. Quiénes redactaban las listas sabían bien a quien apuntaban. Las variantes, en este sentido, son múltiples: desde municipios en los que la Brigada de la muerte fue invitada por los dirigentes locales, hasta lugares en los que los brigadistas de la muerte impusieron el terror pisoteando a los líderes republicanos de la población. Hubo militantes de Esquerra Republicana o de la UGT que fueron asesinados, en aquellos días, por oponerse a la limpieza revolucionaria o a las incautaciones forzosas. Toda revolución conlleva violencia, y lo de 1936 en Cataluña y Aragón fue una revolución en toda regla. El golpe de Estado del 18 de julio desencadenó una revolución social que llegó a todos los rincones de Cataluña y de Aragón. Los anarquistas habían sido decisivos en la derrota de los golpistas, con episodios heróicos en las calles de Barcelona. Frenada, pues, la sublevación, para muchos había llegado el momento de impulsar la ansiada revolución social tras años de “gimnasia revolucionaria”, por seguir la terminología patentada en la época por los dirigentes de la FAI. Barcelona llevaba años siendo la perla del anarquismo internacional. Fruto de la nueva situación, en Catalunya se creó el Comitè Central de Milicias Antifascistas, una especie de nuevo gobierno regional que integraba todas las fuerzas que, por obra y gracia del golpe militar, habían caído del bando antigolpista. En el Comitè Central tenían una gran fuerza los pletóricos anarquistas, convertidos en los verdaderos amos de las calles, en los héroes populares de la derrota militar. Así pues, hundidos los mecanismos tradicionales de control social, y con microgobiernos que iban por libre en todos los municipios, se puso en marcha una nueva justicia revolucionaria, improvisada, sobre la marcha, precipitada. El Govern de la Generalitat estaba desubicado, perdido el control de la situación, hasta que se regresó a una cierta normalización institucional a partir del otoño de 1936. Es a partir de ese momento que la represión en el bando republicano en Cataluña y en Aragón cayó en picado, aunque el verano ya se hubiera llevado por delante la vida de más de 4 mil ciudadanos. Fresquet y la Brigada de la muerte también eran héroes del 18 de julio en Barcelona. En la plaza de España, Fresquet y sus colegas se enfrentaron a los militares y los derrotaron. Tenían armas, habían conseguido la victoria, reconocimiento social y las circunstancias estaban de su parte. Todo parecía dar la razón, por una vez, a aquellos parias que, en algunos casos, acababan de recobrar la libertad al abrirse las cárceles. La revolución los legitimaba y Fresquet y sus hombres, todos ellos del áea metropolitana de Barcelona, de Sants, de Collblanc, de Hospitalet de Llobregat, de la Torrassa, eran los amos del mundo en aquellos días. La ruta justiciera de la Brigada de la muerte fue de Reus, muy cerca del Mediterráneo, a Albalate del Arzobispo, en la provincia de Teruel. A día de hoy, median entre las dos poblaciones un total de 169 kilómetros, con la carretera N-420 como principal vía de comunicación. Ateniéndonos tan sólo a las fuentes documentales, el bus de la Brigada de la muerte hizo parada en las siguientes localidades: Caspe, Fabara, Maella, Gandesa, Falset, Mequinenza, Albalate, Calanda, Samper de Calanda, Híjar, Bot, Flix, Ascó, Ribarroja, Móra d’Ebre y Reus. En estos pueblos y ciudades de Cataluña y Aragón la documentación no deja lugar a dudas: se cita a la “la Brigada de la muerte”, “Fresquet”, “el grupo de Fresquet” y, en el caso de Híjar, al “grupo de los treinta” y a su ómnibus. Sumados, resultan dieciséis municipios de les provincias de Tarragona, Zaragoza y Teruel. Sus paradas documentadas elevan los fusilados a 247, aunque a tenor de los testimonios orales pudieran ser más. La preocupación por la actuación de la Brigada de la muerte llegó hasta las más altas instancias de la CNT, que abordó el asunto en Madrid, aprovechando un pleno de regionales celebrado el 16 de septiembre de 1936. Según el acta de dicha reunión –que se conserva en el Instituto de Historia Social de Amsterdam– y tras las quejas del representante aragonés por los excesos que se sucedían en su tierra, el delegado de la CNT catalana informó a los allí presentes que en Barcelona ya habían nombrado una comisión “para averiguar las fechorías que comete la Brigada de la Muerte”. Fresquet fue llamado al orden, y se justificó ante sus compañeros anarquistas. “Les dijo que lo que quería era luchar y frenar al enemigo, donde hiciera falta. Que él había nacido para vencer, para servir. Que había que frenar al fascismo. Que había que hacer la Revolución. Y que eso estaba haciendo él con la Brigada de la Muerte”. Quien cuenta tal cosa es otro Pascual Fresquet, en este caso el hijo del jefe de la Brigada de la muerte, un testimonio clave en esta investigación. Pascual Fresquet hijo lo cuenta cómo se lo contó su padre: se trataba de hacer la revolución. Pese a todo, la comisión debió de dar sus frutos: la pista de la Brigada de la muerte desaparece a partir de octubre de 1936. Pero Fresquet, pese a su convencimiento revolucionario, resultaba ya en aquel entonces un personaje controvertido para muchos. Estaba vinculado a la FAI de antes de la guerra y había participado en atracos y en atentados en pro de la causa libertaria. Presidente del sindicato de la construcción de la CNT en el barrio de Sants en 1936, había sido detenido y apalizado en distintas ocasiones. Era extremadamente violento, y estaba siempre dispuesto a desenfundar la pistola. “Mi padre tenía el gatillo fácil”, según el hijo. Hay quien lo tachó de loco. En su libro De la Unión a Banat, el militante anarquista Juan Giménez Arenas, afirma lo siguiente: “Fresquet había tenido un cargo militar en Aragón, con una unidad un tanto independiente, en la que no hizo más que barbaridades”. Giménez Arenas no lo duda: “Fresquet fue siempre un cerdo”. ¿Estaba al corriente la Generalitat de la actuación de la Brigada de la muerte? Sí sabemos que una delegación de Reus se desplazó hasta Barcelona para hablar del asunto con el presidente de la Generalitat, Lluís Companys. Y Companys dijo estar al corriente de lo que sucedía y les aseguró que había tomado “todas las prevenciones pertinentes”. Pero el presidente de la Generalitat era consciente de que sus prevenciones, con la revolución a toda marcha, podían servir de muy poca cosa. Así pues, pidió a los representantes de Reus que solicitase a sus respectivos partidos y sindicales que tomaran medidas por su cuenta. “¿Qué puedo hacer yo si ustedes mismos no saben indicar a sus afiliados cómo comportarse y qué acciones emprender para cortar esos abusos?”, les confesó. Tal era la situación. Pocos días después, una delegación del Govern encabezada por los consejeros Josep Tarradellas y Andreu Nin visitaron algunas de las poblaciones visitadas por Fresquet y sus compañeros. La Brigada de la muerte se diluye en el otoño de 1936. Con disidencias internas inclusive. Y Fresquet salió con vida de la guerra civil, que terminó nada más y nada menos que como capitán del Ejército del Este. Falleció de muerte natural en el exilio francés.


comentaris
1 - columna de la vida
4 de maig de 2013, 19.54 h
"Fresquet no era un asesino como esos psicópatas que abren la puerta de un McDonalds de Arkansas y se llevan por delante a decenas de ciudadanos anónimos sin importarles qué piensan o cuál es su estatus social. Sus listas de fusilados tienen sentido o, al menos, lo tenían en 1936, puestos en la piel, en los zapatos de un revolucionario partidario de la violencia, aplicado en destruir el viejo mundo. Aunque haya muertes difícilmente explicables, los que asesinaban tenían bien claros cuále... Llegir més



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