LO QUE SOBRA - Relato incluido en Minucias (2019).





 Hoy, en Camins Serret, le toca el turno a un relato de mi autoría. Se halla incorporado en mi libro Minucias (2019). 

https://www.amazon.es/Minucias-Pedro-Carbonell-Castillero/dp/1077577397 


LO QUE SOBRA


El polvo salta con el percutir de las bambas en el suelo. Las camisetas con manchas de sudor sobre todo en las axilas manifiestan el advenimiento del cansancio.

Los muchachos son tres; todos de doce años. Pertenecen a la misma clase, a la que hoy han faltado para adentrarse en el monte. Pronto el colegio expulsará a bocanadas a los chiquillos, cuando acaben la jornada.

La irresponsabilidad de hacer novillos no les hace mella en el ánimo, y ahora corretean felices.

Un campo de labranza en cuyo centro se yergue un cerezo; la visión de sus frutos despierta el apetito. No hay personas excepto ellos. De no se sabe dónde, pero siempre muy próximo y desde diversos puntos, gravita el chirriante y molesto sonido de las cigarras.

Tienen las mochilas a sus espaldas, con poco material, y no sienten el peso. Cogieron en casa bolsas de plástico. Se internan entre los petrificados surcos de labranza y comienzan a esquilmar el árbol cuando llegan a él.

Retornan festivos, lanzándose entre ellos, escupiéndolos, los huesos de las cerezas.

El camino es largo.

Falta poco para que dé comienzo el verano y no ha llovido en toda la primavera. Al fondo del paisaje, las montañas más altas del lugar inclinan sus lomos desgastados, aunque ahora son invisibles para los muchachos debido a una persistente y densa nube de contaminación que lleva meses estancada en toda esa zona.

Se detienen de golpe cuando les llega el sonido asmático, con toses, de un tractor. Piensan que puede ser guiado por el agricultor dueño del huerto donde han robado los frutos. Salen del camino y se introducen en la espesura; se esconden detrás de unos arbustos. En cuclillas y asomadas sus cabezas por encima de las ramas, observan pasar al tractor. Lo conduce una mujer joven, de unos treinta años, que a ellos les parece vieja; a su lado en el vehículo está sentada una niña que, como los chicos, va a entrar en la adolescencia. Son campesinas y visten como tales, con pañuelos en sus cabezas bajo la orlada tarde con momentáneo olor a gasoil. Desaparecen de su vista y entonces los muchachos vuelven al camino, el cual a bastante distancia de allí desembocará en la carretera que, siguiéndola, los llevará al pueblo.

Reservan cerezas para sus familiares.

Se separan nada más entrar en las primeras calles y se dirigen a sus respectivos hogares.

Juanito contempla la fachada del edificio de dos pisos. Aprieta un botón y, sin mediar palabra, surge un zumbido. Es la orden para empujar la puerta de abajo; así lo hace y se interna en el inmueble. Asciende escaleras sin sensación de culpa por haber hecho novillos, y robado las cerezas. En el salón están su padre y sus dos hermanas, más pequeñas que él, acaparando con negligencia y sueño el sofá. El televisor emite chasquidos que suenan como palabras.

La madre en ese momento sale de la cocina; se seca las manos con un trapo y le comenta con bondad algo que no escucha. Mientras tanto, Juanito ya ha descargado de su espalda la mochila y ha ido a ponerse el pijama sucio, con la intención de darse una ducha a no tardar. Regresa al salón portando consigo la bolsa que contiene cerezas. Todos comen de su obsequio, excepto él. Ha faltado a clase y no sabe si hay deberes; pero es consciente de que falta poco para que lleguen las evaluaciones finales. No es mal estudiante, pese a todo.

Juanito rememora cómo hace nada se separó de sus amigos. Hay en esas imágenes mentales la petrificación de un gesto concreto: el distanciarse de Raúl a su mirada.

Raúl dobla algunas esquinas. Va contento y camina ligero a pesar de que le duelen los pies. Empotra la visión en el edificio antiguo, en cuyos ventanales con arcos las golondrinas danzan pletóricas, celebrando el buen tiempo. Una sonrisa y sensación de bienestar. Atraviesa ese fragmento sutil y clava sus ojos en la fachada de su vivienda; en realidad ya ha llegado. Echa mano a la llave y entra en un tibio mundo de penumbras. En una claraboya, un rayo de sol, ya casi horizontal y atravesado por partículas de polvo que retozan ingrávidas y arbitrarias, se clava en una pared blanca.

Raúl sube un piso por las escaleras y abre otra puerta. No hay nadie en casa, sus padres aún están en el trabajo. El muchacho deposita la mochila y la bolsa con cerezas sobre la mesa del comedor. Entra en su cuarto y sin desvestirse se estira en la cama. Piensa en los acontecimientos del día, hasta que una nube, o una borrosidad, lo transporta a otras horas; a horas en las que suenan voces y el audio del televisor. Los acontecimientos se complementan y van todos a parar a la apertura de la puerta del dormitorio. Su madre le dice que está la cena puesta; lo mejor es que coma para que no se enfríe, pero después de eso debe darse un baño.

Un escueto beso de cariño a sus progenitores, sentarse a la mesa y un tintineo de la memoria.

Cuando Juanito se despidió de ellos, luego recorrieron metros sin él, y acto seguido Sergio se separó de Raúl.

Sergio siempre ha sido veloz. Traspone el umbral de su hogar y se dirige al despacho. Su padre está sentado en esa silla tan rara que, dice él, es ergonómica y le va bien para la espalda. El hombre teclea en una máquina que resulta imprecisa, vista desde la puerta; no oye sonido alguno y por lo tanto no se gira para ver quién ha entrado. Sigiloso, Sergio marcha a otra parte de la vivienda, sin interrumpirlo. Al poco tiempo, el padre deja de pulsar botones y se incorpora de la silla emitiendo un sordo gruñido de queja por el esfuerzo. Acude al salón y corre las cortinas; la luz declinante lo aturde por un momento al darle en los ojos. Aproxima la cabeza al cristal de la ventana y mira a la calle. Los vehículos, las personas, la lejana atonía del sonido externo que penetra en la vivienda le hacen sospechar que se ha equivocado. Y evoca la ley de lo innecesario en el relato, la ley que afirma que todo lo que se incorpore a él debe cumplir una función. Entonces piensa en su hijo Sergio y sus dos amigos; y considera que quizás no tenían que haber ido a recoger cerezas y además haciendo novillos; piensa también que era innecesario el tractor con la mujer y la niña. A partir de aquí, sus pensamientos siguen un hilo conductor y le viene a la mente la idea de que fue un error hacerles el seguimiento a los chiquillos, que todo tenía que haber sido más breve y conciso.

El padre de Sergio deja de mirar por la ventana y en ese momento entra su hijo que lo saluda. Él le corresponde, y lo contempla ir al baño con el hato de ropa limpia en la mano.

El hombre vuelve a su cuarto y comienza a teclear. Imagina  de nuevo la claraboya atravesada por un rayo de sol, y se da cuenta de que todo eso sobraba. Se detiene y suspira hondo. No sabe qué hacer.

Acogido en el hastío, lo deja.

Y todo queda como estaba.

 




Pedro Carbonell Castillero

 


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