LOGOI 36: EL SILENCIO





 
 Cuando las palabras llegan al límite de su significado y los conocimientos se vuelven operativamente inservibles, la historia humana vuelve los ojos a la sabiduría y esta señala al silencio como respuesta. Con Chuang Tze, Confucio o Lao Tse por el mundo oriental, Aristóteles, Kant, Nietzsche o Wittgenstein, por el occidental, la filosofía ha conocido ese punto límite en el que el discurso deviene retórica vacía. Con ellos y otros grandes la alternativa ha apuntado hacia la hermana secreta de la filosofía, la sabiduría. Y ella ha mostrado el silencio no como solución o respuesta, sino como única posibilidad de  seguir en el SER  y no quedar sepultado en el ESTAR con su pliegue circunstancial de contradicciones y paradojas. 

Cuando el príncipe Hamlet muere, exhala su último aliento con una frase "Lo demás es silencio". Ese "demás" está repleto de razones, explicaciones, dudas y certezas, amor y odio, venganza y celos, errores y maldades. Justamente la materia de estudio de la filosofía, tan ocupada en estructurar el "ser" y el "deber ser" de los humanos que trata de ignorar la presencia obsesiva de la sabiduría y del silencio que preconiza, de ese estar "entre", de ese vivir en el pliegue del tiempo, sin decantarse por nada, inclinándose a lo correcto en el momento oportuno. Los chinos lo sabían bien en la antigüedad. algunos presocráticos también. Los epicúreos y los escépticos y estoicos la rozaron. Nietzsche, un romántico del exceso y Wittgenstein, un Hamlet del lenguaje, la encontraron tarde para ellos, su Ser ya les había devorado.

El silencio es el muro que cierra el paso de la lógica china taoísta o exige ser superado en el koan zen. Wittgenstein llega a sospechar que el muro del silencio es, en realidad, una ventana. Como ciertos poetas ha comprendido que al límite del lenguaje no reina la oscuridad sino un mudo resplandor. Poetas y místicos sienten la tentación del silencio por razones distintas a las que Hannah Arendt, Rusell o Primo Levi  exigen ante el horror del siglo XX con sus símbolos aplocalípticos, Hitler, Stalin, Pol Pot, Mao, Ceaucescu, Pinochet, Saddam, Amin o el genocidio de los kurdos o armenios, los palestinos, las hambrunas de Africa, el éxodo hacia la muerte de millones de personas, los campos de refugiados...un escenografía espantosa que parece reflejarse en el cuadro de Eduard Munch "El grito", una de las obras de arte que resumen la desazón del espectador ante el horror implacable y gratuito del mal. Ante eso la sabiduría reclama silencio. Y humildad para cambiar en base a lo que hemos aprendido: el mal absoluto es un muro. Solo la sabiduría puede abrir una ventana en él.-Alberto Díaz Rueda


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