LOGOI 40: LACARTA





 
 En noviembre de 2012 envié una carta a un amigo muy cercano (que ya no existe). La copia ha aparecido, ¿casualmente?,  entre las páginas de un libro de Cioran, un desesperado de la filosofía, que ojeaba al azar. Copio un par de párrafos:

"Quisiera diseñar una ética para sobrevivientes. ¿Por dónde debería empezar? Leí ayer en Primo Levi que la necesidad de vivir es la única norma aplicable cuando las demás normas éticas ya no existen. Entonces pienso que somos unos llorones inveterados. Unos niños privilegiados y  ya mayorcitos, cuyo único pesar verdadero es no haber podido crecer por dentro, sin poder, al tiempo, mantener la ingenuidad y la decencia. ¿Por qué no podemos disponer de esas muletas tan útiles que utilizan los demás: la religión o una presunta vía espiritual, el respeto a los vínculos, la aceptación de la mediocridad, el egoísmo sin lucidez, la estupidez en cualquiera de sus múltiples formas, el amor al becerro de oro, la literatura como herramienta y justificación, el pragmatismo mezquino, la pedantería como escudo, un poco de resignación bovina, algunas ilusiones de usar y tirar, la tontería igualitaria y democrática? Todo eso que nos reconcilia con un Otro que siempre nos es ajeno, cuando no hostil y al que con gusto ninguneamos, aún siéndonos propicios, a cambio de una simple gota de de identidad verdadera, esa flor agostada que yace bajo el nombre, los apellidos y el currículum. Y, al mismo tiempo, tan remisos y cobardes para aceptar ese mandamiento del "déjalo todo y sígueme". Quizá porque sospechamos que no es más que una entelequia, una trampa intelectual disfrazada de nobleza que está destinada a darnos una falsa brizna de esperanza...

...Amigo, no tenemos remedio y escribir esto sólo es un remedio tramposo para evitar, una vez más, una acción. ¿La de vivir sin preguntas?¿Acompañar la lenta degradación del cuerpo en un viaje lleno de concesiones y temores? ¿Nos queda alguna gota de dignidad? Me niego a aceptar las mentiras cómodas. No creer en ningún Camino quizá sea el inicio de un Camino. Lo que no está claro es hacia dónde."

Y terminaba la carta así: "Te escribo una madrugada de invierno de un siglo joven  que no veremos finalizar ninguno de los dos. Sigo percibiendo, muy en el fondo del mí-mismo, esa llamita endeble pero persistente que siempre me ha alimentado de un extraño anhelo y que en su forma ocasional de una voz interna nos ha acompañado, tanto a tí como a mí, desde niños,  aunque nunca le hicimos demasiado caso (y así nos fue, en estas "vidas paralelas" que hace más de dos decenios descubrimos que compartíamos). Intuyo que es la responsable de este nuevo invierno de mi descontento y que lo ha sido también de los raros momentos de plenitud que he tenido. Vaya lo uno por lo otro. Quisiera acercarme a ella sin tanto ruido y tanta furia. ¿Sabes cómo se hace eso? Te pregunto porque llevas muchos más años que yo viviendo este desconcierto cíclico... "

Mi amigo se fue de la vida sin haber descubierto ese atajo a la luz. Yo he dejado de buscarlo y , paradójicamente, a veces creo que estoy más cerca de ella de lo que nunca había estado.- ALBERTO DÍAZ RUEDA


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