LOGOI 60 : LIBROS






  El erudito italiano Giovanni Pozzi en su obra “Tacet. Un ensayo sobre el silencio” nos hace una definición del libro digna de recordarse. Escribe: “El libro es la estancia del silencio, el depósito de la memoria, el antídoto para el caos del olvido, lugar donde la palabra yace, pero siempre en vela, dispuesta a acudir silenciosamente al encuentro de quien la solicite. Amigo discretísimo, el libro no es petulante; solo responde cuando se le interroga y no urge a continuar cuando se le pide hacer un alto. Repleto de palabras, calla". En catalán existe una preciosa palabra para designar a los amantes de los libros y la lectura: se les llama “lletraferits”, heridos por las letras, las palabras escritas. El arte de la escritura nació en Egipto y Mesopotamia entre los 4000 y 3500 años AC. La larga historia de los distintos soportes materiales de la escritura, los protolibros, es un apasionante paseo por los inicios de la cultura humana y del amor entre pragmático y poético, entre la técnica y la mística, que los humanos vertieron en el lenguaje escrito incluidos los soportes en papel y electrónico.

A finales del siglo pasado con el advenimiento de las nuevas tecnologías se entonaron cánticos de duelo por el libro de papel impreso entre el alborozo de los conversos a la nueva mística de los bits y las pantallas deslumbrantes. La anunciada muerte del libro que nació a mediados del siglo XIV con la invención de los tipos móviles de imprenta de Gutemberg, o resultado una profecía errónea y precipitada. Tras una crisis inicial que cerró librerías y editoriales, la situación se ha estabilizado en dos sentidos: el libro electrónico se ha mantenido en niveles medios de aceptación y prácticamente “convive” con el impreso que ha repuntado con vitalidad considerable en ediciones y ventas. La crisis aparente ha provocado algo insólito y beneficioso para la cultura: la aparición en Barcelona (rapidamente extendida a diversas capitales del resto del país) de unas librerías de “segunda mano” o de “lance” como se llamaban antes, bajo la franquicia “Re-Read”, que tienen la característica del precio fijo aplicable a todos los libros, sean cuales fueren. Así que por tres euros  el primer ejemplar, a dos cincuenta el segundo y a dos euros si te llevas más de dos, puedes ofrecer nueva vida a libros que antes envejecían en estanterías de bibliotecas privadas, que solían venderse a peso cuando la persona que los adquirió, los leyó y amó, desaparecía del mundo de los vivos sin  herederos o dándose el  caso frecuente de que si los había, éstos consideraban a los libros meros objetos polvorientos sin ninguna utilidad. Detrás de la idea de estas librerías está una familia de editoras y libreras, los Zendrera, que habían capitaneado la nave de la añorada Editorial Juventud . Mercedes (que poseía una librería en Madrid) y sus hermanas Lina y Ana, ambas editoras, son dueñas de media docena de Re-Read en Barcelona y Hospitalet. Debo a esta familia grandes momentos de placer literario y de descubrimiento, ya desde los tiempos de "Juventud" y sus maravillosos libros de viajes y exploraciones hasta el momento actual en el que mis incursiones a sus tiendas me proveen de clásicos en ediciones magníficas (Aguilar, Plaza Janés, Carroggio) que suelen estar descatalogados o tienen precios elevados en otras librerías.

Formo parte de esa legión decreciente para quienes los libros representan algo mucho más trascendente que sus valores de utilidad, herramienta, símbolo de estatus cultural, profesional o económico. Lejos de cualquier tipo de soberbia clasista o de vanidad, los libros son una promesa palpitante de placer, emociones y sentimientos evocados; renuevan y jamás sacian el impulso hacia el conocimiento; me atraen sus portadas, encuadernación, calidad del papel, olor (penetrante y acogedor cuando es nuevo, venerable, desvaído y  a veces sorprendente cuando es viejo) y tacto, su perfecto acople vertical en las baldas y estanterías  de mi biblioteca; añoro cuando estoy lejos el ambiente sereno, cálido y prometedor de casi todas las bibliotecas, privadas o públicas; me intrigan las promesas de placer implícitas en las hileras hieráticas de libros, disponibles con el solo gesto de sacarlos de su reposo, rebosantes de vida cuando los abres y hojeas; experiencias inusitadas, aventuras, ideas deslumbrantes, razonamientos y sugestiones que pueden cambiar el curso de tu vida: la sensación vibrante de que en uno cualquiera de esos volúmenes está la inspiración, el momento feliz, la nostalgia o la risa, la compasión o la rabia, el reencuentro contigo mismo o el respeto a un otro necesario porque los libros te enseñan que eres por encima de tus soledades, un animal social. En resumen,  ¿hay algo en el mundo que de más por tan poco?   ALBERTO DÍAZ RUEDA


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