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 Creo que fue Rubén Darío quien acuñó la palabra "nefelibata". Designaba al hombre soñador que suele "andar por las nubes". Digamos al poeta, al filósofo o el científico. Aristófanes se reía de Sócrates en su obra "Las Nubes". La palabra viene del griego "nefelai", nube y "bates" que anda. En estos tiempos nuestros, todos, al parecer, "andamos por las nubes" y con nosotros nuestro trabajo, nuestros recuerdos, nuestros proyectos, nuestra identidad en suma. Sólo que no hablamos de las nubes que pueblan el cielo azul. Ni siquiera el lugar que designamos como "La Nube" esté en lo alto, en el espacio interior del planeta o en el exterior. No es el Olimpo celestial, el Valhalla o el Paraíso en parcelas logísticas. No nos reciben huríes celestiales ni hay ningún "dios" escondido tras un cortinaje de nubes como si fuera el Mago de Oz.

Tras los virtuales cortinajes de lo oculto hay "dioses" menores pero muy poderosos que atienden a los prosaicos nombres de "Google" (Thomas Kurian), "Amazon" (Andy Jassy), "Microsoft" (Satya Nadelia) y "Alibaba" (Jack Ma). Ellos reinan en extensas parcelas de "La Nube" que son hangares enormes, edificios que esconden en sus senos instalaciones gigantescas, incluso mega estancas sumergidas  en las frías aguas del norte de Europa, Canadá o Estados Unidos. Son "nubes" independientes entre sí pero que generan unas redes que sirven de provisión, gestión y almacenamiento de miles de millones de datos. Se dice que en en 2024, dentro de cinco años, casi el 90 por ciento de todos los datos particulares, oficiales, de empresas, financieros y científicos emigrarán a la Nube desde los servidores habituales que ahora tenemos; los discos duros y los ordenadores de mesa desaparecerán y estaremos permanentemente conectados a la Nube, esa entelequia formada por media docena de empresas que se reparten el pastel (y también se lo disputan: mejor no entrar en los peligros que entrañan las luchas de poder). Todo será accesible desde cualquier lugar las 24 horas de los siete días de la semana. El mercado laboral será algo impensable en estos momentos. Es un total cambio de paradigma vital. Es como si a un campesino del siglo XIX le sustituyes el burro que el lleva y trabaja con él  por un vehículo gravitatorio de avanzada tecnología, sin antes educar a la totalidad del individuo. Es decir, lo malo de un paradigma de estas características es que el sujeto –como  demuestra la historia de la humanidad- no evoluciona ni en la dirección ni en la profundidad de los cambios tecnológicos. El problema es que la capacidad humana de irracionalidad y visceralidad son tan altas como siempre, pero la capacidad destructiva se ha multiplicado por un millón. Hay posibilidades de que acabemos todos siendo nefelibatas en el sentido agónico del término:  convertidos en nubes de residuos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA


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