"L'omnibus de la mort" del Toni Orensanz recuperado por Alberto Díaz Rueda





 

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Me había cruzado en algunas ocasiones con Toni Orensanz en la sexta planta del edificio del Grupo Godó, sede de "La Vanguardia". Yo trabajaba como jefe de sección de Opinión y él era un colaborador de Cultura. Sabía que era guionista y escribía sobre el Camp de Tarragona y las tierras del Ebro. Alguna vez me propuse contactar con él para charlar sobre su zona que, siendo limítrofe con mis tierras del Bajo Aragón, formaba parten de mis intereses literarios. Pero al final no se presentó la ocasión y contacto con él ahora, a través de la  lectura de "L'omnibus de la mort: parada Falset", que edita Ara Llibres y ya va por su segunda edición.

He leido el libro como un magnífico reportaje en el que los hechos históricos están acompañados y complementados por entrevistas e impresiones de la mas rigurosa actualidad y de difícil acceso para cualquiera que no reúna ciertas caracteristicas que se dan en Toni. El libro analiza las actividades de una Brigada de la Muerte (esos terribles grupúsculos fuera de todo control que   llevaron la desgracia, el miedo y la desolación a las poblaciones civiles de los dos bandos de la lamentable e incivil guerra que nos enfrentó a unos españoles con otros) concretamente de la "dirigida" o liderada por un siniestro y patético personaje, Pascual Fresquet Llopis, que cometió sus sangrientas fechorías en la zona del Priorato y también el Bajo Aragón. En total están documentados más de 200 fusilados realizados por esa "brigada".

Orensanz se centra en la parada que ese ómnibus siniestro (pintado de negro con calaveras blancas) hizo el 13 de setiembre de 1936 en Falset (precisamente el pueblo donde nació el autor, de ahí su acceso asombroso  a determinadas fuentes orales) en el que dejará, al dia siguiente un rastro de 27 vecinos fusilados. En torno a esa barbarie se ha edificado, en la postguerra y hasta nuestros días en forma subterránea pero viva, toda una casuística de responsabilidades, falsas unas, certeras otras, que no sólo llevaron la violencia de la guerra a la postguerra como un patético continuum de la falta de sensatez humana, sino que en el microcosmos bullente de los pueblos aun alimenta rencores y rencillas y malas famas.

Tony ha buceado en ese magma cada vez más lejano  pero aún candente para investigar sobre las fechorías de los 40 matones a las órdenes de Fresquet, un albañil de Sants afiliado a la FAI y con una personalidad psicopática (como cabía esperar) y sobre las personas que fueron masacradas y por qué. El autor nos regala incluso una confidencia familiar, pues un lejano tio abuelo conoció a Fresquet y aunque no intervino en los hechos, fue testigo privilegiado de su jactancioso anuncio público. Tampoco se nos revela el nombre de la persona que facilitó la lista de los fusilados y cuáles fueron sus razones. Aunque si concemos el origen de los hombres que  formaban la brigada de la muerte, su clase social, sus intereses.

La presencia en toda la zona comprendida entre la franja catalana y el Bajo Aragon de las  milicias  anarquistas tras sofocar la rebelión fascista en Barcelona, con su prepotencia, arrogancia violenta y su falta de control, será el hervidero de donde nazcan los grupos paramilitares de las brigadas de la muerte, empeñados en cercar con sangre y fuego a los grupos de derechas y personas afines, mezclando en un confuso tropel a gentes de la CEDA, falangistas, simples terratenientes o adinerados, curas y personas religiosas y bajo ese manto variopinto incluir venganzas personales o incluso mezquinas deudas o diferencias entre vecinos: un verdadero baúl de los despropósitos. .

Con estos datos en la mano, Orensanz nos narra, en la introducción del libro y de una forma literariamente eficaz, la añagaza que Fresquet realiza en la vecina Caspe, urgido por la razón de que los rebeldes se están acercando y ya dominan Zaragoza.  En el pueblo desierto, puertas y ventanas cerradas, todos los vecinos bajo el terror y la incertidumbre, monta una farsa haciendo pasar a sus hombres por rebeldes victoriosos, con gritos a la Virgen de Pilar y a la España no republicana. Los efectos de ese truco ladino llenan ese par de páginas, cuyo nervio y fuerza literaria nos ilustrará sobre la calidad de las páginas que siguen

 
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