divendres, 1 de juny de 2007 | Comentaris
El primer día después de su muerte fue el peor.
La brisa mañanera me sorprendió al abrir la puerta de la cabaña, al igual que la ligera capa de nieve que había caído durante la noche.
La mañana era fresca a pesar de que el sol se hallaba ya alto en el horizonte y decidí coger la pelliza antes de traspasar el umbral. Fuera me detuve enseguida y aspiré profundamente una bocanada de aire que me hirió en los pulmones.
Miré a mi alrededor observando pausadamente el familiar paisaje que, a pesar de la límpida atmósfera de aquel día, me parecía borroso y distante. Frente a mí se alzaba una de las mayores montañas de la región, coronada por las nieves eternas. Incluso pude ver cómo un pequeño alud se producía en aquel preciso instante no lejos de su cima. A mi izquierda corría el río de aguas claras en el que me gustaba bañarme y que un par de kilómetros más adelante comienza un abrupto descenso hacia el valle. A mi derecha veía la meseta, una gran extensión blanca que en la primavera se vuelve verde cuando crece la vegetación
Todo estaba en su lugar y sin embargo, todo era diferente. No me resultó fácil girarme para mirar a mi espalda porque sabía que allí sí encontraría algo diferente, encontraría algo cuya realidad aún no había conseguido afrontar y que daría mi vida porque no estuviera allí. Finalmente, miré al norte y vi la maciza cabaña que durante los últimos años había sido mi hogar, un hogar donde había pasado, tal vez, los momentos más felices de mi vida. Tras ella había una colina que le protegía de los vientos helados en lo más crudo del invierno y le proporcionaba una agradable sombra en el cálido verano de estas tierras.Por último elevé la vista un poco más y la llevé a la cima de la colina, donde se hallaba el motivo de mis penas. Los ojos se me llenaron de lágrimas cuando posé la mirada sobre el pequeño montón de piedras que había formado con mis propias manos cuando enterré bajo él a Isabel el día anterior. Largo rato permanecí mirando el túmulo, aunque pronto había dejado de verlo para ver a mi querida Isabel tal como era en sus últimos días.
Podía verla moviéndose atareada sobre los fogones de nuestra cabaña, preparando el desayuno con una sonrisa en los labios. Le gustaba despertarme con unas tortitas calientes y un beso en la mejilla. Al despertarme lo primero que veía era aquella sonrisa. Era una sonrisa serena, en modo alguno exagerada, una sonrisa que convertía sus delgados labios en una fina línea y que pronunciaba las arrugas de su cara. Me encantaba ese instante en el que miraba su rostro y me sentía reconfortado por la familiaridad de sus rasgos, por la palidez de su piel, por las profundas patas de gallo de sus ojos, por el sencillo moño en el que llevaba recogido el pelo, por el característico olor del jabón casero.
Yo también sonreía cada mañana al ver ese rostro arrugado tan cerca del mío y mirar esos ojos azul pálido, tan profundos, en los que podía ver en un instante la vida que habíamos compartido juntos, desde los tumultuosos momentos de nuestra juventud, dominados por la pasión, pasando por la serenidad de la madurez, hasta llegar a la plenitud que experimentan dos personas que han llegado a conocerse tan bien.
Sí, sonreía cada mañana ya que, si bien cuando yo miraba a Isabel veía a una anciana desgastada que se encorvaba ligeramente al andar, que se vestía con unas largas sayas grises, que ya no tenía una sonrisa blanca y radiante y que necesitaba usar gruesas gafas cuando se sentaba a leer, no añoraba el aspecto de aquella joven que tan erguida se plantó un día ante mí con su vestido de gala y con aquella larga melena azabache que enmarcaba su figura perfecta.
Hacía ya tiempo, antes incluso de que fuéramos a vivir a la cabaña, que Isabel había dejado a un lado muchos convencionalismos sociales y prescindido de galas suntuosas y maquillajes que no hacían más que ocultar su belleza natural. Yo, en aquellos momentos, me alegraba de ello. Isabel me parecía entonces más bella que nunca porque sus arrugas me recordaban todos los años que habíamos vivido juntos y lo felices que habíamos sido.
De repente me di cuenta de que estaba caminando por el sendero que llevaba al manantial. Mientras recordaba los días pasados con Isabel, la costumbre me había hecho dirigirme a la cabaña, recoger el desayuno, que ya no volvería a ser nunca tortitas, y encaminarme por el estrecho sendero que siempre recorríamos para ir a desayunar al manantial de aguas cristalinas que manaba de unas rocas cercanas. La delgada capa de nieve se fundía bajo mis pisadas dejando un rastro lodoso a mi paso que no tardaría en tornarse confuso al entremezclarse con los de los animales salvajes que rondan por estas latitudes.
La fauna es quizá el rasgo más destacado de estos parajes, por la variedad y belleza de las especies que aquí viven. Esa belleza fue la causa de que decidiéramos vivir aquí. Isabel quedó cautivada enseguida por el espectáculo que se le ofrecía cada día. Por las mil tonalidades de la nieve y de la hierva, por la multitud de sonidos, para ella misteriosos y atrayentes, que producían los animales, por el olor a fresco y a puro que todo desprendía. Fue, en suma, el despertar de sus sentidos a un mundo nuevo. Yo, que siempre he sido mucho más pragmático, vi ante todo los peligros que contenía aquel paraje tan agreste y traté de convencer a Isabel para que desistiera en su empeño de fundar aquí nuestro hogar. No obstante el hechizo de la belleza pudo más que el temor al peligro y tuve que abandonar mis intentos de convencer a Isabel. Finalmente accedí a sus deseos. No podía por menos que hacerlo, no después de recordar todo lo que ella había tenido que dejar atrás para huir conmigo.
El manantial no es más que un chorrito de agua que se escurre de entre unas rocas que hay en el fondo de una pequeña cueva que Isabel y yo encontramos a medio kilómetro del lugar en el que habíamos decidido levantar nuestra cabaña.
Me senté a la entrada de la cueva como había hecho todos los días durante tantos años con Isabel y comí sin apetito, por pura costumbre.
En los días en que construimos la cabaña, el manantial adquirió para nosotros la identidad del lugar de reposo y ocio, una identidad que ya nunca abandonaría. Allí íbamos cuando necesitábamos tomarnos un descanso en la pesada tarea de acarrear y dar forma a los troncos necesarios para la construcción.
Allí disfrutábamos de unos sorbos de agua fresca y del placer de tumbarnos sobre la hierva que aquella primavera crecía alta y espesa. Pero allí disfrutábamos sobre todo de nuestra mutua compañía y de unos momentos para prestarnos atención el uno al otro, para jugar como niños remojándonos y peleando sobre la hierva sin dejar de reír.
El tormentoso pasado había quedado ya a nuestras espaldas y eran días para mirar al futuro, un futuro que construíamos juntos día a día como construíamos nuestra cabaña. Cuando estuvo terminada seguimos acudiendo al manantial cada mañana a desayunar, en parte porque era un lugar agradable para ello y en parte porque queríamos mantener la costumbre de dedicarnos al menos ese rato de mutua atención cada día.
Algunas veces, después de desayunar allí, íbamos, dando un largo paseo, hasta una pradera donde el río aquietaba un tanto sus aguas formando un remanso. Solíamos guardar los restos del desayuno y los desmigábamos para dárselos a los peces que se congregaban en la orilla. A Isabel le encantaba observarlos a través de la delgada capa trasparente que rompían cuando cogían alguna de las migas que flotaba en la superficie. Le fascinaban los destellos que despedían sus escamas cuando se movían bajo los intensos rayos de Sol.
Aquella pradera siempre fue para nosotros un lugar especial. En los calurosos días de verano solíamos desnudarnos para tomar un baño en el río y a menudo acabábamos haciendo el amor en la orilla. Seguramente fue de este modo como concebimos a nuestra hija. Rosa, nuestra única hija.
Aquél primer día tras su muerte, miré mi reflejo en el agua y casi me sorprendió ver la imagen de un anciano. Tenía la sensación de que habían pasado tan sólo unos pocos años desde que llegué aquí, en lugar de toda una vida.
Pasé todo el día recorriendo lugares a los que solía ir con Isabel, con la mente extraviada en tiempos pasados que me parecían más reales que aquel que estaba viviendo. Fui a nuestro mirador, desde el que podía ver en toda su extensión el valle, y allí rememoré excursiones que habíamos hecho juntos. Fui a nuestro huerto donde ella cuidaba con especial esmero las verduras. Fui al barranco, que nos habíamos atrevido a explorar varias veces. Fui al lugar donde solíamos recoger pequeñas pero dulcísimas moras silvestres. Recorrí uno tras otro muchos de los lugares en los que había transcurrido nuestra vida juntos, hasta que el Sol declinó y decidí volver a la cabaña.
Casi todas las noches, después de cenar, salíamos al porche a mirar las estrellas ya que ésta era la gran afición de Isabel desde que, siendo aún muy pequeña, su padre le regaló su primer telescopio. Yo no sentía igual interés, sin embargo me encantaba estar junto a Isabel mientras ella me contaba historias mitológicas relacionadas con las constelaciones y me enseñaba sus nombres y a distinguirlas unas de otras. Eran momentos mágicos. Yo intervenía muy rara vez en sus inagotables monólogos, me conformaba con observar cómo se sumergía, cada día con más ilusión que el anterior, en el ilimitado mundo de las estrellas y cómo, abstraída en él, me contaba sus sensaciones y anhelos ofreciéndome sus amplios conocimientos al tiempo que ella misma gozaba revisándolos.
También me enseñó cómo tomaba fotografías del cielo nocturno para poder estudiarlo posteriormente con mayor detenimiento y observar cómo cambiaba conforme avanzaba el año. Su colección fotográfica ha llegado a ser de proporciones sorprendentes. Cuando ahora miro hacia el lado de la cabaña que dedicábamos a la afición de Isabel, veo los largos anaqueles que, con los años, hemos cubierto colocando álbum tras álbum.
Todo el día me había dedicado a recorrer los lugares en los que había vivido con Isabel, pero llegado el momento de salir a mirar al cielo, no pude hacerlo. No hubiera sido capaz de sentarme fuera y esperar en vano a que Isabel me hablase de las estrellas. En lugar de ello fui hacia los anaqueles y me senté ante la mesa de estudio que habíamos colocado allí. Sobre ella encontré las fotografías que había hecho Isabel la última noche. Las cogí y fui identificando las constelaciones, no en vano me había convertido en un experto tras aquellos años de continuo aprendizaje.
El tiempo se detuvo para mí. Los días siguientes se convirtieron en una constante repetición. Siempre seguía el mismo recorrido, deteniéndome en los mismos lugares y recordando los mismos sucesos. Mis días se iniciaban con lágrimas en los ojos mirando el túmulo sobre la colina y finalizaban mirando las fotografías que había sobre la mesa, unas fotografías que mostraban un cielo tan inmóvil como yo mismo. Se podría decir que también yo pasé a formar parte de la fotografía.
Hoy he visto a tu hija.
Esta mañana he seguido el mismo recorrido que todos los días, pero cuando he llegado a nuestro remanso del río, he encontrado a una niña. Ella no me ha visto y ha continuado dando de comer a los peces.
Me he quedado paralizado, una niña de quizá unos ocho años, muy rubia y algo regordeta, idéntica a ti cuando tenías esa edad. Por un momento he dudado de mis sentidos y he llegado a creer que era una aparición o que me había vuelto loco. ¿Cómo podía ser que estuviese aquí, donde hace años que no he visto a otro ser humano, una niña sola y tan parecida a ti?. Sin embargo era real y cuando me he convencido de ello no he dudado de que tenía que ser mi nieta. Entonces he pensado en ti, Rosa. Hace tanto, tanto tiempo que no tengo noticias tuyas que, aunque me avergüence reconocerlo, ya ni siquiera pensaba en ti.
Me he preguntado que tal te irá en la vida. Sé que te casaste Rosa, pero no conozco a tu marido. ¿Se porta bien contigo, te hace feliz?. ¿Y tus hijos? ¿Cuántos hijos tienes Rosa?. Soy abuelo y no se ni cuántos nietos tengo.
Hoy he sentido miedo hija, he tenido que huir.
Demasiado bien sabes que para mí no existía nada más que tu madre. No he sido capaz de afrontar un encuentro contigo y con el mundo y he huido sin hacer ruido para que tu hija no me descubriera. Me he refugiado en una covacha del barranco durante el resto de la mañana y allí he hecho frente a mis miedos. He estado pensando en ti, preguntándome porqué habrás venido a verme después de tanto tiempo y porqué habrás dejado a tu hija sola jugando en el río. ¿Es que no quieres que conozca a su abuelo?.
Al medio día he tomado una decisión. Si tú has venido hasta aquí, sin duda para verme, yo estoy dispuesto a dar un paso al frente y reconocer que existe un mundo fuera de Isabel y fuera de estas montañas.
Aunque habían pasado horas desde que había visto a la niña en el remanso, he vuelto allí a buscarla. Al no encontrarla os he ido a buscar, a ti y a ella, a mi cabaña. No estabais allí y tampoco había ninguna nota ni habíais dejado señal alguna de vuestra presencia, si realmente habéis estado en mi casa. Aunque sabía que seguramente os habríais marchado ya y que era inútil que siguiera buscándoos, he hecho mi recorrido diario por si habías querido enseñarle a tu hija los lugares en los que pasaste tu niñez.
No os he encontrado pero no he perdido la tarde. Por primera vez en mucho tiempo, al recorrer los lugares conocidos, no he pensado en el pasado sino en el futuro.
Esta noche me he atrevido al fin a salir al porche y a sentarme en la hamaca para mirar al cielo. Las estrellas se habían movido, no estaban ya en los lugares que les correspondían según las fotografías que había sobre la mesa. Me he quedado mirándolas hasta muy tarde, dejando correr mis pensamientos como corre el agua que ha estado retenida por un dique.
Cuando me he levantado, he entrado en la cabaña y he ido a la mesa a la que me siento cada noche. He cogido las fotografías y las he guardado en el último álbum, el álbum en el que están guardadas las fotografías de una de las áreas del firmamento por la que se había interesado Isabel durante los últimos meses. He pasado rápidamente las hojas del álbum y he podido ver el desplazamiento de las constelaciones.
No se lo que haré mañana, tal vez vaya a verte. Quizá vuelva a Teruel o quizá me quede aquí a pasar lo que me quede de vida. En cualquier caso, ahora me voy a acostar y sé que dormiré tranquilo.
Por fin mañana el mundo volverá a girar.
Javier Alcon