Lugh, mucho más que un dios





Lugh, uno de los grandes dioses del Olimpo celta, representado por un apuesto joven, fue la divinidad solar, de los bosques, con poderes ilimitados, dotado de todos los talentos, ejercía todas las funciones, fue el dios celta por excelencia. Su festividad, llamada de Lughnasad (o Lammas), conmemora la primera cosecha, coincidiendo con el final del verano y la amplitud de las noches. images6.jpg images7.jpg images5.jpg Lugh es la divinidad de la tierra, de las artes manuales -patrón de los artesanos-, de los viajes, de la acuñación de moneda y del comercio. Armado con una lanza y una honda, según la leyenda, mató a Balar (caudillo de los monstruosos fomorianos, opresores de los irlandeses). Durante los días que transcurrían entre mediados de julio y agosto, en la península Ibérica, en la antigüedad se celebraban unas fiestas en su honor -que nos ha llegado hasta nosotros gracias a las tradiciones recogidas por los “Vates”-, dedicadas a la cosecha, que eran llamadas “Lughnasad” (1 de agosto). Julio César, en el siglo I a.C., tras su victoria sobre Pompeyo, no dudó a asimilar a Lugh con el Mercurio romano, asignándole los mismos atributos (divinidad del comercio, dios de los viajeros…). Numerosas ciudades de la vieja Europa fueron bautizadas con su nombre (Lugo, en Galicia, España; Lyon, Loudoun, Loudan, etc., en Francia); Londres, en Inglaterra. En el yacimiento de Uxama –una de las tres grandes ciudades de la Celtiberia, en territorio arévaco, en las cercanías de El Burgo de Osma (Soria)-, han aparecido numerosas figurillas alusivas al dios Lugh. Pero antes de hablar de esta singular fiesta, queremos hacer mención a las cuatro clases sacerdotales de los celtas. De amdaurs a druidas La enseñanza era obligatoria en el mundo celta, castigándose muy severamente a los jóvenes que no acudían regularmente a clase; el lugar en donde se impartía la docencia era un recinto creado en el interior de un círculo de piedras (menhires) y a la sombra de un roble. Las cuatro clases sacerdotales celtas, por orden ascendente de importancia, eran: “Amdaurs” (estudiantes, aspirantes a druidas, ataviados de túnicas amarillas). “Vates” (a quienes se les debe buena parte de la trascendencia de los mitos, tradiciones, creencias y conocimientos de todo tipo de la civilización celta; ya que ellos eran los encargados de compilarlos para después transmitirlo al pueblo; practicaban la profecía, estudiaban filosofía, astronomía, medicina, música y oratoria; iban ataviados con túnica de color rojo. “Bardos”, fueron los poetas y trovadores de la civilización celta; tras una ceremonia de iniciación, podían vestirse con túnica color azul, que revelaba el haber ascendido a ese nivel; ellos eran los encargados de amenizar las fiestas y celebraciones, recitando, en prosa o en verso, las proezas de los guerreros, así como el canto a las alabanzas de los dioses. Y, finalmente, en el nivel más superior, los “Druidas”; la palabra druida viene de la raíz céltica: “derb” y “dru” (el hombre del roble, o conocedores del roble); practicaban sus ritos en las espesuras de los bosques; celebraban sus asambleas sentados en troncos sagrados, desde donde administraban justicia y decidían la paz o la guerra; la antigua costumbre celta de “tocar madera”, ante el anuncio de un hecho ingrato, superstición que tiene su explicación en los robles azotados por los rayos y centellas en las tormentas, que, como resultado, indujeron a creer que estos árboles debían ser la morada de los dioses; de ahí el ritual de tocarlos cuando el peligro acechaba; los druidas, la máxima dignidad sacerdotal celta, iban ataviados con túnica blanca. Lugh Como describo en mi libro: “La mitología celta” (Raíces y símbolos mágicos de la primera cultura europea), editado recientemente por Martínez Roca, la divinidad de Lugh estaba representada por un apuesto joven; se trataba del dios solar, la divinidad protectora de los bosques y arboledas, con poderes ilimitados, dotado de todos los talentos, ejercía todas las funciones; fue, por lo tanto, el dios céltico por excelencia; era la divinidad de la tierra, de las artes y oficios manuales y, por ende, patrón de los artesanos; también amparaba a los viajeros, defensor de los acuñadores de moneda y de todas las transacciones comerciales. Por ello, Julio César no dudó en asimilar a Lugh con el mercurio romano. Sus armas: una lanza y una honda; con ésta última venció a Balar (caudillo de los monstruosos fomorianos, opresores de los irlandeses). Divinidad que solía ir acompañada por un fiel cuervo. El significado de la palabra Lugh, viene a ser: “encendido”, o “brillando”; por ello, está relacionado con la mayor fuerza del astro solar. images3.jpg images4.jpg Lughnasad y Lammas Ambos términos hacen referencia a la primera de las cosechas recogidas en las actividades agrarias por los celtas. Durante los días que transcurrían entre mediados de julio y agosto, en la península Ibérica durante la Antigüedad se celebraban unas fiestas en su honor, dedicadas a la cosecha, que eran llamadas “Lughnasad” (1 de agosto). La estación celta de Lughnasad, por lo tanto, coincide con el final del verano, y las noches comienzan a crecer, los frutos y grano que nos proporcionan las tierras de labor a punto para su recolección. Lammas, por lo tanto, está considerado el primero de los tres festivales dedicados a la cosecha en el mundo céltico, también vinculado con la celebración del pan, alimento muy valorado por esta civilización. El pan, el alimento fundamental de los pueblos de la cuenca mediterránea, lo fue igualmente para los antiguos celtas, a pesar de proceder de las tierras frías del corazón de Europa; al pan le dedicaron los celtas una fiesta, cuyo inicio coincidía en el tiempo con la maduración del grano. Los celtas, como pueblo volcado con las actividades agrarias, dieron un gran valor a la cosecha, también a la trilla; la preparación, por lo tanto, de los panes, darían lugar a una notable ceremonia de agradecimiento a la Madre Tierra, además de invocarla, en el mismo momento, para que la siguiente cosecha fuese igualmente generosa. La tradición, recogida de los “Vates”, recuerda que el rey sol daba sus energías a las cosechas para asegurar vida mientras que la diosa Madre –a la que se le rinde homenaje en el interior de las grutas abiertas en las laderas de las montañas- se prepara para transformar en su aspecto como divinidad coronada. No es una casualidad que, en numerosos lugares del centro de Europa (sur de Alemania, Suiza, Austria, norte de Italia…), se sigan colocando pequeños soles en las fachadas de las casas, en testimonio a la divinidad del astro y en recuerdo a la más profunda civilización que haya conocido Europa durante la Antigüedad. Lammas es, por tradición, el momento de júbilo celta, durante cuya jornada se parte y comparte el primer pan de la cosecha, en agradecimiento a la diosa Madre, por lo recibido de la Tierra, como fuente fecundadora, y a la que se alzan monumentos en su honor (menhires, dólmenes, crómlechs, etc.), rindiendo cuentas, al mismo tiempo, de todo cuanto el dios solar ha rendido en los meses de estío, además de un reconocimiento y análisis sobre nuestro rendimiento laboral diario. Recordemos que, para los celtas, la vagancia era un pecado condenable con la humillación pública, tan grave como la cobardía en el combate. Lughnasad, o Lammas, es, por supuesto, un día de cuarto, uno de los cuatro altos Sabbats, o Sabbats Mayores, para los celtas y demás religiones que rindieran culto a las divinidades de la Madre Tierra. Astrológicamente hablando, su punto espacial está a 15 grados de Leo; pero la tradición, que nos ha llegado gracias a la labor de los “Vates”, ha fijado el uno de agosto como la jornada de su fiesta. Como siempre, esta celebración daría comienzo por el ocaso de la tarde anterior (el primero de febrero, si se mantiene la tradición céltica), contando sus días de atardecer a atardecer. “Lughnasad”, por tanto, es el nombre de la fiesta relacionada con el dios céltico Lugh y, por ende, un culto pagano al fuego. Por otra parte, esta divinidad, en la península Ibérica está relacionada con el Camino de Santiago. No es una casualidad que las actuales rutas jacobeas, que se iniciaron en los siglos altomedievales, tras el descubrimiento de la tumba del apóstol, fueron los caminos de Lugh, representados astralmente por la Vía Láctea; es el itinerario hispano, de 800 kilómetros de largo (desde Roncesvalles a Iria Flavia, Padrón, pasando por la ciudad de Santiago de Compostela), que seguían los caminantes hacia el Finis Terrae, desde la antigüedad céltica. Itinerario hispano que tiene un eje principal –que se corresponde con el vulgarmente llamado “Camino Francés”, al que convergen innumerables senderos, desde todos los rincones peninsulares. También está relacionado este trayecto con la oca, el enigmático ave de los arcanos medievales, vinculada con los saberos ocultos del esoterismo templario, y a la que nos dedicaremos en otra ocasión en estas mismas páginas. Jesús Ávila Granados Escritor (www.jag.es.vg)


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