MOBY DICK





 Alberto Díaz comenta: "Moby Dick" es una de las obras cumbre de la literatura universal, a pesar de su mastodóntica apariencia, sus excesos narrativos, las pruebas de hartazgo y desmesura, incluso de aburrimiento, a los que Melville somete al paciente lector
 "Moby Dick" es una de las obras cumbre de la literatura universal, a pesar de su mastodóntica apariencia, sus excesos narrativos, las pruebas de hartazgo y desmesura, incluso de aburrimiento, a los que Melville somete al paciente lector, en suma, es el paradigma de obra que gratifica de forma excelsa pero que exige una dosis de atención y paciencia al lector a la altura de lo que ofrece (como el "Ulises" de Joyce, La Iliada de Homero o "La Mil y una noches" o "El Quijote" donde la "impertinencia" de muchos pasajes quedan de sobras compensadas por la magnificencia literaria de la mayoría. Es la prueba de que en esta vida nada verdaderamente valioso es gratuito, todo lo que nos hace mejores cuesta un esfuerzo y a veces una dosis variable pero necesaria de sufrimiento. La relectura de este clásico la hago en la completa edición de Navona (ojo, en las reediciones,  saquen la N que sobra en el nombre de Melville, Herman)  en traducción de José María Valverde y donde se nos deleita con un enjundioso prólogo de Enrique de Hériz (que para el lector no conocedor de "Moby Dick" debería haberse situado como epílogo, al final de la novela).

La sobreabundancia de personajes y peripecias, la solemnidad y riqueza del lenguaje, entre el Milton de "El paraíso perdido" y la garra argumental  y el profundo simbolismo de las obras de Poe, el lector moderno termina disculpando la abrumadora exhibición de conocimientos sobre el mundo marítimo que tiene Melville,   a cambio del placer que inspira la primera gran epopeya novelesca de la literatura norteamericana. La búsqueda metafísica del narrador, "Llamadme Ismael", se ha convertido junto a los símbolos de la obsesión de muerte del capitán Ahab (nombre bíblico sacado del Libro de los Reyes, que es el de un rey que se rebeló contra Dios)  y la de la maldad absoluta que es el inmenso cachalote blanco, es uno de los motivos esenciales de la psicología humana: la atracción que posee el mal para la psique de la criatura supuestamente racional que la religión cristiana (cuya presencia es enorme en en esta novela) pretende convertir en heredero de Dios. 

El capitán Ahab, "un hombre impío, semejante a un Dios" persigue obsesivamente al cachalote blanco por todos los mares, para vengarse de la amputación de una pierna por debajo de la rodilla que ahora sustituye por un moldeado hueso de ballena. Es un personaje carismático,  rodeado de una aureola de oscura inhumanidad que llevará al navío "Pequod" y a su tripulación al desastre, menos a uno. Una tragedia anunciada por signos simbólicos de perdición pero que, al tiempo, constituye una especie de sortilegio y fascinación tenebrosa entre todos los tripulantes, unidos a Ahab por un juramento satánico. La locura, la muerte, el odio sin posible perdón, la lucha contra Dios, la inconsciencia del mal encarnado en una criatura de la Naturaleza, amada y odiada al mismo tiempo por Ahab con una profundidad espiritual y religiosa blasfema. El mismo nombre del navío, Pequod, es el nombre de una tribu india aniquilada por los colonos blancos norteamericanos para desposeerlos de sus tierras y de esta forma simboliza en la tripulación del Pequod la codiciosa e hipócrita cultura de la que proviene, la puritana y también feroz Norteamérica del siglo XIX, con la colonización y expansión, la industrialización,  el capitalismo y el progreso a toda costa. Para equilibrar levemente este conjunto  simbólico sombrío, Melville permite un único rasgo de humanidad  al capitán, la nostalgia de su mujer y su hijo abandonados o el afecto hacia el fiel primer oficial Starbuck o al joven marinero negro Pip.

Esta novela genial que llevó a la ruina a su autor cuando se publicó en 1851 ( la cultura de la época no estaba preparada para el exceso de lastre literario, lingüístico y omni informativo de Melville) debería ser de obligatoria lectura en las Facultades universitarias de Humanidades. no antes, salvo en ediciones expurgadas y simples que pierden todo el obsesivo encanto del libro, cuya lectura, en algunos tramos, te mantiene despierto y ansioso sólo por la irritación que te producen sus explicaciones y excursos informativos (la prueba de oro es superar las 20 páginas de citas extemporáneas con las que el bueno de Melville comienza su obra) Más de setecientas páginas nos esperan si uno logra sobrepasar indemne las citas o las numerosas, incontables, disgresiones que nos describen los utensilios y partes de un buque ballenero o las clases de ballenas  o la importancia del color blanco o el uso de la grasa de ballena (en mitad de una cacería) y muchos otros pormenores... supera al agobio de los capítulos iniciales de la Iliada cuando Homero se nos pone formidable para hacer el conteo de las naves y los pueblos que acuden a Troya con los aqueos.

Y aún así, "se muove". Es decir, hay que leerla. Cuando uno acaba con ella, a no ser que ella acabe con el lector y el idilio acabe en las librerías de compraventa o de todo a 2 euros,  siente que algo imperecedero ha dejado su huella en las sinapsis neuronales: En el lóbulo frontal o en la amigdala, en un rincón de ese milagro llamado cerebro, queda para siempre el capitán Ahab, el fantasmal cachalote blanco, el Pequod, el joven Ismael o el polinesio Queequeg que comercia con cabezas humanas reducidas o el ataúd que salva la vida del narrador .

 

Como complemento añado una biografia sucinta de Melville:  nació en Nueva York en 1819 (murió en1891), de joven se embarcó como marinero a bordo de un ballenero que le llevó por los mares del Sur, que le inspiraron sus primeras velas: Taipi (1846), Omoo (1847), Redburn(1849) o La guerra blanca (1850). En 1851 publicó de Moby Dick, con escaso éxito. Más tarde publicaría el magnífico relato Bartleby, el escribiente (1853). Treinta años después de su muerte se descubrió el manuscrito de una última novela, Billy Budd, que elevaría su prestigio como novelista.

FICHA

MOBY DICK.- Herman Melville.- Trad. José María Valverde.- Prólogo de Enrique de Hériz. 763 págs. Editorial Navona. Ineludibles. ISBN 9788417181581





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