MUJERES SOÑADAS





 
 Las fotos de Rafael Navarro evocan miradas sabias y sensuales, a veces inocentes, a veces lúbricas, a menudo somnolientas y vagas como las de un pintor ahíto de belleza; es un instante eterno, un gesto que estalla en su marmólea  inmovilidad, la sombra evanescente de un cuerpo medio oculto, la impresión fugaz e instantánea de una mujer que corre, la crucifixión rosada de un cuerpo femenino que resalta sobre un lecho de rocas, las curvas paralelas y abisales de una intimidad, el fantasmal brillo de un rostro sobre un objeto trivial, la enmarañada cascada de pelo sobre la piel desnuda, una mujer apresurada que camina bajo un arco gótico, una trenza corintia columna frágil  de una cabeza desdeñosa, los senos perfectos que apuntan al mirón como centinelas, el rostro de suave perfil velado por la sedosa túnica de los cabellos, la boca de gesto duro y dibujo erotizado por el desdén o el juego lorquiano del viento con la melena que enmarca el rostro abstraído y bello junto al mar y, mi preferida, los ojos de una mujer que te observan con fijeza y lanzan una mirada enigmática, con una mano joven, estilizada, colocada como muro ante la boca. 

A este rosario de fotos, el collar de Indra de un fotógrafo que maneja la cámara con la sensualidad paciente, obsesiva y calculadora de un orfebre tallando sus brillantes, se engasta el hilo argumental de otro hombre, Antón Castro, un seducido eterno ("soy de esos que se enamoran cada media hora") que ama con la misma rotundidad jocunda al género femenino singular, con la que Navarro destila sus fotogramas de una película íntimamente eterna, los "paisajes múltiples que hay en un cuerpo femenino" como confiesa el prologuista Fernando Sanmartin. 

Como dice Antón, ese gallego aragonizado, "al fin y al cabo, el primer beso se da con los ojos". Y hay muchos primeros besos en este libro y en los relatos que se van añadiendo como las hojas caídas de un roble que "huele a brizna húmeda, a bosque encantado, a las regiones más puras de la Arcadia". Y hay nostalgia de momentos pasados  del narrador, reales o inventados, ¿qué mas da? que se prende en el lector cuando, por ejemplo, lee: "...pero nunca he podido olvidar aquella trenza rubia que descendía por tu espalda hacia el bañador". Poetas y poemas van nutriendo los textos y van inflamando a los narradores en sus ficciones o recuerdos, todos nacidos de un mismo hombre. Un poeta que exclama "Soy, sin resistencia tu cautivo. Me encajo en tu corazón: viajemos juntos en centímetros de nube". Y nos habla de una librera, del fotógrafo cuyo trabajo  "invita a gozar y reflexionar. Alza una intimidad sin aspavientos", del fantasma de la Alameda, Irene, que ha desaprendido a amar, de la bailarina cubana que se ofrece "como si entrase en el pasadizo de un sueño". O también de cuatro amores juveniles y del cuerpo y sus mareas "ceñido por el misterio de las olas". Y de otros muchos instantes que el poeta, el narrador galaico-aragonés cultiva como las uvas de Dionisos y trasmutadas en vino los ofrece en libación de textos.

No sigamos, es un libro para leer morosamente. Y mirar las fotos al alimón. O jugar a mirar las fotos primero, con delectación, con avaricia, con pasión de un fisonomista de mujeres y luego leer a Antón Castro sin pretender unir imagen y texto, dejando que la relación si establezca si quiere. Es un libro para gozar y despertar el gozo. Inocentemente. Sensualmente. 

MUJERES SOÑADAS.- Fotos de Rafael Navarro y textos de Antón Castro.-Aladrada Ediciones.-107 págs. ISBN 9788494771248





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