Piano a cuatro manos (Ediciones Oblicuas) de Conxa Rodríguez Vives (Morella, 1958), tres largas décadas investigando el exilio de Ramón Cabrera,





Un piano y dos sillas. Madre e hija se sientan a tocar juntas y dudan entre Chopin y Franz Liszt. Entre ellas, la ausencia del padre, retratado en los salones de la mansión de Wentworth como un perfecto gentleman. Cuesta imaginar que el mismo hombre, Ramón Cabrera, conde de Morella, había sido tiempo atrás un aguerrido general carlista, conocido con el sobrenombre del Tigre del Maestrazgo.

Así suenan los últimos compases de Piano a cuatro manos (Ediciones Oblicuas), la primera incursión en la ficción de la periodista Conxa Rodríguez Vives (Morella, 1958), tres largas décadas investigando el exilio de Ramón Cabrera, al que ya dedicó un libro de ensayo estrictamente histórico.

El último misterio del ex líder carlista (su viraje progresivo al liberalismo, hasta el punto de codearse con Benjamin Disraeli, encontrarse con Alfonso XII y desear un bipartidismo británico en España) siguió sin embargo rondando la cabeza de la periodista, colaboradora habitual de EL MUNDO, hechizada por lo que vio y sintió en una de sus visitas a Wentworth.

"El Tigre perdió la guerra y los perdedores siempre son los malos", recuerda Conxa Rodrígez Vives. "Los vencedores son los que escriben la historia, y la leyenda negra de Cabrera perdura hasta hoy. Lo que he querido ha sido explicar la evolución ideológica de Cabrera, y hacerlo por medio de la ficción, pues ningún historiador ha abordado su cambio de ideas políticas con seriedad".

Salvando distancias (incluido el "encuentro" de Cabrera y Prim que ya se inventó Valle-Inclán) un 20% de lo que se cuenta en Piano a cuatro manoses pura ficción, frente a un 80% de rigor histórico, tanto en las andanzas del gentleman en los últimos 27 años de su vida en el Reino Unido como en sus propias narraciones de aquella otra guerra civil española, ocurrida una siglo antes del 36 ("con las dos batallas del Ebro recordándonos que la historia se repite").

En Piano a cuatro manos, Cabrera le cuenta los "episodios nacionales" a su hija menor, Ada, que escucha bocabierta los relatos, como si se le hablara casi de otro planeta. El padre sospecha que la hija no se acaba de creer las historias, y hasta su esposa británica, Marianne, tiene a veces la sensación de estar escuchando alguno de esos relatos insertados en El Quijote.

"- Lo peor de la guerra, aparte de mi desgracia personal y de la muerte de inocentes, fueron los casos de canibalismo en Beceite, Peñarroya de Tastavins, Cantavieja o Cañete. Ocurrió en toda España, no solo en estos pueblos.

- Calla, Ramón, estás delirando.

- No deliro, quiero que Ada sepa lo que son las guerras; las civiles son peores que las internacionales".

En las conversaciones de Ramón con Ada rescata la autora "la tradición oral que está

siendo sustituida por las pantallas en nuestra cultura. "Así aprendí yo los milagros de San Vicente Ferrer", recuerda Conxa Rodríguez Vives. "Y el capítulo de canibalismo, por más que pese, está contundentemente documentado en las memorias de Carlos Dembowski, que fue testigo de los hechos".

Cabrera nació en Tortosa (Tarragona), pero se unió a carlismo en 1833 en Morella, el pueblo natal de Conxa Rodríguez Vives: ahí arranca su personalísimo vínculo con el enigmático personaje que iba para cura y acabó enzarzándose en el truculento conflicto dinástico. Cabrera acabó granjeándose una fama de "héroe sanguinario", y con esa aureola -tras participar en dos guerras carlistas- cruzó por última vez la frontera con Francia en 1849 para nunca regresar a España.

Acabó cruzando el Canal de la Mancha, y conociendo en el Palacio de Kensington a la que sería con el tiempo su esposa, Marianne Catherine Richards, que no pertenecía exactamente a la aristocracia, pero procedía de una familia rica. Les presentó la duquesa Cecilia Leticia Underwood, y el resto es historia.

"Tanto Marianne como Leticia apoyaban el carlismo en España y financiaban la causa desde Inglaterra a través de un grupo de diputados tories", recuerda Conxa Rodríguez Vives. "Ella, por lo que hizo, debió estar profundamente enamorada de Ramón. Tuvieron cinco hijos y le proporcionó la seguridad económica que le permitió confabular y conspirar en la política española".

"Pero el Cabrera en el exilio no es el mismo que el militar en la Guerra Civil de España", asegura la autora de Piano a cuatro manos. "El tiempo que pasa primero en Francia y luego en Inglaterra le hacen ser una persona más reflexiva y compungida. Defiende la tolerancia religiosa de la que los carlistas no quieren ni hablar, y también una Constitución y reformas económicas".

Gran parte de la novela indaga entre la pujanza británica y la decadencia española. "Ningún otro país contrastaban más con la España del siglo XIX que Gran Bretaña, con la ampliación de su imperio y su desarrollo industrial, frente al bamboleo político y las anquilosadas estructuras económicas de nuestro país".

Cabrera conoce en 1849 a Benjamin Disraeli, el "modernizador" del Partido Conservador británico, y su sueño inconfesable habría sido tal vez convertirse en algo parecido al Disraeli. Eso es lo que piensa en la ficción su esposa en la vida "real", ante la que el propio ex general carlista confiesa la esencia de su mutación: "Las personas cambian, y la fidelidad o la traición a esas ideas y a otras personas radican en cómo son esos cambios; no, en el cambio en sí mismo".




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