TODA UNA VIDA





Alberto Díaz comenta:biografía de su protagonista, Andreas Egger, un montañés cojo y silencioso que vive el nacimiento del alpinismo desde principios del siglo XX hasta los años setenta, montando telesillas y teleféricos en cumbres vírgenes y soportando las miserias y crueldades de una vida dura, atravesada por la experiencia macabra del nazismo.
Por una de esas extrañas casualidades que la vida nos depara de vez en cuando (sincronicidades las llamaba Jung), la semana pasada les relataba los gozos y perplejidades que me causó la lectura de "La alta ruta" de Maurice Chappaz (Ed Periférica) y hoy, saltándose a la torera el orden preestablecido por mi mismo en mis lecturas y reseñas programadas (debido a haber olvidado el libro que hoy les comento en el asiento del coche y haber partido de viaje sin mi acostumbrada ración de lecturas) les voy a hablar de un libro "Toda una vida", de Robert Seethaler (ed. Salamandra) que sin ser semejantes en nada, coinciden ambos en un punto esencial: el amor a la alta montaña. Para el suizo Chappaz la alta ruta de Chamonix a Zematt es un episodio iniciático física y espiritualmente, para el austro-alemán Seethaler aquellos mismos parajes son parte básica de la biografía de su protagonista, Andreas Egger, un montañés cojo y silencioso que vive el nacimiento del alpinismo desde principios del siglo XX hasta los años setenta, montando telesillas y teleféricos en cumbres vírgenes y soportando las miserias y crueldades de una vida dura, atravesada por la experiencia macabra del nazismo. Un episodio parece unir como el cordel de un collar los principales episodios de la vida de Andreas: cuando a los 21 años encontró a su vecino el cabrero Hannes, El Corneta, moribundo en la nieve, se lo cargó a la espalda en un armazón de madera para ovejas, se enfrentó a la ventisca para llevarlo al pueblo en un esfuerzo agotador y al resbalar y caer con su carga, se le escurrió el armazón con el enfermo que, ante su sorpresa se libró de las cuerdas que lo aseguraban y dando media vuelta, se perdió montaña arriba con una agilidad impropia de un moribundo, mientras Andreas le gritaba, incapaz de seguirle, que no podría escapar de la "Dama Fría", la muerte por mucho que corriera. Muchos años más tarde, cuando Andreas ya es viejo y ha pasado por muchas penalidades aunque sigue viviendo en la montaña que tanto amaba y que tanto daño le había hecho, unos excursionistas hallan en una hendidura de hielo eterno el cuerpo momificado del "Corneta", con una sonrisa en los labios. De niño Andreas Egger, huérfano, fue recogido por el cuñado de su madre ella, el cruel y "piadoso" granjero Kranzstocker, que desde los ocho años lo unció a un yugo de madera para bueyes, entre golpes con una vara de avellano en el trasero desnudo del chico para que tirara del yugo. Ese trato provocó la cojera de Egger, que aprendió a leer sin perder su talante, “pensaba despacio, hablaba despacio, caminaba despacio, pero cada pensamiento, cada palabra y cada paso que daba dejaban un rastro justo donde, a su juicio, debían dejarlo”. A los 18 años, con un cuerpo lisiado pero asombrosamente fuerte se enfrentó al granjero y se marchó de la casa. Trabajador infatigable y serio logró arrendar un terreno en un lugar solitario y hermoso de sus montañas, donde conocería brevemente el amor y la desdicha de perderlo de una forma épica y brutal. Vivió la Guerra mundial en el ejército alemán con una inocencia sin mácula, limitándose a seguir con su laboriosidad y terminando prisionero de los rusos en el Cáucaso. Tras ser liberado y volver a sus valles, se hizo guía en las montañas para los turistas que empezaron a invadirlos. Andreas perdía la memoria al mismo ritmo interior pausado con el que perdió todos sus sueños. Fue entonces cuando apareció el cuerpo congelado de El Corneta. Como Seethaler comenta (pág.128) "Como todos los seres humanos, a lo largo de su vida había abrigado en su interior ilusiones y sueños. Algunos los había cumplido por sí mismo, otros le habían sido regalados. Muchos había permanecido inalcanzables, o so los había arrebatado cuando apenas los había logrado. Pero él seguía ahí". Y termina la narración con una bella reflexión: "Había amado y se había hecho una idea de hasta dónde podía llevar el amor...no recordaba de dónde era y últimamente no sabía adónde iba. Pero podía mirar atrás en el tiempo, a su vida, sin lamentos, con una media sonrisa y un gran asombro". El mismo que le provoca siempre la belleza, dura y formidable, de las montañas que le rodean. FICHA TODA UNA VIDA.- Robert Seethaler.- Trad. Ana Guelbenzu.- Ed. Salamandra.-139 págs.- ISBN: 9788498388152
Articles relacionats


comentaris

No hi ha cap comentari a aquest article

comenta
El comentari s'ha enviat correctament i està pendent de validació.