Trilogía de Beckett: Molloy, Malone muere, El innombrable





Título: Trilogía de Beckett: Molloy, Malone muere, El innombrable
Autor: Samuel Beckett
Año de publicación: 1951-1953
Nº de páginas: 606
Primera lectura de la obra: 2014
Segunda lectura de la obra: 2020



Samuel Beckett (1906-1989) es un escritor irlandés que redactó su obra en inglés y en francés. Es conocido sobre todo como dramaturgo, pero también destacó como novelista. De este autor he leído la trilogía de novelas que hoy reseño, Esperando a Godot (1952) y Fin de partida (1957), obras estas dos últimas de teatro y posiblemente las más famosas del autor.
Molloy, Malone muere y El innombrable corresponden a una trilogía de novelas que se relacionan entre ellas por el modo como el autor enfoca sus intereses y obsesiones particulares en el campo de la literatura. La soledad, el absurdo, el mundo que no existe más allá de los sentidos de los personajes. Personajes que pueden ser perfectamente unas ruinas humanas, pero que sin embargo luchan por permanecer, por ser. Esto en realidad no es sólo aplicable a la trilogía, sino al universo particular del autor, pues todas sus obras tienen un deje de desesperación que lleva a desechar todo, hasta llegar incluso a verterlo al nihilismo.
Molloy consta de dos partes de similar extensión: Uno y Dos, así de simple. Parecen dos libros distintos, lo único que en apariencia los une es la mención en Dos a Molloy, el protagonista de la primera parte del libro, y el hecho de que Moran, el protagonista de Dos, a medida que transcurre su relato, se va pareciendo cada vez más a Molloy.
Molloy es muy anciano y está en el cuarto de su madre. Se siente solo y comienza a narrar. Se desprende de su narración un universo casi estático, en el que como mucho hay una bicicleta con la que Molloy (aquí también anciano aunque un poco menos que en la cama de su madre desde donde narra) se desplaza por su región, que consta de ciudad y aledaños (bosque, playa). Es cojo de una pierna, y más tarde, de ambas; no tiene dientes y los dedos de un pie se le van cayendo; los testículos le molestan porque la bolsa escrotal le llega casi a las rodillas; más tarde, una pierna se le va encogiendo. Busca a su madre, recuerda que busca a su madre, mejor dicho, porque Molloy no tiene nada claro, siempre se cuestiona sus actos y sus propias palabras. Su principal factor psicológico es el de la duda, y esto a su vez lo lleva a una lógica interna en verdad sorprendente. Ha tenido una amante mayor que él, y en realidad, aparte de esto, y quizás una relación incestuosa, no sabe más de las mujeres. Su higiene personal es nula. La desafección ante los demás e incluso hacia sí mismo es absoluta. Comienza a buscar a su madre en bicicleta, luego desaparece la bicicleta y camina con una muleta, más tarde con dos muletas, y acaba reptando y rodando sobre el suelo.
En Dos nos encontramos con Moran. Moran tiene un hijo adolescente. Le encargan, a Moran padre, que vaya a buscar a Molloy. Se ignora qué ha de hacer una vez encuentre a Molloy. Moran habla de un informe, y nada más se sabe. Parte con su hijo a la búsqueda de Molloy, pero, cosa extraña, no toman ningún medio de transporte, lo hacen a pie, cuando jamás se indica a qué distancia está Molloy, pero se sabe que lejos, en otra región. A medio camino, Moran encarga a su hijo que vaya a comprar una bicicleta. A Moran comienza a dolerle la pierna y se le queda rígida.  Su hijo lo ha de llevar en el portabultos de la bicicleta, ya que él no puede pedalear. Antes de llegar a Ballyba, lugar donde está Molloy, le da una bofetada a su hijo y éste lo abandona. Ha de continuar el camino con la única ayuda de su paraguas como punto de apoyo. Se encuentra con el emisario de la misión que le dice que ha de volver. Lo hace, vuelve a casa, pero tarda meses en hacerlo.
 Cuando el lector ha acabado de leer el libro, se pregunta si Moran y Molloy son la misma persona. Moran quizás sea un proto-Molloy, ya que al principio no es cojo, se dice el lector a sí mismo. Además tiene un hijo (pero no esposa), cosa que no sucede con Molloy, quien sólo tiene a su madre. Los personajes se acaban confundiendo en la mente del lector.
La ambigüedad que ofrecen ambos relatos respecto a sí mismos y sus personajes es el juego en el que nos introduce Beckett. Porque ambos, Molloy y Moran, son el mismo hombre, pero a la vez son distintos hombres. Moran toma de Molloy, y nunca al revés, pero sólo porque éste último es quien empieza la novela y ahí jamás habla de Moran, como sí en cambio lo hace Moran de Molloy, quien ha de ir en su búsqueda, que, por cierto, no se sabe para qué.
La desafección entre los seres que pueblan el universo que nos presenta Beckett es infinita. Molloy no ama a su madre, y además no tiene a otras personas a su lado, salvo a una anciana amante, y a una señora, o señor, quién sabe, que lo acogió después de que Molloy hubiese atropellado a su perrito con la bicicleta. Moran en apariencia no está solo. Habla con el emisario y tiene una ama de llaves. Luego está su hijo, a quien Moran detesta. Pero a Moran hijo le da igual dejar a su padre en medio del camino, aunque se muera antes de llegar a alguna parte. Da la sensación de que a los personajes lo que más les cuesta es mostrar afecto. El universo donde se mueven es cerrado, y gravita cierta sensación de locura en lo que cuentan ambos personajes narradores.
El único sentido real de la novela consiste en ir leyéndola y dejar, como lector, que te atraviese el absurdo mundo que describe el autor. Pero es muy entretenida, despierta el interés del lector, constantemente. Hay un no sé qué de irreal en la atmósfera del relato que invita a seguir leyéndolo siempre, aparte de que la obra está exquisitamente escrita.
Malone muere es la segunda novela de la trilogía. En realidad es una novela corta. Aquí nos encontramos con un personaje muy anciano a punto de morir, situado en un lugar inconcreto, aunque parece un cuarto del que desde el exterior alguien colabora para cuidarlo. Él no puede moverse y alcanza los objetos que necesita mediante un bastón. Con papel y lápiz en mano, se propone narrar unas historias y hacer un inventario. Le da lo mismo dejar incabado todo eso. Con muchos titubeos al principio, comienza a narrar la historia de Sapo, un adolescente hijo del matrimonio Saposcat. Sapo parece un muchacho tímido e inadaptado a quien su padre no entiende. Luego al lector se nos cuenta sobre la familia Louis, compuesta por el matrimonio y dos hijos legítimos, un chico y una chica. Louis padre trabaja de matarife. Un poco más adelante, el narrador introduce a Sapo en esta familia. Aquí, Sapo ya no es un jovenzuelo, tiene más años. Sapo viene y va de la casa de los Louis. Entretanto, el narrador a veces interrumpe su relato para contar anécdotas sobre su entorno y sus pertenencias; también tiene dudas de si reproduce fielmente, en ese momento, cosas que ha escrito con anterioridad: se trata de afirmar la memoria dentro de la propia narración, aunque para que esto se lleve a cabo debe darse la premisa de que el narrador no puede visionar su propia narración. Continúa el relato con la familia Saposcat. Este matrimonio espera que su hijo acabe sacando buenas notas y logre consolidar una carrera que le ofrezca un futuro estable. De aquí se salta de nuevo a la familia Louis, para que, finalmente, Sapo se marche definitivamente de ambos entornos familiares. Luego el narrador habla de sí mismo y de la extrañeza que le produce el lugar donde se encuentra, porque en el fondo no sabe dónde está. Oye ruidos y hay una ventana al lado desde la que ve un fragmento del exterior. Más tarde, escribe: ... quiero decir lo que se refiere a Malone (puesto que así me llamo ahora) y al otro, ... Con este pequeño pasaje, de pocas palabras, nos damos cuenta de que seguramente nos está hablando un ancianísimo Molloy, y también Moran. Entonces el lector piensa si el adolescente Sapo podría ser también el hijo de Moran. Pero es que en realidad, con semejante juego de espejos respecto a los protagonistas, lo que nos viene a la mente es que si en la trilogía se trata de que siempre estemos leyendo sobre la misma persona, pero en distintos estadios de su existencia.
Después de un período en que el narrador trata de encontrarse a sí mismo y a los objetos que le rodean, vuelve su mirada a Sapo, quien está sentado en un banco y mira al río. Luego dice que no puede seguir llamándolo así, a Sapo, por lo que, en otra vuelta de tuerca respecto a la indeterminación de los sujetos, de los personajes y de los objetos, lo rebautiza como Macmann, quien ya es un adulto que le queda por delante toda la vejez. Comenzará a cambiar de sitio aunque no importa el sitio. Torna la narración a Malone, que dice creer que ha llegado muy lejos en su vida y que de nada le sirve contarse historias. Se fija en la ventana y en lo que hay detrás de ella. Ve seres moviéndose, seguramente haciendo el amor.
Sorprendido por la lluvia lejos de todo abrigo, Macmann se detuvo y se acostó... Aquí el narrador penetra en el personaje identificando con él a Malone mismo, pero también a Molloy y a Moran. Macmann soporta la lluvia tendido, su barriga y su rostro, ladeado éste, contra el suelo. Desea que pase el tiempo y cese la lluvia; pero a cierta altura del relato comienza encontrarse cómodo en esta circunstancia, o por lo menos dubitativo. Rememora su enorme torpeza para hacer cualquier cosa, y acto seguido comienza a pensar en que podría marchar de allí rodando.
Malone hace recuento de sus pertenencias y se pone nervioso. Pero, mientras, se pide calma a sí mismo, y así este estado nervioso le dura poco, porque dispone de todo el tiempo para pescar sus cosas. Hay objetos que vuelven a donde él, y hay otros que salen y nunca vuelven. Esto le hace dudar sobre lo que es suyo y lo que no lo es. Aquí ya los objetos adquieren una importancia desmesurada, lo extraño que es que esos objetos con los que Malone se identifica con el mundo que le rodea son absolutamente insignificantes: un bastón, un par de zapatos, un lápiz, una libreta, una fotografía. Estas cosas le sirven para que él y su universo particular no se desintegren. Ha de aferrarse a algo, no importa la insignificancia de lo a que se aferra, sino que el hecho de que existan esos objetos le hace sentir que no es una conciencia que vaga sin permanencia determinada.
La narración sobre Macmann se reanuda cuando éste recupera la consciencia y se da cuenta de que está en un asilo. El asilo tiene nombre y hay personas que lo cuidan, primero Moll, una mujer de físico deteriorado de quien se hace amante, y luego, después de fallecer Moll, Lemuel, un hombre que no cae bien en su lugar de trabajo. Aquí, en el asilo, según describe el narrador Malone, aún no se ha perdido el sentido del espacio, y los seres humanos todavía se relacionan. Pero la situación a la que ha llegado Macmann es muy parecida a la que tuvo Molloy, y más tarde, Malone.
Las personas y los personajes pierden su sentido de ser. Sólo intentan permanecer, sobrevivir, aunque sea contando cosas y peripecias a un otro. Hay por tanto otredad siempre, porque sin ella no tiene sentido el existir de los personajes, sobre todo de los personajes que narran.
En El innombrable el carácter físico del ser apenas tiene consistencia. Hay alguien, o algo, que permanece en un lugar, y desde él ve o cree ver que Malone da vueltas a su alrededor, como un satélite (¿aquí Malone está fallecido y es el propio Malone, fallecido, quien se ve a sí mismo? Si el innombrable no es Malone, ¿por qué reconoce a Malone?). La indeterminación de lugares, seres y objetos es tan grande que esa voz que narra, a la hora de la verdad no puede discernir si en realidad es ella quien da vueltas alrededor de Malone. No hace otra cosa que monologar, y los escasos recuerdos que posee le son prestados, primero por Mahood y más tarde por Worm. Con Mahood, según dice que le cuenta Mahood, después de un recorrido en espiral con muletas que sólo le hacen irse al suelo, se sitúa después en una isla, sin extremidades y con sólo el tronco, como una planta en su macetero, a la entrada de un figón, al cuidado de la dueña. Finalmente desecha estos recuerdos que le han sido prestados y se precipita hacia los de Worm. Con Worm aún hay menos corporeidad, es como un par de orificios con algo en medio, seguramente los oídos.
Pero ¿qué historia es esa de no poder morir, ni vivir, ni nacer? Algún papel tiene que desempeñar esa historia de permanecer donde uno se encuentra, muriendo, viviendo, naciendo, sin poder avanzar, ni retroceder, ignorando de dónde vinimos, dónde estamos, adónde vamos, y que sea posible estar en otra parte, estar de otro modo, sin suponer nada, sin preguntarse nada, no se puede, se está ahí, no sabemos quién, no sabemos dónde, la cosa sigue ahí, nada cambia en ella, en torno a ella, aparentemente, aparentemente. 
A esta altura de la novela (a los dos tercios, más o menos, de ella) la despersonalización es absoluta. Algún papel tiene que desempeñar esa historia de permanecer, aunque en el fondo no suponga nada, y todo sea apariencia, se dice a sí mismo.
El monólogo interior sin argumento desemboca en una corriente de consciencia en la que ya todo son preguntas y variaciones sobre esas mismas preguntas. Esa conciencia que se arrastra a través del libro debe recordarse que es ella quien habla:
… soy yo el que habla, es inútil contarse cuentos, en la sed, en el hambre, en el hielo, en el horno, no se nota nada, qué cosa más curiosa, no se nota una boca, no se nota ya la boca, no se necesita una boca, las palabras están en todas partes, en mí, fuera de mí, esto sí que es bueno, hace un momento carecía yo de grosor, los oigo, no necesito oírlos, no necesito tener una cabeza, imposible pararlos, imposible pararse, soy palabras, estoy hecho de palabras, de palabras de los demás, ¿qué demás?, el sitio también, el aire también, las paredes, el suelo, el techo, palabras, todo el universo está aquí, conmigo, yo soy el aire, las paredes, lo emparedado...
Todo carece de sentido excepto las palabras, que son las que dan forma al personaje y al propio libro. En la parte final de este tercer volumen, durante varias decenas de páginas se produce un encabalgamiento de palabras, a modo de corriente de consciencia, que se alimentan continuamente de sí mismas. A esta altura Beckett ha llevado a sus personajes, durante el trayecto de la trilogía, a la estilización máxima, casi hasta la inexistencia. Primero Murphy, anterior a la propia trilogía, ya que es el protagonista de la primera novela que publicó Beckett, siguiendo con otros hasta llegar a Molloy, pasando por Moran y luego por Malone, se llega, siempre mediante un único personaje que presenta variantes respecto a sí mismo, a la desnudez de un mundo que duda incluso de su propia realidad.
Entiendo que Samuel Beckett quisiera escribir tres libros para expresar de modo paulatino la despersonalización del hombre. Con Molloy nos habla (novela compuesta por dos novelas cortas con un breve nexo argumental que las une) de Molloy y Moran, de ellos como personajes que se mueven en un entorno físico aunque sea restringido. De aquí se pasa a la inmovilidad de Malone y de que prácticamente sólo tiene relación con el mundo a través de unos pocos objetos. Y luego nos lleva a ese personaje innombrable que sólo existe gracias a su capacidad para emitir palabras.
Beckett pone en duda la propia existencia, y lo hace con humor e ironía, pero también llevando cierto desasosiego al lector, cierta desesperación. Esto es lo que se refiere en cuanto a la crítica convencional sobre la trilogía. Aunque yo advierto que hay también unas leyes físicas en las que predomina la entropía: el universo de Beckett, paso a paso, novela a novela de la trilogía, se va enfriando y desintegrando, todo acaba por quedar en nada y en realidad ya no tiene ningún sentido seguir. No son Joyce y Proust quienes dan cima y fin a la novela, es Beckett, quien deja que se enfríe el universo literario para que acabe todo en un fondo oscuro e inanimado, en nada.
Molloy es una novela divertida, original y muy entretenida. La recomiendo a cualquiera. En cuanto a las otras dos novelas de la trilogía, Malone muere y El innombrable, considero que son obras destinadas a completar lo que el autor nos quiso decir, pero su estatismo en una, y el continuo monologar en la última, me llevan a la advertencia hacia sus posibles lectores: no son obras sencillas, aunque tengan poca extensión; su lectura la veo indicada para aquellos lectores que son completistas, para la crítica profesional, y como lecturas universitarias; también me parecen adecuadas para aquellos que están interesados en la obra de Beckett, en particular, y para los amantes de la literatura experimental de principios y mediados del siglo XX, en general.



Pedro Carbonell Castillero
15/06/2020

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