dimecres, 16 de abril de 2008 | Comentaris
La mortecina luz de gas apenas permitía vislumbrar las calles de la ciudad. Ante la puerta del teatro se agrupaba la gente. Era la noche del estreno y todo estaba preparado. Los nerviosos actores miraban por entre el telón mientras todo el mundo tomaba asiento preparándose para ver el espectáculo.
Poco a poco la calle se fue vaciando de personas, todas ocupaban ya su posición en las butacas, listas para disfrutar del espectáculo. El silencio se tornó más real que la noche misma, cuando en otro lugar, extraños acontecimientos estaban a punto de suceder.
Dos calles más allá, una joven pareja llegaba tarde a la actuación, ella no daba con el sobrero que había comprado para la ocasión, lo cual había provocado un alboroto entre la servidumbre. Su marido, un hombre fornido aunque de pequeña estatura, la llevaba del brazo con más fuerza y rapidez de la que sus finos tacones podían resistir, la consecuencia fue inmediata, el tacón se enganchó en un pequeño agujero y se rompió, ella dio un traspiés, cayéndose al suelo de bruces sin poder tan siquiera reaccionar.
Se había torcido el tobillo, tuvo dificultades para levantarse, sentándose acto seguido sobre los escalones de la puerta más cercana. Ante la perspectiva, su marido decidió salir a la calle de al lado a buscar un coche que los llevara de regreso a casa. Estaba enojado, precisamente tenía que ser esa noche, siempre ocurría algo que estropeaba la velada.
Un ruido de los cascos se hizo perceptible a lo lejos, se acercaba precipitadamente y a cada momento se volvía más atronador. Se podía sentir que venían al galope, al menos cuatro caballos deberían tirar de la calesa.
Una inquietud recorrió el cuerpo de ella cuando oyó el relinchar de los caballos, pero no había nadie cerca a quien solicitar ayuda, la calle estaba desierta, así que decidió ponerse en pie y continuar, a pesar del dolor que presionaba sus estrechos tobillos. No deseaba quedarse allí sola, sentada sobre unos sucios escalones, las nubes ocultaban la luna y la luz artificial apenas iluminaban más allá de sus pies, quien sabe lo que podía surgir de cualquiera de las numerosas sombras que acechaban allá donde mirara.
Pudo ver el reflejo de los focos del coche cuando este giró la esquina, unas sombras se movieron precipitadamente sobre la pared, no pudo distinguir ninguna figura, pero el movimiento era incesante. Al cabo de un momento todo se calmó, su marido había desaparecido.
Gritó pidiendo ayuda, pero nadie la escuchaba, estaba sola y tenía miedo de que algo pudiera ocurrirle, quería hacer todo lo posible por llegar a algún lugar publico donde pudieran socorrerla.
Por suerte para ella una pareja de guardias realizaba su ronda nocturna por allí cerca y la socorrió. No entendían como una mujer sola se aventuraba a esas horas de la noche a pasear sola por la calle, era un milagro que no le hubiera ocurrido nada, el barrio era peligroso, y además un recluso se había escapado de la cárcel pocos días atrás.
La señora de M. pues ese era su nombre, les explicó todo lo que le había pasado, y que su marido se había marchado por ayuda pero que no había regresado. Intentó relatarles que había ido a tomar un coche para regresar a casa, pero que no volvió en su busca, algo había ocurrido.
Ante las dudas que a los guardias les surgieron, tuvo que confesar que en realidad no había visto nada de lo ocurrido a su marido una vez desapareció de su vista, eran su imaginación y la lógica la que había construido esta historia a partir de lo poco que había visto y escuchado, las sombras, grotescas sobre la sucia oscura pared, no habían sido más reveladoras.
Los guardias la acompañaron a casa, pero su marido no estaba, todo el servicio se había acostado y debían estar ya durmiendo, era casi medianoche. Decidió despertar al mayordomo para preguntarle si había recibido noticias o había quizás notado algo inusual.
Se despertó sobresaltado, y su desconcierto fue enorme ante el relato de lo acontecido. Todavía no se había desperezado totalmente y le estaban increpando con recados para poner en marcha una búsqueda del marido de la señora. El, por supuesto, no sabía nada.
Toda la casa se movilizó durante los siguientes días, mas nada obtuvieron como recompensa a sus esfuerzos. La policía no sabía donde buscar ni que pistas seguir, la declaración de la señora de M. era a todas luces confusa e incompleta.
La resignación ocupó el lugar de la esperanza cuando todas las líneas de investigación morían sin llegar a buen puerto. La explicación más lógica quizá fuera llegado a ese punto, la de un secuestro, pero ninguna recompensa ni exigencia alguna fue solicitada, así que esta posible explicación del misterio sufrió el mismo final que las demás.
Poco tiempo había transcurrido, pero la señora había experimentado un notable empeoramiento en su estado de ánimo, apenas salía de su dormitorio. Los invitados que de habitual solían frecuentar la casa se dispensaron mostrando sus respetos y ánimos hacia la señora.
Al cabo de una semana de intensa búsqueda la policía llamo a la puerta de la casa. El inspector de la comisaría más cercana se encontraba frente a ella, rodeado de cuatro agentes, todos ellos vestidos de servicio y cargando con unas bolsas. ¿Qué podía pensar la señora al encontrarse de frente con este cuadro?.
Todo lo que le contaron, a pesar de lo escabroso, ya no pudo alterar la fibra más sensible de su ser, ya que la esperanza había ido muriendo poco a poco en ella desde el momento de la desaparición, ya no quedaba en su corazón un halo de vida según decían sus sirvientes, y la presencia de la policía en casa no hacía más que confirmar unos rumores cada vez más sólidos respecto a la muerte de su marido.
Las bolsas que llevaban consigo contenían algunos de los efectos personales de este.
La historia que la policía le relató fue la siguiente:
El cadáver de su marido fue encontrado a orillas del río la mañana anterior, en un primer momento les costó reconocerlo puesto que llevaba muerto varios días y la podredumbre de las aguas lo había deformado hasta hacerlo irreconocible.
Le habían asestado cuatro certeras puñaladas en el pecho, sin duda una muerte rápida. Despojado de su ropa, ya no tenía nada que alguien pudiera desear. Tan solo un pequeño tatuaje que tenía en la muñeca y que su mujer conocía de toda la vida, aunque jamás le dio importancia confirmó la identidad del cuerpo. Eran las siglas S.A.D. El siempre dijo que era un viejo tatuaje de cuando estuvo en el ejercito, ella tampoco le dio mayor importancia, ahora sin embargo estas siglas significaban mucho más que eso.
Resultó que le había mentido. Esas letras eran las iniciales de una sociedad secreta dedicada a la extorsión a todos los niveles, una sociedad en la que solamente se puede ingresar después de una larga carrera en el mundo de los bajos fondos. Según se dice todos los componentes de esta sociedad tienen un pacto de honor hacia sus congéneres, pese a la ironía que esto representa en gente de semejante calaña.
La investigación realizada indicaba que en los últimos tiempos había sufrido amenazas por faltar al pacto de esta sociedad, por el cual debía actuar de común acuerdo con las decisiones que esta tomara, y había decidido dejar el negocio por un bien mayor, dedicar tiempo a su familia, y limpiar el buen nombre de sus antepasados. Pero quien tras años de sucio trabajo pudiera ingresar en esta sociedad no tenía tanta facilidad para poder salir de ella, y aún menos bien parado. Así que decidió recopilar información comprometedora respecto a sus socios, de tal forma que en caso de amenaza pudiera recurrir a un chantaje, comprometiendo de esta forma el buen nombre que ciertas de estas personas tenían entre la sociedad. Esta era la única forma de poder salvarse a si mismo y a los suyos.
Pero algo imprevisto ocurrió. Uno de los miembros de la sociedad había descubierto su plan y había decidido atajar el problema de raíz.
La mañana del asesinato, la mansión donde Mister M. residía fue asaltada por un ladrón, era la hora del almuerzo y toda la servidumbre se encontraba en la cocina. Ciertos documentos fueron sustraídos de la caja fuerte situada en el despacho, nadie se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde.
Acontecido esto, todo se precipitó, y esa misma noche ocurrió lo que ya todos conocemos.
Se piensa que los dos hechos estaban relacionados con el papel que Mister M jugaba dentro de la sociedad, y que las cuentas habían quedado ajustadas. Todo había quedado oculto una vez más.
Los guardias abandonaron la casa, lamentando el estado en que se quedaba la viuda, sin nadie que pudiera velar por su seguridad y su futuro, con 30 años acabados de cumplir y una fortuna acumulada a base de extorsión, todo se esfumaría rápidamente ante la falta de una persona capaz de estar al frente de la misma y mantener los negocios a flote. Solo era cuestión de tiempo que los mafiosos volvieran su atención sobre la esposa de Mister M.
Con esta idea se marcharon. El caso fue cerrado a falta de pruebas incriminatorias hacia alguien. Se había llegado a la conclusión de que habían sido los propios miembros de la S.A.D los que realizaron el crimen, pero solo sabían una parte de la verdad.
El resto de la verdad lo sabía la señora de M. la cual estaba al tanto de todos los asuntos en que estaba metido su marido desde el principio.
Con sutileza fue conociendo a través de su marido a diversos miembros de la sociedad, y de la misma forma fue tomando confianza con ellos. La coquetería y belleza de que disponía la ayudaron a que sus planes fueran más fáciles de realizar. Con el tiempo llegó a ser partícipe de ciertas reuniones secretas, llegando incluso a ser admitida en la sociedad, todo esto por supuesto a espaldas de su marido, desconocedor de los planes que su mujer tramaba a espaldas suyas. En todas las sociedades siempre han existido distintos rangos dentro de sus participantes, y ella estaba varios escalones por encima que su marido, el cual no llegó a saber de su participación en estos asuntos.
El corazón de ella fue muriendo, pero esto no era visible a ojos extraños, ella seguía siendo una persona de aspecto agradable y locuaz, su belleza parecía aumentar día a día, pero la realidad era otra. La codicia y sed de poder fue creciendo en su interior, y cada vez se fue distanciando más de Mister M, el cual con el paso del tiempo rehuía más todas estas actividades.
Sin saberlo, cuando decidió dejar la organización descubrió ciertos documentos que implicaban a su mujer, la cual era conocida dentro de la sociedad con el nombre de Morgan, pero no sabía sin embargo que este era el nombre en clave de su mujer.
Ella se dio cuenta de todo esto por casualidad, unos documentos dejados por descuido encima de la mesa de su despacho eran esclarecedores de estas indagaciones, así que decidió espiarlo, ¿qué mejor espía que ella, que dormía en la misma cama?.
Las evidencias fueron haciéndose más patentes con el paso del tiempo. A medida que ella progresaba en la organización el tenía más documentos comprometedores en su poder. La codicia pudo más que el amor, mientras uno crecía el otro moría, ya nada sentía por la persona que una vez lo fue todo para ella, así que decidió poner fin a la vida de este. Necesitaba despejar el camino hacia la gloria, y sería mucho más fácil quitando a su marido de en medio. Lo dispuso todo para que uno de los asesinos que la sociedad tenía en nómina se fugara de la cárcel del condado y perpetrara el asesinato. Debían llegar tarde al estreno de esa noche, justo cuando hay menos gente en la calle y los salteadores encuentran el mejor momento para realizar sus fechorías.
Si bien no fue ella la que empuñó el cuchillo, su sello estaba impreso en este crimen. La oscuridad se había adueñado de su corazón. Ya estaba lista para descender a los infiernos, y eso es lo que hizo.
Todo estaba perdido ya. Ella tenía ahora más poder que nunca, pero en realidad había muerto el mismo día que su marido.
Alberto Rodríguez