
JULIÁN CASANOVA 04/12/2011
Estamos atascados en materia de derechos, representación y solidaridad
Por ejemplo, de corrupción y sobornos, de pagos indebidos con fondos públicos. De eso estuvo hecha durante mucho tiempo la política en España y ahí seguimos. Y aunque el culto al dinero sucio y a quienes lo poseen ya no crece como antaño, la persistencia de la corrupción es uno de los mayores indicadores del mal funcionamiento de la democracia: los ciudadanos no hacen nada contra ella y el voto en las elecciones no castiga a los corruptos, bajo el supuesto de que todos los partidos políticos están, o parecen estar, implicados en el mismo sistema de chanchullos. La transparencia y la responsabilidad política han quedado fuera del debate. La corrupción daña la democracia, aunque da lo mismo y quienes resisten se dan cuenta de que su voto resulta ineficaz, vano.
Porque la democracia no se consigue solo a través de elecciones, debe construirse desde dentro de la sociedad, en un proceso que requiere tiempo y educación, pero uno de los principios para valorar su calidad y fortaleza es el control popular sobre quienes toman decisiones y la igualdad política de quienes tienen que ejercer ese control. Con la representación que proporciona el sistema electoral que rige actualmente en España, los ciudadanos no son tratados igual y lo más preocupante es la nula disposición de los dos partidos mayoritarios que se suceden en el Gobierno para abrir el proceso político a esa necesaria reforma. No se trata solo de otorgar el mismo valor a todos los votos, sino de limitar el monopolio sobre las decisiones políticas que sale de ese injusto sistema de representación.
La crisis, los requerimientos electorales y el miedo a que la jerarquía eclesiástica católica y la derecha política-ultraderecha mediática mostraran su rechazo frontal, aparcó el proyecto de Ley de Libertad de Conciencia y Religiosa, que el Gobierno de Rodríguez Zapatero había prometido llevar al Parlamento, debatir y trasladar el debate a la sociedad. Si uno de los fines de la democracia es la igualdad de derechos de los ciudadanos, no parece una cuestión carente de significado reconocer los de las confesiones minoritarias, la neutralidad de los poderes públicos, la retirada de los símbolos religiosos de los lugares públicos y revisar los privilegios que en materia educativa y fiscal tiene la Iglesia católica. Eso es anticlericalismo y abrir frentes innecesarios, dirán algunos, pero la democracia se mide también por la capacidad del Estado para garantizar con leyes la igualdad de derechos políticos, económicos, sociales y civiles.
Cuando el ladrillo mandaba y éramos ricos, la reparación política, jurídica y moral de las víctimas de la violencia franquista generó el rechazo y el bloqueo de poderosos grupos bien a fincados en la judicatura, en la política y en los medios de comunicación. Eso de recordar ese pasado traumático para aprender, con exposiciones, museos y proyectos de investigación, promovidos por instituciones públicas, ya se ha acabado, que no hay dinero, y las familias que buscan y quieren recuperar a sus seres queridos, asesinados, escondidos debajo de la tierra, que esperen, que comprendan que no es el momento.
No sabemos todavía si de la crisis económica saldremos reforzados, como dicen algunos, con otro modelo de crecimiento, pero lo que parece claro es que en materia de derechos, representación, control popular y solidaridad con aquellos que fuera de nuestras fronteras luchan por la democracia, estamos atascados, sin respuesta ciudadana. Necesitamos que los políticos nos sirvan, no que sean nuestros amos, distantes e imposibles de controlar.
Cuando murió Franco, hace ya 36 años, España estaba en crisis profunda, sembrada de conflictos, de obstáculos desde arriba y movilizaciones desde abajo, con ilusiones y esperanzas para caminar hacia la libertad y la democracia, pero también con ambigüedades e incertidumbres. Sin guión escrito, ni camino fijado de antemano, construimos, en medio de graves problemas como la involución militar o el terrorismo, una democracia parlamentaria con un amplio catálogo de derechos y libertades. Para consolidar todo eso, y avanzar en vez de retroceder, necesitamos abrir un debate público sobre la participación ciudadana, la representatividad y transparencia de nuestras instituciones y la responsabilidad de los políticos. No debemos dar la espalda a esos temas, que son la garantía de un sociedad civil democrática y que crean ciudadanos activos y no sumisos al poder. Ni la economía ni el nuevo Gobierno nos van a ayudar.
Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.
JORNADAS DE ESTUDIO (Del 3 al 11 de diciembre de 2011)
LA GUERRA CIVIL DE 1936 EN CRETAS / QUERETES

Desfile de tropas italianas por el arrabal de San Juan (actual Plaza Pascual Buendía), 1938.
1.- Tres conferencias didácticas y divulgativas
1a SESIÓN (día 3 de diciembre, sábado a les 19 horas):
- La II República española en la localidad de Cretas (1931-1936)
- La insurrección militar (del 18 al 25 de julio de 1936)
2a SESIÓN (día 6 de diciembre, martes a les 19 horas):
- El período revolucionario (del 26 de julio al 31 de agosto de 1936)
- El período anarquista (de septiembre del 36 a agosto del 37)
- El período socialista (de septiembre del 37 a 1 de abril del 38)
3a SESIÓN (día 8 de diciembre, jueves a les 19 horas):
- El período bélico (del 2 de abril del 38 al 31 de octubre del 38)
- El nuevo régimen franquista.
- La posguerra
2.- Exposiciones y Proyección de películas
3.- Colaboran:
· Ayuntamiento de Cretas - Queretes
· Taller de arqueología e historia de la Asociación Medievo de Cretas - Queretes
· Asociación Ilercavònia de Cretas - Queretes
· Asociación Gente Joven de Cretas - Queretes
· Associació Cultural del Matarranya
· Librería Serret
· Associació cultural La Bresca, Arnes
Antón Castro es un periodista gallego enraizado en Aragón. No conocía sus habilidades de narrador. Y debo confesar que ha sido una agradabilísima sorpresa. Para quien ha dedicado parte de su vida, más de tres décadas, a la lectura y a escribir posteriormente de lo leído, ya sea en "La Vanguardia", la Agencia Efe, revistas literarias como "Camp del Arpa", la radio, y otras revistas y periódicos, resulta una rareza digna de mención -y de celebración–dar con un autor distinto, con fuerza, con pluma original y creativa, que deja traslucir una visión propia, una percepción de los hechos, las personas y el paisaje con la potencia necesaria para convencer al lector con su narración y sembrar en él un deseo de seguir con la lectura de otras obras de ese autor.
Pues bien, Antón Castro, pertenece a esta exigua pero vibrante nómina. Y así lo creo pese a que sólo he leido de él el libro que les comento. Me entero de que tiene algunos más, de relatos como éste, "Los seres imposibles, "Golpes de mar" y "Fotografias veladas"; uno infantil, "Jorge y las sirenas"; otro de retratos literarios, "El sembrador de prodigios"; dos poemarios, "Vivir del aire" y "Paseo en bicicleta" y la novela "El album del solitario".
Mientras lo leía sentía la familiaridad de autores que yo habia transitado en mis irredentas juventudes, Pio Baroja, Valle Inclán, Pérez Galdós, Ramón J. Sender, Alarcón, Bécquer...era como leer las aventuras de aquél loco, valiente y sentimental enamorado de las aventuras y de las mujeres, el marqués de Bradomin, transformado en el Tigre del Maeztrazgo o el protagonista de "El manuscrito encontrado en Zaragoza" buscándose la vida y la muerte en el Bajo Aragón.
Castro divide su libro en cuatro apartados, relatos cortos, a veces muy cortos, en los que vivimos en un ambiente real pero fantasmagórico, una geografía que parece mítica pero cuyos lugares y nombres responden a todo este teriritorio mágico que conforma el Maeztrazgo, sus gentes, sus bosques, valles y montañas y los distintos episodios van desarrollándose dejando aquí y allá que aparezcan una y otra vez personajes de las narraciones anteriores, ya sea el general Cabrera, su amante Margarita Urbino (un retrato de mujer que firmaría Laura Esquivel), el misterioso fotógrafo Patricio Julve que da nombre a la novela, el director de cine Loach, el coronel Balfagon narrador de fantasías, la mismisima maquis "La Pastora", la joven Raquel, cuyo retrato enamora a cualquiera que lo vea y que cierra su periplo en el relato que da titulo al libro. Esas apariciones dan una enorme coherencia al libro como totalidad y provocan la sensación en el lector de estar en un terriitorio único, legendario, donde todo, paisaje y seres humanos, animales, árboles y piedras tienen un lugar específico en el que se desarrollan las historias.
Y además Castro nos regala algo inapreciable, de un valor exquisito: su lenguaje literario, la fuerza poética y evocadora de su estilo, que va dejando a lo largo de las narraciones la impronta de una cultura literaria y una gracia narrativa que, al menos a mí, me han encantado. Las imágenes y metáforas que salpican lo narrado suelen ser de una justeza expresiva y unas alas poéticas sobrias pero muy evocadoras y sorprendentes. Y así una plaza se convierte en una "inmensa caracola de resonancias", nos evoca el invierno en cuatro trazos: "en plena invernada, el viento enfurecido muerde los aleros, recorre las barbacanas y los voladizos y enciende un rumor obstinado que sorprende al paseante con un manotazo cruel en el rostro". Personajes como Otilia que vende sus favores a Aureliano, el enterrador, el pintor Benigno Rabaza, Pilar Palomo y Julián, unos Romeo y Julieta del Maeztrazgo, y los seres saturnales del "Inventario de suicidas y otras desapariciones", la Rusa, el pianista, el fugitivo...o los relatos a la vera del fuego de "Angeles y bestias".
Quizá sea esta ultima parte del libro la menos potente literariamente hablando, aun siendo atractiva de lectura y evocadora de mitos y leyendas, (magnífica la del bandido Juan Bautista Billoro). La última narración, que cierra el libro, "El hombre invisible" en la que el protagonista es el director de cine Ken Loach que rodó "Tierra y libertad" en Mirambel, logra magistralmente transformar a una persona real en un verosímil personaje que cierra el círculo narrativo del libro dándole unidad y sentido, transformándolo en el reflejo de "un sueño colectivo" como escribe Castro.
Magnífico libro también para los amantes del bajo Aragón. Cantavieja, Iglesuela del Cid. Ejulve, Mirambel, Fortanete, Mosqueruelas y otras localidades y villas, de las que da cumplida razón y convierte en escenarios en los que parecen caminar las sombras y los influjos del gallego Cunqueiro, el catalán Perucho, el portugués Saramago, el argentino Borges o el yanqui Poe, pues de todos ellos y de los anteriormente citados parece haber bebido el amigo Castro.

Antón Castro durante la presentación del libro.JOSÉ MIGUEL MARCO Pero, ¿quién es Patricio Julve?
'El testamento de amor de Patricio Julve' es, en palabras de Castro, “un libro sobre amor, muerte y poesía que refleja la pasión por contar historias, escuchar, ver los mecanismos... todo ello en un arco temporal de 150 años”. Desde la historia de Ramón Cabrera, 'El tigre del Maestrazgo' hasta el rodaje de 'Tierra y libertad', de Ken Loach, todo tiene cabida en la escritura de esta 'última voluntad' literaria.
