Plató: Javier Aguirre y el Dúo Recapte
Artistas: Gema Noguera, pintora fallecida en 2008, y Laia Vaquer, fotógrafa.
Escritores: Marta Momblant, dramaturga y narradora, y Andreu Subirats, poeta.
Libreros: Octavio Serret
Músicos: Sofía Asunción Claro, arpista, y Lars Graugaard, flautista y compositor
Borradores emite mañana un programa especial sobre ‘Cultura y creación en el Matarraña’, grabado en Beceite, Calaceite y Valderrobres. El escritor y viajero Javier Aguirre, autor de diversos libros del Matarraña, acude al plató para hablar de sus publicaciones, de varios libros colectivos y los secretos de esa comarca, que se caracteriza por la exuberancia del paisaje, una intensa vida cultural y por el desarrollo del turismo y los espacios con encanto. Aguirre acaba de publicar ‘Remansos. El Matarraña y la tierra alta’, ‘Del Matarraña a Nueva York’ (escrito al alimón con Angélica Morales) y ‘Los follets del Matarranya’.
Arranca el programa el Beceite. Allí, en la Antigua Fábrica Noguera, se realiza un amplio reportaje sobre la pintora Gema Noguera, fallecida en 2008: se reconstruye su trayectoria, su línea de trabajo y su impacto en la zona de la mano de Ersi Samará, la artista griega que trabaja en las salas, Lola Pintado, del Museo Juan Cabré, y de su propia madre Rosa María, que recuerda su vida, la relación con su padre y nos muestra el nogal del jardín donde reposan para siempre sus restos.
Laia Vaquer es una escultora y fotógrafa que trabaja con su cuerpo como si fuera un paisaje: explica su obra, sus influjos, la relación que establece con la naturaleza del Matarraña y la complicidad que tiene con el fotógrafo Hugo Roglan, que es quien le toma las fotos. El librero y editor Octavio Serret, de Valderrobres, siempre quiso ser librero: es un animador cultural imprescindible de la zona, un defensor de la ‘paraula ebrenca’. Recuerda las actividades que se realizan con distintos colectivos, con editores y con sellos editoriales como March Editor especialmente.
La escritora Marta Momblant compagina la literatura en catalán con la dirección escénica: ha montado a Shakespeare y a otros autores en castellano, catalán o inglés. Momblant, desde la orilla del río Matarraña a su paso por Beceite, habla de sus libros: la pieza teatral ‘Fora de temps, fora de lloc’ (Fuera de tiempo, fuera de lugar) y de su novela ‘La venta de l’hereva’ (La venta de la heredera), que recibió el premio Guillem Nicolau y está centrada en la enfermedad de Alzheimer. Otro escritor, Andreu Subirats, un poeta catalán que reside en La Fresneda y que ha traducido a François Villon, habla de su poesía, de la importancia del paisaje en su obra y de sus viajes al Matarraña desde su juventud. Subirats es rapsoda y lee uno de sus textos en la entrada de la Antigua Fábrica Noguera.
El programa visita a dos músicos instalados en Calaceite: la arpista chilena Sofía Asunción Claro, para la que han escrito piezas varios compositores, y el flautista y compositor danés Lars Graugaard, que trabaja en algunas obras que se estrenarán en Nueva York en los próximos meses. Ambos buscan el silencio y la inspiración en esa villa llena de literatura y de historia.
El Dúo Recapte, formado por Mario Sasot (bandurria) y Antoni Bengoechea (rapsoda), interpreta dos temas de Héctor Moret (‘Paisatge’) y ‘La solicitud’ de Desideri Lombarte.
[Borradores. Aragón Televisión. Realización: Teresa Lázaro. Ayudante de realización: Yolanda Liesa. Producción: Arantxa Melero. Empresa de producción: CHIP. Redacción: Carlota Muñoz y Ana Catalá Roca. Dirección y presentación: Antón Castro. Se emite los martes, a las 0.55, y se redifunde los sábados a las doce de la mañana.]
Tomen nota, nuestro territorio ya tiene nombre definitivo: Territorio a medias. A medias entre cine y literatura, películas y libros.
Esta semana, por aquello de las casualidades, nuestro programa coincide con el lanzamiento de la nueva novela de Lorenzo Silva, Niños feroces (Destino). Hablamos de ella, y de otro libro situado en aquellos negros años del nazismo y la II Guerra Mundial, El comandante, de Jürg Amann (Tempus). Tendemos un puente al cine con el estreno de Arrietty y el mundo de los diminutos, basada en una serie clásica de libros de fantasía juvenil escrita por Mary Norton,Los incursores (Altea).
Niños feroces
Lorenzo Silva es uno de los escritores españoles con una trayectoria más sólida en la última década.
En 2000, ganó el Premio Nadal con El alquimista impaciente(Destino) y, desde entonces, ha publicado casi 30 libros entre novelas, ensayos, recopilaciones de artículos y literatura juvenil (los he contado dos veces, por si acaso).
Esta semana, se ha lanzado su última novela, Niños feroces(Destino), con la que, aparentemente, se suma a la moda de los argumentos narrados desde el presente pero relacionados con hechos de los años 30 a 50 del siglo XX.
Y uso el aparentemente con toda la intención. Niños feroces no es una novela de aventuras de corte sentimental. No lo es ni por tema, ni por la ambición literaria de Silva ni por la estructura y contenido del texto. Comparte con aquellas, eso sí, la capacidad de atraparte.
Lorenzo Silva ha explicado la escritura de esta novela en un vídeo que puede ver en este enlace.
En Niños feroces seguimos las andanzas –y las dudas– de Lázaro, un joven aprendiz de escritor, al que le cuesta dios y ayuda escribir historias largas.
Su mentor, un autor veterano, lo achaca a las consecuencias de tanto texto fragmentario que hoy se lleva. Los jóvenes lidian con blogs, Facebook, Twitter y SMS en los que a más letras, menor interés.
Lázaro, en cambio, está convencido de que lo que necesita es un gran argumento.
Y su maestro se lo regala.
Lázaro se convierte en testigo y narrador de las peripecias de Jorge García, otro joven madrileño como él, que en 1941 sale con la primera expedición de la División Azul a combatir a la Unión Soviética.
Acompañamos al joven feroz desde los campos de batalla de Krasny Bor, en Leningrado, hasta la caída de Berlín. Y hasta aquí puedo escribir, no les reventaré el final.
Lázaro hilvana la historia de Jorge con diálogos actuales y retrospectivos, lecturas de grandes autores sobre la guerra, algún viaje y vivencias relacionadas con conflictos de hoy, como la intervención española en Irak y Afganistán o las protestas del 15-M.
Silva mezcla con oficio la ficción, la historia y la documentación pura y dura con reflexiones sobre la literatura, el cine y la política.
Los personajes te conquistan y te interesan. Silva es un buen contador de historias. Las escenas de guerra –en Krasny Bor se enfrentaron 5.000 españoles a 44.000 soviéticos– sobrecogen y transmiten el miedo y la tensión de aquellos jóvenes enviados al matadero –entonces y ahora– por oscuros intereses.
Es una novela emocionante y bien trabajada pero que se frena un tanto en algunos diálogos, que suenan algo forzados, y por un exceso de detalles técnico-militares en determinados momentos. La escritura de Lázaro, el supuesto narrador, es demasiado rica y culta –algo antigua, incluso– para lo que se supone que es: un joven de hoy que aprende a escribir.
Hay, también, magníficos hallazgos. La estampa de un niño soldado alemán de 14 años, con un muñón por brazo izquierdo, aguardando en un agujero la entrada de los tanques soviéticos en Berlín, resume la historia: el chaval va a morir, lo sabe pero no le importa; sostiene impasible un lanzagranadas mientras a su alrededor todo se hunde. Morirá matando por nada. Como tantos otros niños feroces por los siglos de los siglos.

JULIÁN CASANOVAS 15/09/2011
Cada vez está más claro que nuestra riqueza nacional obtenida en los largos años dorados del boom inmobiliario no fue a parar a la educación. La educación, como podemos comprobar un día sí y otro también, no es una de nuestras glorias nacionales, a diferencia, por ejemplo, del fútbol o, hasta no hace mucho, de los toros. Y aunque los políticos suelen hablar de la educación, la mayoría de ellos no sienten ninguna devoción hacia ella y prefieren, por el contrario, estimular la ignorancia, la burricie y la estupidez.
Es un privilegio que no puede dejarse en manos de burócratas que desprecian a los profesores
La educación en España provoca mucho ruido y poco debate. En términos generales, nuestros políticos sienten atracción por el poder, la comunicación, es decir, salir mucho en los medios, y por sus votantes, aunque solo por los más fieles. Como para lograr todo eso no necesitan estudiar, sentir el amor por el conocimiento, la educación les trae sin cuidado. Hablan, eso sí, de formación, pero, en realidad, quieren decir preparación, adquirir crédito profesional a través de un título, ganar dinero fácil y con rapidez. La formación es otra cosa.
Como ocurre con casi todo en la vida, no hay una única y simple verdad sobre la educación, pero hay un acuerdo bastante básico entre los especialistas en señalar que la educación significa el desarrollo integral de los individuos más allá de la preparación profesional, algo que incluye necesariamente comprender la naturaleza de las cosas y el mundo que nos rodea. La educación es una guía imprescindible para captar los entresijos de la sociedad tan compleja que hemos creado. Conocimiento, respeto por las personas y ambición por ampliar los estrechos horizontes de la pequeña comunidad de vecinos, familia y amigos en la que cada uno habitamos. Esas son tres cualidades básicas de la educación.
Con el trasfondo de la cruda crisis económica y de las altas tasas de paro que padecemos, a muchos les gusta repetir hasta la saciedad que nunca ha habido una generación tan bien formada como los jóvenes en la actualidad, lo cual, vista la historia de España de la mayor parte del siglo XX, no significa gran cosa. Ese tópico, un lugar común bastante generalizado también en los medios de comunicación, en las tertulias y en la calle, es el resultado, por un lado, de la confusión entre preparación profesional, aunque sea chapucera, y formación; y por otro, de un desconocimiento agudo y preocupante de lo que significa la educación.
Una persona educada debe ser capaz de pensar y escribir con claridad, comunicar con precisión y pensar críticamente, algo que debería ser un requisito imprescindible para los estudiantes universitarios. No hace falta conocer mucho las universidades españolas ni ser un especialista en educación para comprobar lo lejos que estamos de esa primera y fundamental premisa.
Una buena educación, además, debe proporcionar una apreciación crítica de las formas en que obtenemos el conocimiento y la comprensión de la sociedad, conocimientos básicos de los métodos experimentales de las ciencias, de los logros sociales, artísticos y literarios del pasado, de las principales concepciones religiosas y filosóficas que han guiado la evolución de la humanidad. No se puede ser provinciano, solo del pueblo o ciudad donde uno ha nacido, sin aspirar a aprender de verdad otros idiomas, ignorando a las otras culturas o los hechos históricos que han contribuido a configurar el presente. La educación debería servir también, por supuesto, para adquirir especialización o formación profesional en algún campo de conocimiento. De una persona educada, en fin, se espera que tenga algún conocimiento sobre los problemas éticos y morales, en constante cambio, que pueda ayudarle a formarse un juicio sólido y elegir entre las diferentes opciones.
El salto de la mera preparación, de un conocimiento informado, a una apreciación crítica de las cosas, a la formación profunda, puede resultar una ambición inalcanzable, pero hay que perseguirla con ahínco a través del estudio continuo, del estímulo del hábito de la atención, del arte de la expresión y del pensamiento crítico. Desarrollar los poderes del razonamiento y del análisis no es algo que se estimule mucho entre nosotros, dominados como estamos por la mentalidad de los tecnócratas y de los corredores de Bolsa, que animan a obtener beneficios inmediatos, con un desconocimiento supino de lo que significa organizar la enseñanza a largo plazo.
La educación es un privilegio que no puede dejarse en manos de los burócratas, de los amantes de las estadísticas y del currículo, de quienes desprecian a los profesores y limitan su autoridad ante los alumnos, los padres y la sociedad en general. En los tiempos en que vivimos, rodeados de ordenadores y tecnología moderna, la información puede adquirirse sin demasiada dificultad. La educación necesita mucho más, aunque en España todavía no nos hayamos enterado.
Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.