LOGOI 46: AUTOAYUDA

 Los libros de autoayuda aparecieron, en su forma actual, por allá los sesenta del pasado siglo y tienen una vida, como es posible constatar si se visita cualquiera de las grandes librerías que aún quedan en las grandes ciudades o en pequeñas muy especializadas en toda clase de literatura exótica, esotérica u orientalista. Los autores gozan de una envidiable acogida y popularidad, que pone los dientes largos a más de un filósofo cuyos libros languidecen en los estantes hasta que son retirados. Aunque paradójicamente las ideas y conceptos usados de manera popular por los  primeros están razonados y estructurados en un trabajo sistemático más profundo en los segundos. Los libros de autoayuda son herederos de una especie de Readers Digest filosófico y espiritual de los cincuenta y suelen responder a un principio básico: lo que llamo “síndrome de la lista de propósitos de fin de año”. Una expectativa razonable pero improbable de conseguir cambiar algo de uno mismo simplemente leyendo o escribiendo lo que deseamos que ocurra. Algo así como el “Pensamiento mágico” a nivel psicológico: “basta con desear mucho alguna cosa para que suceda”.

Vaya por delante, antes de seguir, que respeto los libros de autoayuda, la mayoría son bienintencionados y están bien informados y escritos con un tono muy eficaz. Pero las palabras son elementos polivalentes cuyo significado varía constantemente según cómo, dónde, por quién o para qué son pronunciadas (o escritas). El payaso locuaz de cara blanca y sonrisa pintada, las llamaba un clásico. Solo el psicoterapeuta con experiencia, el psicoanalista atezado, el sabio discreto, saben cómo nos engañamos con las palabras. Cómo aún siendo justas y buenas son insuficientes. Cualquiera que haya practicado algunas de las disciplinas estoicas o budistas, o las meditaciones de los maestros  cristianos del desierto, sabe que la auténtica autoayuda no usa la palabra más que como “señal de tráfico”  o hito de sendero y que la tarea comienza cuando la palabra se hace silencio. Los cambios son difíciles, tediosos en su duración, desesperadamente progresivos, con bruscas caídas o retrocesos. No hay “atajos” a través de la lectura de los libros. Es como confundir el mapa con el territorio o el dedo que señala la luna con la luna. Lo siento, amigos “autoayudistas”, pero es así. Y ustedes lo saben.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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LOGOI 45: FORSTER

 Leo un delicioso compendio de charlas radiofónicas del escritor inglés  E.M. Forster en la BBC. De 1929 a 1958 Forster (que se ya se había labrado una sólida reputación como novelista con obras como "Howards End", "Una habitación con vistas" o "Pasaje a la India") realizó una serie de charlaas literarias con periodicidad variable, en las que hablaba de libros y autores con una singularidad: las emisiones se hacían en una frecuencia de radio especial porque iban dirigidas al numeroso público que escuchaba la BBC en la India, aunque algunas eventualmente, se podían emitir en la madre patria. Como  la escritora Zadie Smith (inglesa de origen jamaicano), admiradora incondicional de Forster y autora del epílogo del libro, considero que este autor "convirtió en credo la sinceridad personal y se forjó una carrera en la doblez. Fue conservador entre modernistas y sin embargo en cuestiones como pacifismo, clase, educación y raza, fue un progresista decidido". En las charlas es agudo, amable, ético sin encarnizarse,  no se tomaba la crítica literaria muy en serio e  insistía en los mismos temas esenciales de sus novelas: la libre y fluida comunicación entre las personas, las ideas, las naciones, el corazón y la cabeza, el corazón y el arte.. Sin eso las cosas nunca acaban de ir bien.

Me ha llamado la atención una frase donde se reflejaba su actitud hacia la literatura, los libros y los lectores: "las palabras intelectual e ignorante, son responsables de más sentimientos crueles y más pensamientos necios que cualquier otro par de palabras que conozco". Parece un tanto hiperbólico, excesivo. Pero pensemos un poco en ello. La persona que dice una  cosa así, muestra como escribe Zadie Smith, " inocencia y belleza, algo de debilidad y otro poco de pereza, incluso una pizca de estupidez ocasional". Justamente como somos la mayoría. Y también es humana, encantadora y divertida. Como muchos de los que lo leemos. Esas dos calificaciones, que dividen radicalmente,  suelen alterar de forma profunda las relaciones entre  las personas, pues hay elementos de humillación y de indignante soberbia que emanan de la habitual contraposición de esas dos palabras. Más que intelectual, yo pondría inteligente ignorante o erudito sin humanidad y más que ignorante podríamos hablar de falta de conocimientos culturales o de formación académica. El abismo que se abre entre los dos conceptos es profundo y agresivo. La tendencia a la manipulación social y política de esos términos es inmediata y al politizarse pueden convertirse en excusas para la violencia más brutal. El desprecio de los unos contra la violencia y el revanchismo de los otros los hemos visto desde la más negra noche de la humanidad primitiva. No es un asunto banal el que evoca la frase de Forster. Es complejo y evoca, por ejemplo, la distinción entre conocimiento y sabiduría, las diferencias sutiles entre el saber y el comprender, el significado de la educación, sus objetivos reales y sus manipulaciones pragmáticas, el análisis de la ignorancia,  las deformaciones de su significado y su origen como auténtico motor para el conocimiento. Recordemos que una de las frases nutricias de la filosofía el "sólo sé que no sé nada" socrático.-ALBERTO DÍAZ RUEDA.

        

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LOGOS 44: SILENCIO (II)

 El capuchino italiano Giovanni Pozzi, un erudito petrarquesco y humanista, catedrático de literatura italiana en la Universidad de Friburgo, autor de varios libros sobre el barroco italiano, se dejó seducir por la tentación mística con un librito inclasificable "Tacet" ( Ed.Siruela). Ya me ocupo del libro en sí en otro momento y lugar y  aquí, como una chispa reflexiva, comento una metáfora que cierra el librito denso y sugestivo del pensador italiano. Es apenas una página y media intitulada "Las estancias de la soledad y el silencio". Hay una relación obvia entre la soledad y el silencio, aunque uno puede estar solo y ensordecido por "sonidos" externos o internos. O puede estar acompañado por alguien  o en medio de los estruendos  de la multitud y llevar el silencio dentro de sí. Como Wittgenstein,  que en una sucia, ruidosa y peligrosa trinchera de la I Guerra Mundial escribió parte de su "Tractatus", una de las piezas filosóficas clave de nuestro tiempo. W. es emblemático en este tema,  pues cerró toda una etapa de su vida con la frase "de lo que no se puede hablar es mejor callarse" y se pasó seis años como maestro de escuela en una aldea de los Alpes austríacos, guardando un porfiado silencio filosófico y dejando la enseñanza porque quería unir soledad a su silencio.

Por eso a pesar de la lejanía filosófica que existe entre los autores clásicos chinos y griegos que mencionaba en el primer logoi  (36) dedicado al silencio, insisto en el tema debido a la sencilla pero cuidadosa metáfora que Pozzi usa: la celda y el libro son las  estancias del silencio y la soledad. Una unión posible pues la celda, estancia de la soledad,  "se encuentra en el centro del hombre, en el corazón que nunca duerme, vigilante en la escucha...una celda secreta donde se encuentra todo el bien que no es un bien particular, ese bien que siéndolo todo, no es ningún otro bien".  Mientras el libro, estancia del silencio, "es el depósito de la memoria, el antídoto para el caos del olvido, lugar donde la palabra yace, pero siempre en vela, dispuesta a acudir silenciosamente al encuentro de quien la necesite....repleto de palabras, calla". Soledad y silencio que se manifiestan de forma plena en el hombre que lee atentamente, absorbido por las palabras y las ideas y sensaciones que éstas le sugieren, resonando en el silencio. ¿Qué mejor parábola para ilustrar la soledad y el silencio en el individuo? Los que amamos a los libros y la lectura podemos confirmar esa especie de "comunión mística" entre nuestro cerebro (que abandona las demandas del Otro y se en-si-misma en su "no sufrir compañía")  y el libro que sostenemos entre nuestras manos y al que nos entregamos en un silente diálogo potencial que casi siempre es sólo una escucha que también reclama silencio. Soledad y silencio, el binomio complementario que místicos y filósofos de toda tendencia y condición han reclamado como escenario y condición creativa. Montaigne, Kant, Descartes, Pirrón, Marco Aurelio, Séneca, compartieron un estilo de vida que unía los dos elementos. Y somos legión los "lletraferits" que acogemos en lo más hondo del corazón esta observación final de Pozzi en su pequeño y sugestivo libro .- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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LOGOI 43:FANTASMAS DEL LIBRO

Leo un libro reciente sobre unas charlas radiofónicas del escritor inglés E.M Forster   (“Pasaje a la India”, “Howard’s End”, “Una habitación con vistas”, etc.). Charlas que emitió la BBC durante casi treinta años, con una temática variada pero preferentemente literaria. Mi reflexión de hoy no tiene que ver directamente con Forster, sino con una simple observación que el traductor, prologuista y editor español de este libro, Gonzalo Torner, hace respecto al momento histórico y social en que se emiten: poco antes, durante y después de la II Guerra Mundial.

Dice Torner, “La comunidad libresca…para haberse acostumbrado a vivir con cierta sensación de crepúsculo, provocado por muy diversos motivos: amenazas tecnológicas, decadencias intrínsecas, crisis de público, desánimos contables…Pero si tenemos en cuenta lo lejos de donde viene la tradición libresca…el enfermo parece gozar de una resistente mala salud. En tiempos de Forster también existía la proverbial amenaza fantasma tecnológica…se consideraba que la propia radio podía arrebatarle al libro su prestigio y la atención de los lectores…son los años del auge de la grabación y transmisión de novelas, obras de teatro y poemas…”.

De vez en cuando resulta salutífero e inspirador echar la vista atrás de la mano de alguien que vivía en ese pasado y nos habla de temores y alarmas  muy reales en ese momento. Hoy en día hemos superado los “fantasmas” amenazadores del cine, la televisión, los ordenadores personales, los teléfonos inteligentes  y el e-book. Se editan –en papel y en soporte electrónico – más libros que nunca, se siguen vendiendo, nacen y cierran editoriales y librerías y el mercado del libro de segunda mano sigue floreciente, con la incorporación genial de los establecimientos de la franquicia Re-Ready, libros a precio fijo, el mismo para todos (de 2 a 3 euros, según el número de ejemplares que se compren) que van apareciendo en todas las grandes capitales del país.

Mantengo relaciones de amistad, clientela y profesionales con múltiples libreros, editores, escritores y demás personajes del mundo del libro. En casi todos capto esa sensación un tanto amarga y apesadumbrada de “fin de época”. Tan semejante a la que se vive en casi todos los ambientes científicos y profesionales ante el cambio de paradigma que el progreso tecnológico y cuántico está causando.

Sin embargo no nos debe asustar la sensación de cambio irremediable, de pérdidas de seguridades y de costumbres enraizadas en el subconsciente. Como su propio nombre indica son “sensaciones”, son proyecciones de temores, pensamientos no sometidos a análisis y razonamiento, a información fidedigna y contrastada, Sombras con más carga emotiva que real. Hay que aceptar esa dinámica de cambio y tratar de ajustar el paso, abrir la mente y eliminar los prejuicios. La zona de confort personal no puede depender más que del equilibrio y armonía de tu mente. Y ese es el mejor bagaje instrumental para lidiar con el mundo nuevo que adviene, queramos o no, con sus propias luces y sombras. –ALBERTO DÍAZ RUEDA


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LOGOI 42: HUMANÍSTICA

 Leo un libro sobre la posibilidad de hacer renacer los valores de la Ilustración (s.XVII) en nuestra descreída época. Aquí en mi estudio, rodeado de libros, me siento cómodo y seguro. Es el escenario casi permanente de mi vida desde la primera juventud. Para mí, la vida marcada por los valores humanísticos, libertad, igualdad, conocimiento, solidaridad, compasión, es un principio absoluto. Pero cuando salgo de mi torre de papel, silencio y amor a la sabiduría (me siento cómplice de Montaigne) y miro a mi alrededor, no puedo impedir que me invadan los mil tentáculos de la tecnología omnipresente, la información incesante y manipulada, la persistencia de la podredumbre en los asuntos políticos o financieros, la ausencia de un mínimo respeto público a principios y valores que nos fueron enseñados desde la infancia, la vulgaridad como compañera soez de la inmoralidad...y la evidencia en imágenes y periódicos, películas y televisión, en la vida social de todos los días, de que todo eso no es invención de una mente atormentada, cargada de años y de temores: todo eso es el día a día en éste, y en otros países.

Los supuestos valores de la cultura humanística en relación con la percepción moral del individuo y de la sociedad del siglo XXI ¿han dejado de ser tales valores y se han convertido en "supuestos" cómodos y manipulables para uso de retóricos y ambiciosos defensores del statu quo? Quizá el estudio y la transmisión de la cultura sólo tengan un "significado marginal" (como escribía Steiner hace décadas), para uso de curriculums o simplemente un lujo exótico y moribundo, acogido conmiserativamente por la sociedad tecnológica como los últimos residuos de un camino equivocado o una actividad para afectados y ridículos sujetos que lo viven como una forma de coleccionismo.

Se ha levantado Zaratustra de su tumba filosófica para exclamar, cansado y derrotado, ""Ahora, prescindid de mí". No sólo no hemos aprendido nada sublime o bueno, sino que nos rendimos a la bazofia que nos dan y consumimos. Parece que hemos heredado aquello de que la humanística dejó de tener razón de ser cuando más de setenta millones de hombres, mujeres y niños fueron eliminados de la faz de la tierra por el hambre o la violencia, durante sólo treinta años, de 1914 a 1945. No es posible hacer poesía después de Auschwitz, dijo alguien herido en el alma.

Quizá como escribe (y vive)  Wittgenstein en su "Tractatus" o Broch en "La muerte de Virgilio", ha llegado la hora del silencio. O no. No debo ser el único que identifica la vida con la conciencia de cierta plenitud, de cierta expansión y realización de uno mismo. Sin esas características, que te la ofrecen los libros, los ejemplos de tantos, la evidencia de la sabiduría como forma de pensar, la vida pierde su justificación inmanente y deja de ser la gratificante "vida buena" que aún conmueve desde los estoicos griegos o los maestros taoístas de cuatro siglos antes de la era crisitiana, para convertirse en una existencia sin más razón de ser que su conservación pura y simple, vulgar y grosera. Anodina.

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LOGOI 41: EL CALLAR

 El explorador y editor noruego Erling Kagge ha escrito un  libro dedicado al silencio "en la era del ruido", Kagge cita a filósofos y escritores, reflexiona sobre el callar y sus efectos y, como es más un hombre de acción que un filósofo, lo que nos dice no nos da elementos nuevos o distintos para nuestra reflexión sobre el silencio, pero nos encanta porque comprendemos la profunda relación que este hombre tiene con ese callar que es más una escucha interior y un rechazo a la escucha de lo banal. Y lo primero que nos dice Kagge es que es preciso buscar un silencio que nos rodee (aunque en ocasiones es difícil) pero más importante aún es lograr captar "el silencio que llevamos dentro". Su libro nace precisamente de un intento de responder a tres preguntas que él mismo plantea: ¿Que es el silencio?;¿Dónde está? ¿Por qué es más importante que nunca?

A partir de ahí Kagge nos habla del miedo al silencio (quizá por el temor de que puede llevarnos a conocernos mejor a nosotros mismos). Más tarde define el silencio "como una idea, un sentimiento o una representación mental", para sostener  que el silencio interior, el que crea uno mismo, es el más cercano y efectivo. Y asegura con cierta ingenuidad: "Saber que nadie va a molestarme y saber porqué quiero estar a solas, es un lujo. Y añade : "Aislarse del mundo no consiste en dar la espalda al entorno, sino en lo contrario: en ver el mundo con un poco más de claridad, mantener un rumbo e intentar amar la vida". Aunque reconoce que a menudo el silencio y la completa soledad aburren (hay cierta contradicción en algunas de las vivencias y reflexiones de Kagge) y dice: "No es fácil permanecer ocioso cuando no pasa nada, cuando reina el silencio y estás solo. Prefiero hacer algo antes que llenar el silencio conmigo mismo". Y cita a Pascal: "Cuanto de malo le sucede a los hombres procede de una única cosa...no saber quedarse quietos en una habitación".

Kagge sigue un rumbo errático en su libro y va pasando de los efectos del "bucle de la dopamina" al miedo a la muerte por la sensación de "no haber vivido" la existencia con la intensidad y provecho que merece. Después de fustigar el aburrimiento y el tedio, Kagge nos asegura "que sería mejor aburrirse más a menudo"  para acabar aduciendo que aunque el silencio es un lujo, el sector en crecimiento permanente del lujo  no sabe valorarlo. El autor coquetea con los libros de autoayuda, aunque el suyo no lo es, y nos dice"el silencio consiste en redescubrir la alegría de tomarnos una pausa" y se refiere a la esclavitud virtual que tenemos con las pantallas desde el móvil al ordenador o la tele, citando a Heidegger que, al parecer, dijo muy proféticamente que "vamos a renunciar a la libertad en nuestro afán por usar la nueva tecnología". Más tarde nos hablará de la cultura clásica cuando se creía que "los misterios de la vida se hallaban en el silencio", surgirán Platón y Aristóteles y al final Wittgenstein , Kant o Oliver  Sacks, cogidos un poco por los pelos. Pro, da igual, les hablo de este libro para invitarles a reflexionar. Y para ello turbo con las palabras su silencio interior. ¿Paradójico? -ALBERTO DÍAZ RUEDA

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LOGOI 40: LACARTA

 En noviembre de 2012 envié una carta a un amigo muy cercano (que ya no existe). La copia ha aparecido, ¿casualmente?,  entre las páginas de un libro de Cioran, un desesperado de la filosofía, que ojeaba al azar. Copio un par de párrafos:

"Quisiera diseñar una ética para sobrevivientes. ¿Por dónde debería empezar? Leí ayer en Primo Levi que la necesidad de vivir es la única norma aplicable cuando las demás normas éticas ya no existen. Entonces pienso que somos unos llorones inveterados. Unos niños privilegiados y  ya mayorcitos, cuyo único pesar verdadero es no haber podido crecer por dentro, sin poder, al tiempo, mantener la ingenuidad y la decencia. ¿Por qué no podemos disponer de esas muletas tan útiles que utilizan los demás: la religión o una presunta vía espiritual, el respeto a los vínculos, la aceptación de la mediocridad, el egoísmo sin lucidez, la estupidez en cualquiera de sus múltiples formas, el amor al becerro de oro, la literatura como herramienta y justificación, el pragmatismo mezquino, la pedantería como escudo, un poco de resignación bovina, algunas ilusiones de usar y tirar, la tontería igualitaria y democrática? Todo eso que nos reconcilia con un Otro que siempre nos es ajeno, cuando no hostil y al que con gusto ninguneamos, aún siéndonos propicios, a cambio de una simple gota de de identidad verdadera, esa flor agostada que yace bajo el nombre, los apellidos y el currículum. Y, al mismo tiempo, tan remisos y cobardes para aceptar ese mandamiento del "déjalo todo y sígueme". Quizá porque sospechamos que no es más que una entelequia, una trampa intelectual disfrazada de nobleza que está destinada a darnos una falsa brizna de esperanza...

...Amigo, no tenemos remedio y escribir esto sólo es un remedio tramposo para evitar, una vez más, una acción. ¿La de vivir sin preguntas?¿Acompañar la lenta degradación del cuerpo en un viaje lleno de concesiones y temores? ¿Nos queda alguna gota de dignidad? Me niego a aceptar las mentiras cómodas. No creer en ningún Camino quizá sea el inicio de un Camino. Lo que no está claro es hacia dónde."

Y terminaba la carta así: "Te escribo una madrugada de invierno de un siglo joven  que no veremos finalizar ninguno de los dos. Sigo percibiendo, muy en el fondo del mí-mismo, esa llamita endeble pero persistente que siempre me ha alimentado de un extraño anhelo y que en su forma ocasional de una voz interna nos ha acompañado, tanto a tí como a mí, desde niños,  aunque nunca le hicimos demasiado caso (y así nos fue, en estas "vidas paralelas" que hace más de dos decenios descubrimos que compartíamos). Intuyo que es la responsable de este nuevo invierno de mi descontento y que lo ha sido también de los raros momentos de plenitud que he tenido. Vaya lo uno por lo otro. Quisiera acercarme a ella sin tanto ruido y tanta furia. ¿Sabes cómo se hace eso? Te pregunto porque llevas muchos más años que yo viviendo este desconcierto cíclico... "

Mi amigo se fue de la vida sin haber descubierto ese atajo a la luz. Yo he dejado de buscarlo y , paradójicamente, a veces creo que estoy más cerca de ella de lo que nunca había estado.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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LOGOI 39: IRISH

 Ayer volví a visitar "Irish" la película biográfica que Richard Eyre dedicó a la escritora Iris Murdoch, con un formidable terceto de actores: Kate Winslet y Judi Dench dando imagen de la juventud y la desdichada vejez de la escritora y Jim Broadvent prestando su físico inigualable de bondad e inteligencia a John Bayley, el marido y compañero de Irish durante más de 40 años. Precisamente en el libro de éste "Elegía a Irish" de 1999, se basa el guión de la película (un libro y un guión ligeramente manipulados al parecer por Bayley debido seguramente a que para esas fechas era una persona muy mayor y olvidadiza, y no había olvidado los disgustos y problemas que le causó cuidar a Irish durante sus últimos años, derruidos por el Alzheimer) Este año se cumple el centenario del nacimiento en Dublin de Irish.  Fue una joven provocadora, libre sentimentalmente hasta el extremo (entre sus amoríos más sonados está la relación con el judío Elias Canetti, que no la trata muy bien en sus memorias) sumamente inteligente y brillante en sus novelas y ensayos. Recuerdo con placer la lectura reciente de "El fuego y el sol", un ensayo sobre la paradoja de un Platón que ansía la Belleza y al mismo tiempo destierra a los artistas como un peligro en la búsqueda de la Verdad. Y, en novela, "Bajo la red", su primera novela, no la mejor desde luego, rescatada por Impedimenta el pasado año por la proximidad del centenario, supongo. En ella, una especie de "Ulises" con Londres como escenario y un protagonista que lo recorre como si fuera un Bloom más joven y desorientado, una mezcla de Tom Jones y de David Copperfield, nos muestra con ojos de pícaro las calles, rincones, pubs y gentes de un sucio Londres recién salido de la guerra, bohemio, desternillante, promiscuo y escasamente moral. De aquella lectura saqué una notas que dejan bien clara la calidad intelectual de Irish: "Toda teorización es una huida. Debe dirigirnos la situación en sí, y eso es inexpresablemente concreto. Desde luego, es algo a lo que nunca podemos acercarnos lo bastante, por mucho que intentemos, por así decirlo, meternos bajo la red". ¿De qué red habla Iris y su personaje? Del lenguaje, por supuesto. Algo que vemos en este otro fragmento de diálogo entre dos personajes de la novela: "Hay situaciones que no se pueden desenredar nunca-dijo Hugo- tienes que dejarlas a un lado. Tu problema, Jack,  es que quieres comprenderlo todo con empatía y no puede ser. Uno debe andar a trompicones aunque se equivoque. La verdad reside ahí. -Oh, al infierno la verdad... Las acciones no mienten; las palabras siempre...pero ya veo que todo ha sido una alucinación." (pág. 311). Y más adelante: "¿Cuándo conocemos a un ser humano? Tal vez sólo cuando uno ha comprobado la imposibilidad de conocerlo y ha renunciado al deseo de ello y al final ni siquiera siente su necesidad. Pero lo que uno consigue ya no es conocimiento, es simplemente una especie de coexistencia; y esa es también una de las máscaras del amor". (pág. 325). Y en otro lugar añade: "solo hay una cosa que haga a una mujer perdurar y es la inteligencia". o "encontrar a alguien inagotable es la definición del amor".

Pienso que la inteligencia como elemento básico para "perdurar" es necesario pero no suficiente. En estas cosas el azar, la oportunidad y el "kairós" o "momento adecuado" tienen mucho que decir, según afirmaba el viejo Epicuro basándose en Aristóteles nada menos. Y esto es válido para hombres y mujeres (sólo que éstas últimas también necesitarán superar los prejuicios ancestrales en contra). Y en cuanto a la "inagotabilidad" (lo siento por los "machos alfa"), no se refiere a la sexual, sino a la genuinamente basada en el intelecto, la sensibilidad, la empatía (del griego empathéia: capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos): , la creatividad, la generosidad y la compasión. Miren a su alrededor y si ven a alguien que tenga ese tipo de inagotabilidad, no le dejen que desaparezca de su vida. Hay muy pocos seres humanos así.-ALBERTO DÍAZ RUEDA


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