LOGOI 11: ESCULPIR EL SÍ MISMO

Desde los pitagóricos y Sócrates a los epicúreos, de Marco Aurelio a Epicteto, de Wittgenstein a Kant, desde Foucault a Onfrey, pasando por Ortega, María Zambrano o Emilio Lledó y haciendo una parada en Unamuno, Nietzsche, Sloterdijk, Pierre Hadot  o François Jullien, incluidos Kierkegaard o Schopenhauer, en algún momento de todas estas lecturas, tan diferentes entre sí, a veces francamente opuestas o contradictorias, hay una mención al sí mismo, a la perentoriedad ética y pragmática del "Nosce te Ipsum" ("Conócete a tí mismo") y como  complemento dinámico esencial, la premisa conductual de que uno debe esculpir el propio si-mismo: es una obligación moral, es la coherencia absoluta con el pensamiento más noble de la filosofía que todos ellos practican. En todos, raramente a la misma edad o periodo de la vida, casi con preferencia cuando uno navega ya por los mares menos tormentosos de la madurez y la vejez se insinúa con la merma del vigor y la presencia aguda y maliciosa del cansancio y el escepticismo, en todos hay huellas del desaliento de saberse lejanos de los modelos que alguna vez ansiaron personificar. Sin hablar de filósofos, extendiéndonos a personas corrientes, aquéllas con una cierta lucidez y honestidad, las que buscan o ansían una "metanoia", un cambio interior, un retorno a un sí mismo original, equilibrado y sabio, se dan los mismos síntomas de desaliento pues dudan poder esculpir esas características en el cansado yo. Un yo que siente continuamente el pesar de no haber obrado en su vida hacia  la "aristós", la excelencia,  esa virtud ejecutiva que solo aparece tras la acción correcta y desinteresada. Es la nostalgia del ser que no es deudo de sus pasiones o de sus carencias, del ser que sólo supieron implementar, llevar a cabo, y en contadas ocasiones, los más afortunados. Viene esta reflexión ante la sorprendente cita de unos versos de Quevedo que encabezan un capítulo de "El surco del tiempo" de Emilio Lledó: "Reina en ti propio, tú que reinar quieres//pues provincia mayor que el mundo eres". El jocoso don Francisco sabía usar el estilete estoico con la pericia de un cirujano de almas. El dominio de sí no es un juego de celda monástica o de torre filosófica. Es un desafío cotidiano...pero desmesurado, pues nuestra mente tiene la complejidad y la "extensión" de un mundo. Y al tiempo, es un empeño de lo más noble que anida en el ser humano.
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LOGOI 10: LA MEMORIA

El filólogo, filósofo y profesor Emilio Lledó nos habla en uno de sus sugerentes ensayos de la historia del encuentro entre Thamus rey mítico de Egipto y el dios Theuth, inventor de técnicas para facilitar la vida a los hombres. Entre otras, los números, el cálculo, la geometría, la escritura y la lectura. Esta última, definida como "fármaco de la memoria", no convence al monarca, que larechaza pues asegura que fomentará el olvido y "la falsa sabiduría". Se trata de un mito que Platón nos presenta en su Fedro y, de alguna manera, es defendido por Sócrates (que dio buena prueba de ello con su rechazo a escribir nada sobre sus ideas, aunque parece que si permitió que otros lo hicieran). Lledó parte de ese mito para defender la lectura y sobre todo la perentoriedad de conservar la memoria: la lectura crea el soporte técnico para facilitar la renovación de la memoria, de donde surgen los elementos básicos que constituyen la vida personal y social del ser humano, a pesar de que seamos como decía Píndaro, el "efímero sueño de una sombra". Y esa lectura, da igual el soporte que use, resulta esencial en una época, la nuestra, en la que prevalecen las imágenes. Por ello Lledó termina su libro "El surco del tiempo" con un párrafo que adjunto para incitarles a la reflexión: "...la lectura, el cultivo de las letras, la recepción de la tradición escrita, tiene o tendría que ser el alimento constitutivo de la mente. Cegarnos para esa visión de las "voces" que iluminan el horizonte de la cultura sería algo parecido a la muerte: el imperio implacable del olvido...levantado sobre unos ojos que no ven ya el mundo...porque han perdido, inundados de imágenes, la capacidad de reflexionar, de abstraer, de pensar y, por supuesto de vivir". Advirtamos en torno nuestro algunos síntomas preocupantes de ese potencial Alzheimer que amenaza nuestro futuro.
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LOGOI 9: LECTORES

La escritora norteamericana Edith Wharton, 1862/1937, autora de la soberbia novela "La edad de la inocencia" (llevada al cine por Scorsese en 1993), además de una mujer desdichada (las poetisas y narradoras, lamentable y curiosamente, suelen tener biografías más tristes y dramáticas que sus colegas masculinos) fue una ensayista inteligente y sutil. El fenómeno de la lectura y las clases de lectores es cuestión que no escapa a su perspicacia. Les dedica un artículo largo en la North American Review,  en el número de octubre de 1903, con el título de "The Vice of Reading". El paso del tiempo ha matizado sus opiniones, como no podía ser de otra forma (en solo este siglo ha cambiado el mundo de la lectura, la edición y los lectores, más que en el tiempo pasado desde la aparición de la imprenta) pero no las han condenado al baúl de los recuerdos. Sigue habiendo lectores aquejados del "vicio" de la lectura y entre ellos hay clases, paradojas, exageraciones y hasta patologías. Como dice la Wharton ya en el comienzo: "Ningún vicio es más difícil de erradicar que el que se considera popularmente una virtud". Y más adelante entra en harina asegurando: "Hay algo peculiarmente agresivo en la actitud virtuosa del lector que lee por sentido del deber". Y añade: "la lectura volitiva -la que busca una utilidad, un reconocimiento, una hazaña intelectual, el incienso de los que admiran la cantidad de libros supuestamente leidos  sobre la cualidad intima de la lectura-  no es lectura, al igual que le erudición no es cultura". Y añade: la lectura verdadera es una acción refleja...el lector nato lee de forma tan natural como respira...cuanta más meritoria se considera la lectura más estéril se vuelve". Deberíamos pensar en un poco en estas desafiantes y  discutibles afirmaciones, trasladando la reflexión, por supuesto, a nuestro tiempo. No es una reflexión inútil u obsoleta. ¿Qué tipo de lecturas suele usted efectuar? ¿Tiene alguna razón de ser en el siglo XXI el sujeto que se escuda tras una nutrida biblioteca sin conocer realmente la mayor parte de los títulos que atesora? ¿Es que ser un lector "vicioso" tiene algún tipo de reconocimiento social todavía? El hábito de confundir el juicio moral con el intelectual, o la amoralidad con la inmoralidad en las lecturas  ¿no debería evitarse con distinguir entre la tendencia general de un libro -su valor técnico e imaginativo global- y sus elementos meramente episódicos? Hace cien años se condenaba el "Ulises" de Joyce o la "Lolita" de Nabokov por razones morales. Estas cosas ya no ocurren. Pero ahora la mayoría de los lectores-espectadores ha perdido la sutilidad ética y se pierden por el "otro" extremo. Ignoran donde están los límites. Han perdido los puntos de referencia, la escala de valores. Por eso es difícil encontrar una obra -de ficción– que tenga el sabor a "clásico" que tenían algunas pocas en otras épocas. Entre otras razones porque el lector "mecánico" convive con críticos "mecánicos" y los juicios y análisis que recibe tienen tan poca sustancia como sus propias opiniones. La "doxa" (opinión) reina sobre la "episteme" (conocimiento) y ambas ignoran a la "sophia" (sabiduría).
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LOGOI 8: RUMORES

El maléfico rumor está emparentado con la "posverdad", es decir la mentira elevada a verdad por aquello de que una falsedad divulgada por cien  personas  en un día, se agota pronto, pero una divulgada y leida por miles o millones de personas  durante dos semanas, se convierte en  una verdad que no necesita pruebas (véanse los trabajos de ciertos medios de comunicación y  vividores de la política  -que no políticos, en el sentido noble y aristotélico de la palabra- en la llamada "cuestión catalana").  El soberbio Shakespeare cuya lucidez humanística parece ganar solidez con los siglos, dice esto sobre el rumor en "Enrique IV":  "...es una flauta donde soplan los recelos, las sospechas, las conjeturas, y tan sencilla y fácil de tocar para ese monstruo...de cabezas innúmeras, la multitud, eternamente discordante y bullidora, puede hacerla resonar...y las lenguas del rumor llevan consigo los dulces consuelos de las mentiras, peores que las verdaderas desgracias". Por favor, apliquemos un poco de honestidad, lucidez y sentido común al casi desconocido arte de negociar en política. No alimentemos la decadencia ética de este triste y desorientado país que va careciendo cada vez más de conciencia cívica. 
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logoi 7:ALAIN

Encontré el libro de Alain "Sobre la felicidad" (Alianza de bolsillo) el día que cumplí 20 años, paseando por la librería del Drugstore del Paseo de Gracia. Estuve toda la noche leyéndolo y por la mañana, medio dormido, asistí en la Facultad a la clase de Filosofía del Derecho y escuché a don Enrique Luño Peña, el cátedro, citando a Lucrecio, "De rerum natura", Platón, Hobbes y Hegel, pero, de pasada, mencionó a un filósofo francés de segunda fila, Alain, al que definió como un "maestro del sentido común" que, como todo el mundo sabe desde que lo dijo Jaime Balmes, es el menos común de los sentidos. En aquella época no había oído hablar de la "sincronicidad" de Jung, así que me pareció una curiosa y prometedora coincidencia. Alain escribía ensayos diminutos, de una o dos páginas sobre todo tipo de temas y era adorado por los universitarios franceses que no paraban de romperse las narices mutuamente a causa de Sartre y Camus, mientras las cosas se iban poniendo tan feas en Francia que propiciaría el estallido de mayo del 68. Alain, pseudónimo de Emile-Auguste Chartier se llevó la peor parte del siglo XX, murió en 1951, con 83 años., periodista, profesor, pacifista, tras una labor docente muy destacada en la que enseñó a alumnos que luego serían más conocidos que él (Raymond Aron y Simone Weil entre otros), qué es el pensar y cómo se practica, más que la historia de la filosofía y los sistemas de los grandes del pensamiento. Y les sugirió que ningún motivo más adecuado para ejercitar su pensamiento que tratar de estar satisfechos con lo que hacen, piensan y dicen y sobre todo con lo que acaece y les preocupa: si tiene solución, para qué preocuparse, piensa en encontrarla. Y si no tiene solución, para qué preocuparse, piensa en protegerte y buscar el mal menor. Para Alain los problemas tienen dos asas por donde agarrarlos, es insensato hacerlo por el asa que te hace daño. Y aconsejaba con una sonrisa de complicidad: "observad que en la vida los cambios no tienen fin. Algunas veces para mal. Eso no debe entristeceros, pues la tristeza engendra tristeza, la tensión y el rechazo agravan los males: si os quejáis del destino aniquiláis la esperanza de mejora espontánea y además acabáis con dolor de estómago o de cabeza. Hay que ser bueno y paciente con uno mismo ya que a menudo el curso de las cosas depende de la primera actitud que adoptáis." Alain era una especie de Epicteto injertado en Epicuro y hermanado con Sócrates y Pirrón. Para mi fue un maestro y una inspiración.
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