El próximo sábado 12 de agosto, Julian Casanova nos presenta "La venganza de los siervos, Rusia 1917" en #llibreriaserret !!!

 

La venganza de los siervos

Rusia 1917
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Julián Casanova

Editorial: Editorial Crítica

 

El libro sobre la Revolución Rusa que mayor expectación ha generado

Se cumplen cien años de las revoluciones de Rusia de 1917. No hay explicaciones simples para los grandes acontecimientos, y lo ocurrido en Rusia en 1917 pertenece a esa categoría, con un enorme impacto en todas las esferas de la vida de sus ciudadanos. Ningún aspecto de su sociedad, economía, política o cultura quedó intacto. La dinastía Románov desapareció de la noche a la mañana. Unos meses después, los bolcheviques tomaron el poder, en el cambio más súbito y amenazante que conoció la historia del sigloxx. Ahí reside la relevancia de esa doble revolución, de febrero y de octubre de 1917, que sucesivamente derribó al régimen zarista y al gobierno provisional de Alexander Kérensky: en uno de los países más grandes del mundo, el poder pasó en un periodo muy corto de tiempo de una autocracia tradicional a las revoluciones marxistas. El capitalismo y el mercado desaparecieron e instituciones básicas e históricas como la familia o la religión sufrieron una profunda transformación. El Estado que salió de la revolución bolchevique, y de su triunfo en la guerra civil posterior, desa ó a aquel mundo dominado por los imperios occidentales, al capitalismo y, muy pronto, también a otro nuevo actor, al fascismo.

La historiografía reciente, enriquecida por decenas de estudios locales, la microhistoria y la apertura de archivos, subraya que los acontecimientos en Rusia formaron parte de un «continuum of crisis», de un proceso de crisis constante. Ese es el reto, fascinante y complicado a la vez, de captar y sintetizar, en apenas doscientas páginas, las decenas de miles, imprescindibles, que se han escrito por diferentes especialistas.

Julián Casanova Ruiz (Valdealgorfa, Teruel, 1956) es un historiador español. Es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.1

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EL PAIS: TRIBUNA: Gobernantes fosilizados e indignación popular por Julian Casanova


TRIBUNA: JULIÁN CASANOVA

Gobernantes fosilizados e indignación popular

 

JULIÁN CASANOVA 16/03/2011             


 Suele pasar a veces en la historia. La tranquilidad es aparentemente absoluta. Los grandes poderes y la diplomacia internacional no contemplan disturbios o alteraciones sustanciales del orden. Y, de repente, por causas casi inexplicables, llegan noticias de revueltas, crisis de autoridad y serias amenazas de inestabilidad que cogen a todos por sorpresa. Los acontecimientos van más deprisa que las explicaciones que de ellos pueden darse y el entusiasmo inicial se evapora ante las dudas e incertidumbres generadas por la protesta. ¿Qué está ocurriendo en el mundo árabe?
 
 

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La posible victoria de Gadafi constituirá una humillación para la democracia

El parque nuclear español no muestra síntomas de agotamiento técnico

Las raíces del conflicto parecen estar, si aceptamos, con la necesaria precaución, las noticias que los propios protagonistas y observadores nos proporcionan, en la tensión creciente entre un sector de la sociedad que se ha modernizado y ha accedido a la cultura y unos gobernantes fosilizados que se aferran al poder absoluto en vez de ensanchar su base política. No es el hambre ni la desigualdad las que lo causan, aunque la carestía de productos básicos y la mala distribución de la riqueza están en el telón de fondo de las revueltas. Lo que sale a la superficie es la indignación moral frente a unas autoridades corruptas que exhiben su autoridad personal y opulencia y se refugian en el pasado para eludir los cambios. Numerosos grupos de la población les han perdido el respeto y la reverencia y no soportan que legitimen más su autoridad en principios religiosos o en mitos del pasado.

Esos grupos que se rebelan, jóvenes fundamentalmente, han optado por dejar el acomodo rutinario en el que se habían instalado sus mayores, por resistir abiertamente, una actividad sumamente peligrosa en esos países. Han dado el arriesgado paso desde la mera supervivencia a la resistencia, desafiando a la autoridad y a sus instituciones represivas. Consiguieron sus objetivos en Túnez y Egipto, con la caída de Ben Ali y Hosni Mubarak, abrieron las puertas a la movilización en otros países como Yemen, Jordania o Argelia y se han topado en Libia con un Estado más represivo y más dispuesto a suprimir las protestas con métodos violentos.

Cabe la posibilidad de que en este escenario de cambio y rebeldía inaugurado en Túnez apenas hace unas semanas, algunos gobernantes hagan concesiones que sean suficientes para acallar durante un tiempo las posibles movilizaciones y resistencias. Lo que está ocurriendo en Libia, no obstante, merece especial consideración. Que haya surgido una protesta tan abierta y enérgica frente a un dictador como Muamar el Gadafi es un lujo que pocas veces está al alcance de las clases subordinadas.

Pasado el regocijo y entusiasmo inicial, las fuerzas rebeldes se encuentran ante una montaña casi imposible de escalar, a no ser que la intervención internacional les empuje. Estados Unidos y las potencias europeas saben lo difícil que es levantar ahora y consolidar después una alternativa democrática a Gadafi porque son ellos mismos lo que, con su apoyo al dictador, han evitado durante décadas ese camino. Pero tampoco es necesario esperar a una matanza masiva de civiles, algo muy probable si la resistencia no encuentra auxilio de forma rápida, para cambiar el rumbo y poner en marcha medios extraordinarios que puedan derribar al tirano y a sus servidores.

Además de la represión, sufrimiento y miseria que va a provocar sobre cientos de miles de personas, la posible victoria de Gadafi constituirá una humillación para la democracia. Sería un malísimo ejemplo que quienes quieren parar el reloj de la historia encuentren todavía más gloria, poder y opulencia a costa de sus víctimas. Hasta ahora, visto lo ocurrido en Túnez y Egipto, el objetivo fundamental de la protesta era suprimir los rasgos más opresivos del sistema. Eso no es posible en Libia, donde los mecanismos de represión de la dictadura no solo van a contener la rebeldía, sino que pueden ocasionar una masacre.

Parece normal que los que vivimos en los países ricos tengamos temor a que todo ese viejo orden, que nos da petróleo y una supuesta estabilidad frente al radicalismo islamista, se desmorone. Menos lógico resulta, sin embargo, que con lo caras que están la libertad y la democracia, con lo que nos costó conseguirlas y mantenerlas en Europa y en Estados Unidos, no tendamos la mano a quienes lanzan su rebeldía, su indignación moral, frente a gobernantes fosilizados que se refugian en la fuerza para perpetuar sus privilegios. Como la protesta no es obra de agitadores, ni se trata tan solo de la frustración de expectativas materiales, va a ser difícil que vuelva la tranquilidad, los buenos tiempos en que los autócratas pisaban con descaro la dignidad de sus pueblos sin miedo a la resistencia. Es un buen momento para acabar con ese despotismo, justo cuando sus propios súbditos se atreven a desafiarlo. La historia no suele dar tantas oportunidades.

 

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

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Agustí Bertomeu i Baltasar Casanova presenten avui a Deltebre la segona edició de Vocabulari de boca

 

Ajuntament de Deltebre
Presentació de la Segona Edició de "Vocabulari de Boca"


L'Àrea de Cultura informa que aquest divendres 18 de febrer a les 20:00 h. i a la Sala Ramon Calvo (Antic Sindicat) tindrà lloc la presentació de la segona edició de Vocabulari de boca, d'Agustí Bertomeu i Baltasar Casanova.

En lo mateix acte Josep Mª Bonet i el seu grup actuaran presentant el segon CD que han gravat, titulat Cowboys del Delta, en cançons originals del mateix Josep Mª Bonet, de Josep Bo i d'Enric Panisello, acompanyats pels músics Pau Casanova, Roger Arteaga i Jennifer Figuerola.

La presentació anirà a càrrec d'Artur Gaya (Quico el Cèlio).


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EL PAIS: El ansiado olvido TRIBUNA: JULIÁN CASANOVA


El ansiado olvido

 

 

TRIBUNA: JULIÁN CASANOVA

 

JULIÁN CASANOVA 06/02/2011


 Decía el embajador estadounidense en Chile, en un cable confidencial enviado a Washington a comienzos de 2007, poco después de la muerte de Pinochet, que los chilenos miraban con menos rencor al pasado, a su dictadura, que los españoles a la de Franco. El comentario, aunque superficial y bastante inexacto, puede servir para introducir algunas observaciones de historia comparada, de similitudes y diferencias entre ambas dictaduras, y sobre la forma en que son recordadas.
 
 

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Chile tuvo su Comisión de la Verdad; España no hizo nada por las víctimas de Franco

Pinochet aprendió muchas cosas de Franco. El dictador chileno, como antes había hecho el español, intentó imponer una visión histórica que legitimara la necesidad del golpe de Estado y lo presentara como salvador de la nación. Durante sus dictaduras, Franco y Pinochet festejaron el 18 de julio en España y el 11 de septiembre en Chile como un mito fundacional de "salvación nacional" frente a la revolución marxista. Esa versión oficial, establecida a partir del control de la educación, de la censura y de la persecución a quien se oponía públicamente, generó políticas de desinformación y de manipulación de la historia, muy difíciles de combatir durante las respectivas transiciones a la democracia.

El golpe de Pinochet, el 11 de septiembre de 1973, no provocó una guerra civil y su dictadura, de 17 años, duró 20 menos que la de Franco. Después de miles de asesinatos y de violencias masivas de los derechos humanos, ambos dictadores gozaron de amplios apoyos entre sus ciudadanos. Franco murió en la cama y nunca tuvo que preocuparse de responder a cargos sobre crímenes contra la humanidad. Pinochet sobrevivió 16 años a su Gobierno autoritario y su arresto en Londres, en octubre de 1998, abrió en Chile una profunda discusión sobre el pasado, en la que afloraron con toda su crudeza las historias y memorias enfrentadas de militares y de familiares de los desaparecidos y víctimas de la represión.

El legado de los crímenes de las dos dictaduras se abordó de forma muy diferente en los dos países. En España, tras la Ley de Amnistía aprobada el 15 de octubre de 1977, el Estado renunciaba a abrir en el futuro cualquier investigación judicial o a exigir responsabilidades contra "los delitos cometidos por los funcionarios públicos contra el ejercicio de los derechos de las personas". Bajo el recuerdo traumático de la guerra, interpretada como una especie de locura colectiva, con crímenes reprobables en los dos bandos, y el del miedo impuesto por la dictadura, nadie habló entonces de crear comisiones de la verdad que investigaran los miles de asesinatos y la sistemática violación de los derechos humanos practicada hasta el final por Franco y sus fuerzas armadas.

En Chile, por el contrario, y pese a que la democracia, bajo la vigilancia y el corsé impuesto por el tirano todavía vivo, no pudo derogar la amnistía que se habían concedido los propios militares con la Ley de 1978, el primer presidente democrático, Patricio Alwin, decidió establecer una Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación. No se podía llegar a la reconciliación nacional, pensó Alwin, sin antes conocer y reconocer a los desaparecidos y víctimas de la violencia de las fuerzas armadas. Formada, bajo la presidencia del prestigioso jurista Raúl Rettig, por expertos en derechos humanos, pero también por partidarios de la dictadura, como el historiador Gonzalo Vial Correa, la Comisión entregó su informe, de 1.350 páginas, el 8 de febrero de 1991, menos de un año después del encargo oficial.

El informe Rettig, interpretado por los militares chilenos como un ataque a su honor y dignidad, fue un hito en el proceso de reconstrucción de la democracia y de la memoria colectiva. En España, durante la transición, y en la larga década posterior de Gobiernos socialistas, no hubo políticas de reparación, jurídica y moral, de las víctimas de la guerra y de la dictadura. No solo no se exigieron responsabilidades a los supuestos verdugos, tal y como marcaba la Ley de Amnistía, sino que tampoco se hizo nada por honrar a las víctimas y encontrar sus restos.

Por eso, no resulta sorprendente que cuando comenzó a plantearse entre nosotros, por fin, casi tres décadas después de la muerte de Franco, la necesidad de políticas públicas de memoria, como se había hecho en otros países, apareciera un enérgico rechazo de quienes más incómodos se encontraban con el recuerdo de la violencia, con la excusa de que se sembraba el germen de la discordia y se ponían en peligro la convivencia y la reconciliación. Acostumbrados a la impunidad y al olvido del crimen cometido desde el poder, se negaron, y se niegan, a recordar el pasado para aprender de él.

Para muchos españoles, el rechazo de la dictadura y de las violaciones de los derechos humanos no ha formado parte de la construcción de su cultura política democrática. Y por eso tenemos tantas dificultades para mirar con libertad, conocimiento y rigor a las experiencias traumáticas del siglo XX. Parece que estemos en un eterno debate y, en realidad, seguimos rodeados de miedos y mentiras. Y, lo que es más importante para el futuro, sin claras políticas educativas y culturales sobre los derechos humanos.

 

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

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El Pais.com: La palabra de Gumersindo, por Almudena Grandes


ALMUDENA GRANDES ESCALERA INTERIOR

La palabra de Gumersindo

 

ELPAIS.com

ALMUDENA GRANDES 05/12/2010

En este momento, el historiador piensa, sobre todo, en un padre capuchino.

Puede parecer absurdo, incomprensible, hasta monstruoso para algunos, porque en apariencia estos dos hombres no tienen nada que ver. El primero es un profesor universitario vivo, todavía joven, enamorado de la explosiva tradición del anarquismo aragonés, prestigioso entre sus colegas, pero conocido por el gran público a partir de un libro titulado La Iglesia de Franco, en el que analizó la trayectoria del clero católico, desde su responsabilidad en el golpe de Estado de 1936 hasta su cooperación, a menudo entusiasta, con la represión desatada en 1939. El segundo era, precisamente, un fraile navarro, anciano de largas barbas que vistió una sotana hasta el día de su muerte, en 1942.

Pero no se agotan aquí las aparentes discrepancias. El acto que instala el recuerdo de Gumersindo de Estella en la memoria de un catedrático de Historia Contemporánea es la inauguración del Memorial a las víctimas del franquismo en el cementerio de Torrero, cuya construcción se decretó, por acuerdo unánime, en el pleno del Ayuntamiento de Zaragoza celebrado el 25 de septiembre de 2009. Poco más de un año más tarde, la presencia del gran cubo que recoge los nombres de 3.543 víctimas de la Guerra Civil y la posguerra en la capital de Aragón ha convertido Torrero en un lugar de memoria ejemplar, y quizá por eso, y por desgracia, también único en España.

En el folleto que presenta el itinerario que acaba de inaugurarse, el historiador escribió: "Es el momento de que la democracia española integre las diversas memorias y asuma que las víctimas de la represión de los militares sublevados contra la República y de la violencia de la dictadura de Franco necesitan la reparación moral y el reconocimiento jurídico y político después de tantos años de vergonzosa marginación". Para lograrlo, los responsables del proyecto han sumado, en lugar de restar o reemplazar. No se trataba de eliminar nada, sino de incorporar lo que faltaba.

Así, en Torrero existen ahora seis lugares de memoria. Dos de ellos, el Monumento a los Caídos -que se instaló en la plaza del Pilar en 1954, y en 1990, cuando se afrontó la remodelación de aquel espacio, se trasladó al acceso principal del cementerio- y la Capilla de los Caídos -construida en 1942 para albergar a los casi cuatro mil combatientes del ejército sublevado que habían caído en el frente y en los hospitales de Aragón-, son los únicos que existían hasta ahora en este recinto. En adelante, los visitantes podrán contemplar cuatro más, la tapia que constituyó el lugar de ejecución de ciudadanos republicanos y antifranquistas hasta 1946, las fosas comunes donde se escondieron sus cadáveres, el Monumento a las Víctimas de la Democracia erigido en 1980 por el primer ayuntamiento democrático, tras el casual hallazgo de una de dichas fosas, y por fin, el Memorial levantado con la voluntad de honrar a todas las víctimas de la dictadura.

Por todo esto, puede parecer extraño que el historiador piense hoy, sobre todo, en un padre capuchino. Y sin embargo, él sabe que el monumento que acaban de inaugurar conmemora también su figura y su obra, el imprescindible testimonio del que dejó constancia en las páginas de un diario clandestino, más que secreto, que habría podido costarle la vida. Gumersindo de Estella lo vio todo, lo recordó todo, sufrió por las víctimas en todos y cada uno de los momentos que dedicó a cumplir con la misión de prestar asistencia espiritual a los condenados a muerte en Zaragoza. Testigo de un horror cotidiano desde que, en 1937, fue nombrado capellán de la cárcel provincial, los conocía muy bien. Estaba con ellos, hablaba con ellos, los acompañaba hasta la tapia en un camión, y abrazaba por igual, en el último instante, a los que habían pedido confesión y a los que se habían negado a reconciliarse con Dios antes de morir, porque, en el infierno donde vivía, los entendía tan bien como a los otros. A mediados de 1938, tras suplicarlo con una insistencia cercana a la desesperación, consiguió que quitaran la fotografía de Franco que presidía el altar de la capilla de la cárcel, en el lugar reservado a las imágenes de Cristo o de la Virgen, para aliviar a los reos de la indignación de contemplar hasta el último momento el rostro del hombre que había firmado sus sentencias de muerte. En público no se atrevió a ir más allá. En privado dejó constancia en su diario de su repudio de la actitud de una parte del clero católico, empeñado "en acreditar con su sello divino una empresa pasional de odio y violencia".

Por eso, el historiador sabe que el acto que repara el honor de todas las víctimas de este cementerio es también un homenaje a su memoria.

(Este artículo es por, para y gracias a mi amigo Julián Casanova, y en memoria de todas las víctimas del cementerio zaragozano de Torrero, entre las que bien se puede contar a Gumersindo de Estella).


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