MUJERES SOÑADAS

  Alberto Díaz comenta: Las fotos de Rafael Navarro evocan miradas sabias y sensuales, a veces inocentes, a veces lúbricas, a menudo somnolientas y vagas como las de un pintor ahíto de belleza; es un instante eterno, un gesto que estalla en su marmólea  inmovilidad, la sombra evanescente de un cuerpo medio oculto, la impresión fugaz e instantánea de una mujer que corre, la crucifixión rosada de un cuerpo femenino que resalta sobre un lecho de rocas, las curvas paralelas y abisales de una intimidad, el fantasmal brillo de un rostro sobre un objeto trivial, la enmarañada cascada de pelo sobre la piel desnuda, una mujer apresurada que camina bajo un arco gótico, una trenza corintia columna frágil  de una cabeza desdeñosa, los senos perfectos que apuntan al mirón como centinelas, el rostro de suave perfil velado por la sedosa túnica de los cabellos, la boca de gesto duro y dibujo erotizado por el desdén o el juego lorquiano del viento con la melena que enmarca el rostro abstraído y bello junto al mar y, mi preferida, los ojos de una mujer que te observan con fijeza y lanzan una mirada enigmática, con una mano joven, estilizada, colocada como muro ante la boca. 

A este rosario de fotos, el collar de Indra de un fotógrafo que maneja la cámara con la sensualidad paciente, obsesiva y calculadora de un orfebre tallando sus brillantes, se engasta el hilo argumental de otro hombre, Antón Castro, un seducido eterno ("soy de esos que se enamoran cada media hora") que ama con la misma rotundidad jocunda al género femenino singular, con la que Navarro destila sus fotogramas de una película íntimamente eterna, los "paisajes múltiples que hay en un cuerpo femenino" como confiesa el prologuista Fernando Sanmartin. 

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