PIEDRAS

¡¡¡Qué delicia!!! No conocía este libro pero no me ha sorprendido que fuera el polimórfico, irreverente, imaginativo y sorprendente Roger Caillois (escritor y crítico social francés, nacido en 1913 y fallecido en 1978) el que se atreviera con esto, lejos de geólogos, geógrafos y otros especialistas. Pura literatura y en muchas ocasiones pura poesía. Son unas doscientas páginas en un volumen en cuarto de folio, de los que la editorial Siruela nos brinda como un inapreciable regalo (dados su autores, temática y solvencia). Pero pasemos a esta gozada publicada en francés en 1970 (se tituló, muy acertadamente, "La escritura de las piedras") y recuperada en castellano por Siruela en el 2011 y para suerte de los despistados como yo en el cercano 2016. El libro cuenta con un revelador prólogo de Emil Cioran, el filósofo rumano-francés que falleció en los 90 en un rapto de coherencia con su filosofía pesimista y escéptica (aunque por propia confesión se sentía más cerca de los cínicos griegos y de Epicuro). Hay un punto de reverberación entre Cioran y Caillois que justifica su encendido elogio en el prólogo. Se trata de su fascinación por el simbolismo que encierra la permanencia secular de las piedras, su pertenencia al origen tectónico, al fragor inimaginable de los inicios minerales del planeta, su estólida paciencia infinita, su resistencia y la hipnótica presencia en las montañas, en los ríos y en el fondo abisal de los mares. Y no nos habla de las piedras preciosas o de las sillares de grandes edificios o los bloques de las pirámides o la pétrea ornamentación de palacios, residencias o rascacielos. Como señala acertadamente el prologuista Caillois tiene un fervor esencial por las piedras, el mineral en bruto, debido a su "nostalgia de lo primordial, la obsesión por los comienzos, por el mundo anterior al hombre, por un misterio más lento, más vasto y más serio que el destino de nuestra pasajera especie humana". Caillois nos guía por un mundo petrificado pero que esconde en su interior, en su composición interna, oculta por siglos, maravillas delicuescentes, aguas primordiales, vetas suntuosas...y nos asegura convincentemente que las piedras nos dispensan "múltiples serenidades". Y en ese párrafo comprendí mi fascinación por el texto que leía arrobado: soy de esos montañeros que se quedan como hipnotizados contemplando una falla tectónica, un caos de bloques, el perfil aguileño de una cumbre, los juegos de arcoíris de pendientes fragmentadas de las montañas orgullosas y salvajes de los Puertos y, en un juego contradictorio, mi amor por la belleza de las pequeñas piedras, al estilo de León Felipe. La belleza poética y filosófica de este texto es extraordinaria. Caillois "hila un discurso tan sencillo como lleno de sugerencia y belleza donde las piedras, los minerales, son el nexo de unión entre una forma material fría, concreta y definida, y el mundo poético e imaginativo que una piedra pueda despertar como una forma de sueño visual —y casi sensual— en el ojo humano". Para ello, repasa las páginas de la mineralogía clásica y nos habla de leyendas, mitos y símbolos, mezclando la realidad física innegable del mineral con la aspiración casi mística del observador. Como escribe Cioran: "Somos todos...fracasados de alguna aspiración mística, hemos experimentado nuestros límites y nuestras imposibilidades en medio de alguna experiencia extrema". Y así describe indirectamente la belleza de la montaña, un símbolo y una realidad física inevitable a la que afrontamos, fascinados por su llamada eterna y su presencia inamovible, presencia que nos lleva a experimentar "límites y posibilidades" que tal vez nos muestran cómo en realidad somos y a qué, en realidad, aspiramos. La intención de Caillois (“No pretendo reconocer especies, sino hacer perceptible la fuerza de una fascinación. En esta visión un tanto alucinada que anima lo inerte y va más allá de lo percibido, a veces me ha parecido captar en directo uno de los nacimientos posibles de la poesía”) queda suficientemente explícita en su obra y,a mi parecer, confirmada por el lector sensible a la faceta mineral de la belleza del mundo natural. Y como muestra un botón: "En la miel o la leche azul del ágata, a menudo las dendritas esbozan paisajes: colinas, valles o cañadas, siempre plantados de abetos que la distancia convierte en minúsculos y que se reconocen por la silueta puntiaguda...en los crepúsculos ardientes de la cornalina, dibujan una línea negra ininterrumpida; en la calcedonia sin embargo, se reagrupan en bosquecillos poco frondosos". Delicioso. Como cuando describe el interior de otra piedra : “El verde se desliza por la superficie del hierro y le añade un brillo impaciente que se estremece en el espejo sombrío como el agua al entrar en ebullición. Se encuentra ahí reverberado (¿de dónde vino?), color de ultramundo bruscamente captado y rápidamente devuelto, como el fino relámpago de un rayo minúsculo”. En resumen, un libro para atesorar. PIEDRAS.- Roger Caillois.- Trad. Daniel Gutiérrez.- Ed. Siruela. ISBN 9788416465972
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