Carlos, un año...por Alberto Diaz Rueda

 

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Carlos, amigo mio, hermano, hace un año ya. Te fuiste de la forma y manera que te era grata, con discreción, en silencio, casi sin avisar. Estábamos tan acostumbrados a que salieras de todos los males y deterioros, entero, incólume. Esta vez, hace un año justo, nos equivocamos. Durante mucho tiempo estuve esperando una llamada y tu voz, cada vez más tenue pero,exacta y clara, bromeando sobre tus males inextinguibles. Y durante meses estuve esperando sin elaborarlo, otra cita para comer y hablar, donde aparecerías quizá con la mirada más sabia y ese fondo de tristeza que anidaba en tus ojos y que se levantaba como la bruma cuando charlábamos, ajenos a todos los relojes y a todas las edades, de "nuestras cosas".

Hace unos años me escribías:

 

¡Qué cansado estoy,

querido Alberto,

de hacer como que si!

Quedan pocos nudos

por desatar. Y en las manos

me vienen a encontrar

recogimiento las últimas brisas.

Tenues y sinceras. Tan mías aún,

tan hermanadas en la cercanía del

silencio.

 

Habíamos hablado esos días, como tantos otros, del bagaje moral que era preciso para navegar en estos procelosos mares de lo cotidiano, rodeados e infectados de emociones y sentimientos, de agresiones y de invasiones. Nuestros mundos, tan diferentes y tan semejantes en lo esencial, nos sometían al asedio incondicional de lo mínimo, esa ofensiva inmisericorde que no obliga a grandes gestos ni siquiera a decisiones muy visibles, el mundo mínimo que nos impedía el austero y casi monacal disfrute de lo que realmente nos motivaba a ambos: los libros, la reflexión pausada y profunda, el pensamiento alzando el vuelo como un gavilán, la charla osada en bucear por las últimas fronteras de la psique, allí donde todo se desnuda y anidan las primeras verdades.

Los esquemas y técnicas psicológicas nos servían como referencia para encauzar al vuelo libre de tu inteligencia, de esa sabiduría que pasa por encima de los conceptos y las palabras y muestra de un trazo, enérgico y suave, la esencia de los hechos, las personas y las motivaciones. Yo aprendía junto a tí y tu me brindabas, con esa difícil generosidad del sabio, tu apoyo para recorrer juntos el camino del insigth clarificador y a veces salvador.

Ese "como sí" nació en una de nuestras charlas, como una técnica, una herramienta psicológica que nos blindaba para superar las dificultades que nos creaba la vida, sentimentales las mías, filosóficas las tuyas. Ambos buscábamos nuestro lugar correcto, ese espacio (en palabras de Castaneda) en el que uno no debe nada a nadie y a nada porque se encuentra en el lugar óptimo, en la posición certera donde la ética personal nos coloca, indiscutible e imposible de censurar. El lugar impecable.

Pero muchas veces la filosofía y la ética no lograban blindarnos lo suficiente y un cansancio de las celulas, de las entrañas, nos invadía. Entonces concertábamos otra cita. Comíamos en cualquier figón, sin prisas, cerrando el local casi. Después la charla se mantenía durante un largo paseo interrumpido por innumerables paradas en las que, ajenos a todos, en mitad de la acera, debatíamos nuestros pensamientos, nuestras intuiciones...

¿Tienes idea, querido Carlos, de cuánto y cómo te echo de menos?

Seguiremos juntos, amigo, hermano.


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Alberto Diaz Rueda con Fundación Crisálida y su proyecto solidário!!

 

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Primero hay una alteración en la carga genética del bebé. Puede ser una alteración en el cromosoma 15 o quizá que exista un cromosoma 47, uno más de los habituales 46. Según esa lotería terrible, el bebé puede presentar las características del síndrome de Prader-Willi o las del Down. Ese niño o niña crecerá con muchas limitaciones o discapacidades. Menos diferentes entre sí, que las diferencias existentes entre la mal llamada "normalidad" y ellos.

La editorial Milenio (Lleida) ha publicado el libro de relatos "La Nena y el Sol" con textos de Gaspar Arcís, Salvador Bolet, Célia Zurita, Jordi Balcells y Eduardo E.Rosenzvaig. En ellos las voces de sus autores nos hablan de un universo paralelo, el mundo y la existencia de personas que sufren esas discapacidades psíquicas y físicas y que  quizá para compensar, nos ofrecen un grado de sensibilidad, empatía y capacidad de amar que sorprende a los que no han convivido nunca con ellos. Y mucho más en el progresivo universo de discapacidad y minusvalía emocional en que vamos 1025_La-20nena-20y-20el-20sol.jpgconvirtiendo nuestro entorno. Los relatos son textos premiados en el Primer peremio Crisálida para personas con discapacidades del tipo citado.

En el relato "Tu" de Célia Zurita, el narrador, un joven gamberro que es obligado por su padre a hacer una suerte de servicio social en una asociación de ayuda a discapacitados, trata de ayudar a una chica con el sindrome de P-W. En el epílogo del emocional relato, el protagonista dice "Gracias Laura, porque me ayudaste a descubrir el amor", es decir la facultad de amar y la manera de ejercerla de verdad, por encima de las emociones baldías de enamoramientos y amores hormonales.

A través de vicisitudes, prosas filopoéticas, esa enternecedora retórica de quien no domina la técnica literaria pero es un puro nervio de autenticidad y emoción, lleva al lector ocasional a disfrutar más que de la galanura literaria de lo que lee, de la hondura psicológica y sentimental (más cerca del sentimiento que de la emoción) de esos seres cuya capacidad de amar y "entender" el alma es objeto de asombro para el que se acerca ex novo a ellos (vencida la primera y enevitable tendencia a colocarlos en los estantes perceptivos de lo distinto, lo diferente, que resulta siempre inconscientemente  amenazador).

El relato que da nombre al volúmen, "La Nena y el Sol", escrito por Eduardo Rosenzvaig, o el didáctico y entrañable "La superación de Flora", de  Arcís y Bolet, nos describen la vida de personas en diferentes grados de discapacidad pero unidas todas por un elemento común: la real capacidad de superación personal en aras no de un objetivo más o menos quimérico sino de un elemento esencial que está en sus vidas y que les mueve y conmueve: el amor, la enorme ternura que son capaces de irradiar.

Particularmente emotivo es el guión para cortometraje que cierra el volúmen,  "Yo tengo el sindrome de Down" que firma  Jordi Balcells. La autenticidad de esa voz que narra su experiencia vital, sus limitaciones, sus desafíos y sus temores y alegrías, resulta  emocionante. Se convierte en una suerte de aprendizaje emocional para quienes no conocen nada de ese mundo.. Y como dice el autor:  "La gente que no me aprecia es porque no sabe apreciar la vida".

La lectura de este libro es recomendable por razones que esta vez no conciernen al crítico literario sino a la persona que lee y siente. La persona que quiere conocer ese mundo paralelo y apenas conocido de esos seres humanos de excepción.

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El morbo de "La montaña mágica" por Alberto Diaz Rueda

 

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Existe, sin duda, una consideración del tiempo, de la edad,  que tiene que ver con el hábito de la lectura, ese vicio delicioso y acaparador que nos abre las puertas y ventanas del espíritu a la complejidad de la vida. Lo digo porque he llegado a una edad en la que el lector que hay en el centro de mi alma deja de complacerse demasiado en las novedades, inabarcables hoy, que nos ofrecen las editoriales y vuelve, al tiempo que se mantiene mas o menos al día de los recién llegados, a los clásicos que un dia nos llenaron de gozo y del orgullo de lo óptimo recién descubierto. Me refiero al encuentro con un ejemplar de esa entidad literaria a la que el consenso universal llama "clásico" y que a pesar de la ambición y rigor con que fueron asi bautizados por la opinión pública enterada de lo literario,  tienen también, como todo en la vida de ,los hombres desde que el mundo es mundo libresco, su aurora, su esplendor y su cénit. Su ciclo de esplendor y olvido, sus eventuales renacimientos y sus ostracismos a tenor del vaivén de esa dama caprichosa e injusta a la que llamamos "moda". 200px-Thomas Mann 1937

Pues bien, mi relación con la obra cumbre de Thomas Mann, "La Montaña Mágica" sigue una trayectoria curiosa, un poco al margen de la existencia llena de éxitos y olvidos de una novela paradigmática de su autor y reflejo acertado de una época que ya nos queda un poco lejos, principios del siglo XX.  La aparición de la novela es en 1924, cuando ya Mann es uno de los referentes vivos de la mejor literatura de habla alemana, y por extensión europea y, al cabo de los años, universal. El escritor se basa en una experiencia personal: en 1911 a su esposa se le declara una afección respiratoria que obliga a ingresarla en un sanatorio de Davos-Platz, en el cantón suizo de los Grisones, en los Alpes. Allí nace la idea fundacional de una novela , que tras doce años de trabajo se convertiría en "La montaña mágica"  y llevaría a su autor, cinco años mas tarde, a recibir el Premio Nobel no sólo por el conjunto de su obra sino especialmente por esta.

 A partir de los cincuenta y en los años esperanzados pero cerrados de los sesenta y setenta, Mann va siendo postergado a objeto de estudiosos y teóricos. Luego entra en el panteón ilustre pero polvoriento de los clásicos contemporáneos, del que sale brevemente a casua de su muerte en 1955 o por causas indirectas, la versión cinematográfica de "Muerte en venecia" por Luchino Viscont, con un Dick Bogarde en estado de gracia como el profesor de edad madura que pierde la cabeza por un joven de rara belleza andrógina.

Pero el instinto lector de cada persona va variando con la edad y las circunstancias. Mi primera lectura de "La montaña mágica" viene de la época juvenil, quizá mas cerca de la adolescencia, en el verano en que debía decidirme por la carrera universitaria que quería cursar. Dos libros fundamentales leí en aquellos meses de verano: "La montaña mágica" y "La historia de Axel Munthe". En ambas prima el ambiente médico, una por su escenario y la otra por ser la obra de un prestigioso médico psiquiatra alemán-suizo que se enriqueció tratando de neurastenia a miembros de la alta sociedad europea de finales del XIX y principios del XX. Así que acaricié seriamente la opción de estudiar medicina y concretamente psiquiatría. Sin embargo la vida, la presión familiar y otras variables, terminaron por decantarme hacia el derecho y el periodismo.

Pero volvamos a "La Montaña mágica". En aquellos días juveniles me fascinó literariamente. Me sentía otro Hans Castorp: aunque rechazaba el excesivo "nerviosismo" del protagonista y sus claudicaciones, me sentía cerca de él en sus actitudes  un poco grotescas, algo pedantes y muy apasionadas. Sin embargo, y aquí está lo curioso, esta segunda lectura me ha confirmado un fenómeno que se suele repetir en muchos clásicos revisitados: la lectura de hoy es distinta, esencialmente diferente. La anécdota, los personajes, son los mismos, pero la garra que hunden en nuestra sensibilidad cambia de intensidad. Ahora, toda la morbosidad, en el aspecto médico de la palabra, que rodea al personaje central de la novela, la tuberculosis y sus efectos sobre hombres y mujeres, la presencia omnímoda de la muerte, la glorificación de lo sensual como desafío, adquieren en esta lectura una significación propia que cambia el sentido profundo de la novela.

Este cambio, que en el colmo de lo grotesco, parecía infundir un estado vacilante, febril, de realidad cambiada, "mágica",  a mi propia persona (quizá encubaba cuando ocurrió algun catarro fuerte; mi reacción contra ese "contagio" fue tan inmediata como drástica, ejercicio físico y la lectura de un libro corto de Wodehouse sobre Jeeves). Una vez pasado ese pequeño espejismo contagioso, volvía las páginas de la peripecia vital de Hans Castorp en el balneario donde vida y muerte bailan la Danza medieval escogiendo a sus horrorizados danzantes entre los enfermos del sanatorio de Davbos-Platz.

El "contagio" psicosomático que provocó en mí la lectura de la novela de Mann tuvo otra consecuencia, ésta positiva: hizo crecer mi interés por la obra, no sólo por el simple  placer de  le lectura, sino como lectura crítica. Fruto de ello será otra reflexión que estoy hilvanando a tenor de lo que voy leyendo, sobre la comparación entre el tempo de esta novela y otra en la que el tempo y el tiempo como entidad abstracta que condiciona al ser humano tienen similar importancia y trascendencia: "En busca del tiempo perdido" de Proust. Así pues, seguiremos reflexionando sobre ello.

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Libros y cultura por Alberto Diaz Rueda

 

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Pasar de columnista diario a cronista aleatorio tiene sus encantos, supongo, pero a éste plumilla acostumbrado a lidiar con la noticia cotidiana ("los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa", como dijo aquél) y la urgencia del análisis (lo cual da cintura y capacidad reactiva y es casi tan excitante como lanzarse en paracaídas cada mañana) las ideas y comentarios se nos escapan entre los dedos como la arena de la playa en la mano de un niño.

Viene al caso lo dicho por una cuestión a la que voy dando vueltas desde que aterricé en la comarca, hace un año, después de más de treinta de pasearla y gozarla en períodos vacacionales: el trasiego de la cultura en general y de la lectura en particular en este Matarraña de mis amores. Los temas se me amontonan al calor de los días, desde las jornadas culturales que se celebraron hace poco hasta el tema de las maletas de libros que circulan por los pueblos, la presencia de un librero en Valderrobres que parece calcado del que disfrutó García Márquez en un Macondo envuelto en cien años de soledad, pasando por la necesidad perentoria de establecer rincones en los periódicos, programas de radio y televisión, talleres de lectura (uno de ellos me propongo montar por estos lares), en la necesidad, digo, de una auténtica Cruzada de los libros, provocar que el río abierto y caudaloso de las lecturas llegue a las orillas de todos los hogares. ¿Cosa baladí? ¿Algo superfluo en estos tiempos de crisis? ¿Una actividad inútil y cara? Ninguna de estas preguntas resiste un análisis serio.primera-plana.jpg

Hay que sembrar desde artículos a reportajes, críticas literarias, reseñas de lectura, columnas, entrevistas, presentaciones de libros, apoyo institucional a la lectura como algo activo, algo vivo, sugestivo, sugerente, raíz y pábulo de ideas, reflexiones, puente de maduración entre las edades, consuelo de todos los momentos y alegría de muchos de ellos… Hay mucho que promover con la lectura… Es un bien que penetra profundamente, cambia nuestro carácter, nos hace calibrar las cosas de la vida, nos enseña y nos deleita…Hay que apostar por los libros y por su uso. Ya lo dijo Joaquín Costa, de quien por cierto se cumplen cien años de su desaparición: "escuela, despensa y siete llaves al sepulcro del Cid". Con lo que insinuaba que las dos primeras están íntimamente relacionadas: escuela y despensa. La enseñanza, la cultura es la que termina de forma directa o indirecta haciendo posible tener la despensa bien surtida. En lo del sepulcro del Cid no entremos por el momento.

Pues bien, todos estos temas que inquietan a este columnista, acaban desbordando al cronista ocasional. Y así iniciativas tan interesantes como el libro trilingüe que se está gestando sobre el desaparecido tren de Val de Zafán, deben quedar en el tintero y sólo esbozadas en este espacio. Yo vi ese tren en humeante marcha por el bellísimo entorno de Torre del Compte, donde ahora resido, y leí sobre él en crónicas bélicas que olvidar prefiero y años más tarde circulé por su trazado, convertido en arteria para ciclistas y andariegos. Lo dicho, esta comarca está bendecida por la mano de los dioses (aunque durante decenios estuviera poco menos que en hibernación) y hay en sus rincones y sus calles, ríos y montañas no sólo mucha historia que desentrañar sino mucha ilusión, esperanza y creatividad que aplicar. Y todo eso, no lo duden, ni por un momento, pasa por los libros, por la cultura, por un estilo de vida en el que las venas abiertas de la historia y del progreso fertilicen las mentes de cuanto habitamos estos lugares.

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Un buen consejo: lean a Pickwick por Alberto Diaz Rueda

 

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Uno ha visitado muchos mundos de ficción y en algunos de ellos ha reído y disfrutado lo suficiente para repetir la lectura años después y descubrir sorprendido que una y otra vez el humor inteligente y socarrón de algunos maestros de la literatura produce un efecto milagroso: excitan la carcajada aunque uno ya se conozca casi de memoria lo que acontece. Este fenómeno no es corriente y ocurre en contadas ocasiones, aparte de ser absolutamente personal: a unos lectores les ataca el beneficioso germen de la risa con unos autores determinados y escenas concretas que a otro lector, tan aficionado como el primero, apenas provoca una sonrisa. ¿De qué depende esas diferencias? Lo ignoro  pero a fuerza de pensar en ello he llegado a la conclusión de que esos autores maravillosos cuya lectura llevan hasta una risa cuajada de lágrimas o te enternecen  hasta el punto que te tragas las lágrimas sin la risa o te producen un estado de bienestar supremo cual el preconizado por algunas religiones para el estado de beatitud, el valhalla o la iluminación, tienen un efecto básico parecido en todos los buenos lectores, el afecto y la paz alborozada y unas secuelas distintas200px-Charles_Dickens_3.jpgsegún el talante, la biografia y la formación de cada cual: a unos les excita la risa, a los otros la reflexión, a los allá la sonrisa comprensiva y a los de acá un estado jocoso y emocional donde todo es posible.

¿Creen que exagero? No. Entre mis amigos lectores, no muchos pero escogidos dentro de la grey de loslletraferits o heridos por la literatura,  he visto esas miradas brillantes del que está conmovido por lo que lee, he sorprendido carcajadas prontamente sofocadas seguidas de miradas alrededor para ver quién está pensando que estás loco o he compartido el estado de excitación que determinados autores y determinadas páginas de esos autores provocan en algunos.

Viene todo esto a cuento de que en estos días navideños, en la paz de mi hogar torrecomptino he dado en leer a uno de los tres autores que me han producido hilaridades reiterativas durante los últimos treinta años cada vez que volvía a ellos y a esas obras determinadas de las que hablo (no toda la producción de ese autor señalado tiene esos efectos, al menos en mí): Cervantes y "El Quijote", O´Toole y "La conjura de los necios" y Dickens y "Los papeles postumos del Club Pickwick".

Es este último el que provoca esta reflexión que comparto con todos vosotros. Las aventuras y desventuras del señor Pickwick y sus amigos, Tracy  Tupman, el enamoradizo, , el poético Snodgrass y el deportivo Winkle, todos ellos auxiliados por ese prodigio de serviente, Sam Weller, una mezcla de Sancho, Watson y Jeeves, de tal humanidad y enjundia que constituye en estos momentos uno de los modelos literarios más acabados de personaje secundario que iguala y a veces supera al protagonista.

450px-The_Writings_of_Charles_Dickens_v1_p130_-engraving-.jpgLos "Papeles" fueron publicados por entregas  en el Evening Chronicle desde 1836 y en unos meses provocó el aumento de la tirada del periódico desde los 400 ejemplares a los 400.000. En 1837 se publicó en forma de libro y convirtió a Dickens en una celebridad, a los 24 años de edad y con su segundo libro publicado (el primero fue una recopliación de cuentos o estampas sociales que  había publicado en la revista Monthly Magazine).

Leo la magnífica edición de Mondadori en su colección Grandes clásicos, traducción de José María Valverde (2004) donde se nos incluyen los dibujos encantadores que acompañaron la salida periodistica de estos personajes, firmados primero por Seymour  los capitulos o entregas iniciales y desde el VI, por Habilt K. Browne, "Phiz", configurando entre los dos uno de los libros ilustrados más hermosos de la literatura inglesa y también de la universal de todos los tiempos.

Como ven no estoy hablando de minucias literarias, sino de un genio y de su obra. Los "Papeles" no es la más conocida ni la más apreciada de las obras de Dickens, pero para mí es, perdónenme los ortodoxos, la mejor, la que más me conmueve y sobre todo, la que me hace reir cada vez que la leo. Reir. A carcajadas. ¿Saben lo singular, terapéutico y maravilloso que es disponer de algo que provoque tales efectos en estos tiempos desnortados y  humanamente deteriorados?

Por favor, lean  "Los papeles" de Dickens. Si no es en la magnifica edición de Mondadori, hay muchas otras, quizá más económicas pero igualmente eficaces. Les garantizo sonrisas a gogó, a no ser que toque en la fibra determinada que abre las puertas a la risa, que sea usted, lector, uno de esos, uno de los nuestros. Y rompa a reir desde las primeras páginas, con las atinadas y desternillantes observaciones de Mr. Jinkle o las descripciones del narrador de las andanzas del honorable y bondadoso Mr. Pickwick y sus amigos del Club que lleva el nombre del orondo caballero, y sobre todo las intervenciones del más Quijote de los Sanchos, Sam Weller.

Para terminar les cuento algo muy curioso: entre los tres caballeros de las letras que les he citado al principio por su efecto risueño sobre mí, hay una relación importante: Dickens era lector fervoroso de Cervantes y O, Toole lo habia sido de esos dos maestros anteriores a él.

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