Feliz Navidad o ¿Feliz aburrimiento?, por alberto Diaz Rueda

 

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El señor Scrooge, el personaje del Cuento de Navidad" de Dickens, podría ser la imagen matriz de muchísimos ciudadanos de nuestra avanzada (sic) sociedad tecnocrática y consumista. Si pasea por las grandes arterias comerciales de nuestras ciudades verá cuantos Scrooge caminan por sus aceras carge41f3949277e2c3a.jpgados de cajas de regalos y muchos con caras de pocos amigos. Si habla con ellos no se sorprenda de recibir un "paparruchas" cuando les hable de la Navidad. Pero en su versión de 2010 Scrooge muchas veces tiene un gesto de aburrimiento. Le cansa la costumbre de los regalos, la de las cenas, la de la amabilidad como corsé. Se aburren.

Según un estudio de la Universidad de Cambridge, el día más aburrido de la historia fue un domingo, el 11 de abril de 1954.  El dato fue logrado gracias a un superordenador capaz de compulsar y comparar millones de millones de datos para encontrar una fecha donde no ocurrieron eventos de ninguno de esos tipos que dan colorismo y alcance a una fecha, casi siempre a base de sangre, catástrofes o batallas y revoluciones.

Quizá los operadores del megacerebro de Cambridge son luteranos o calvinistas y guardan cero respeto a las fiestas navideñas de nuestros lares. Introduciendo en el ordenador la variante: “fiestas navideñas en la península ibérica” el abrumador aporte de datos hubiese hecho cambiar la decisión sobre la fecha. La paz y alegría santificante con que la mayoría de los comentaristas adjetiva estos fastos decembrinos, son tan tópicos e imaginarios como la presunta tradicionalidad de estas fiestas, sus liturgias sociales y sus supuestas conmemoraciones  (con la decreciente excepción de muchos pueblos, alejados de las urbes y de su consumismo implícito, que aún conservan mucho del viejo sabor de estos festejos).

Nos convencemos a nosotros mismos de la gran carga emotiva y sentimental de las Navidades, constituyéndose una “verdad” tan omnipresente que cualquier desvío a su integridad o velada crítica a su pertinencia y naturaleza provoca excomulgaciones inmediatas y demonizaciones sociales a gogó. Recibe seguro el Vade retro, quien se atreve a criticar estos eventos ensalzados por la religión establecida y los poderes públicos más conservadores.

No importa que junto a la carga psico-religiosa que emana de la autoridad eclesial, conviva la explotación comercial más descarada, y los días festivos queden inscritos en las cuentas de las tarjetas de crédito como realmente dignos de encomio y alborozo (económico). Las cosas han cambiado en la vida cotidiana del agobiado ciudadano urbanita del siglo XXI, que ha sustituido las familiares fiestas por viajes a la más chic estación de esquí o a las playas de Canarias y la misa del Gallo por una visita a la discoteca más cool. En realidad constituyen un desafío al aburrimiento que el ciudadano trata de paliar con cualquier actividad lúdica, deportiva o social. Si no lo logra, por falta de recursos o de imaginación, esos días se vuelven rediles de choques o desencuentros familiares, más o menos controlados donde los únicos que parecen disfrutar de comilonas, reuniones o algarabías varias son los niños, que más tarde o más temprano terminan siendo presas de las sutiles bacterias del aburrimiento.

A pesar de eso, uno sigue  creyendo en una cierta magia navideña y no deja de leerse cada 24 de diciembre el relato de Dickens, Cuento de Navidad. El escritor inglés no vivió la desvalorización social de la Navidad, su consumismo absurdo  ni la manipulación de su mensaje. No importa que sean unas fiestas cuya cronología histórica no se sostiene por ningún lado (hasta el rey Herodes es obligado a “resucitar” para esas pretendidas fechas del nacimiento de Jesús y por tanto la matanza de los “Santos inocentes” seguramente no ocurrió jamás (aparte de las masacres habituales en la época y en las posteriores, casi ininterrumpidas).  La Iglesia mantiene la fecha como algo simbólico, ya que no puede negar los daos históricos que demuestran que las navidades cabalgaban otras fiestas en las mismas fechas de tradición romana (el dios Mitra) y que, casualmente, tenían la misma parafernalia religioso-social de las navidades cristianas. Ni siquiera los reyes magos tienen el rancio abolengo de la tradición secular, sino que  pertenecen a una iconografía muy alejada de la época romana,  la tardo medieval , y es una leyenda que procede de los Evangelios apócrifos, mientras que el mito simbólico del nacimiento en Belén proviene del siglo XVIII.

Pero en realidad, qué más da. En muchos hogares y para muchas personas, entre los que me cuento, las fiestas navideñas tienen un algo, un elemento mágico personal, íntimo, que tiene que ver con la psique del sujeto. Tiene que ver con aspectos nostálgicos positivos del propio pasado y la tendencia muy humana a reverdecer lo bueno que pasó, ante el presente inseguro o problemático y el futuro inexpugnable y desconocido. Y sobre todo a compartir  esa positiva percepción con las personas cercanas a uno.

Pero para otros, me temo que una mayoría inconfesa, estos fastos, o son una excusa para la evasión, el consumismo y  la huida del trabajo o la familia, o, –no por citarla en último lugar sea la consecuencia menos importante–, están sujetos a un aburrimiento larvado, descreído y persistente que es “capaz de engullir al mundo en un bostezo” como califica Baudelaire a esa pasión del alma, el aburrimiento,  en “Las flores del mal”. Y a estos ciudadanos  no les debería molestar que uno desvelara las contradicciones de estos fastos infaustos entre los habitantes de la mayoría de las grandes ciudades. Pese a todo,  me quedo yo con los “felices fiestas” deseado a los vecinos de mi pueblo mientras en el silencio y el frío de la Nochebuena uno se dirige a la iluminada iglesia para compartir, si no otra cosa, la buena voluntad y la sonrisa amable, elementos ambos tan necesarios y escasos en estos tiempos críticos

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'Resident evil' en el Aneto: "La Invitación" por Alberto Diaz Rueda

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Bueno, llegó la hora. La moda catártica y semiadolescedraculante de los vampiros ha contagiado a algún escritor español. He leído algún relato y hojeado alguna novela de ese singular género sin llegar a prender en el tema, hasta que atraído por su portada y por la personalidad del autor, he respondido, muy atrevido, a la invitación de la "Invitación" una novela con vocación de best seller que ha escrito un interesante tipo, Kim Densalat. No gusto de la moda vampírica y me quedé en el "Drácula" de Bram Stoker, "Nosferatu" o "Carmilla" de Sheridan Le Fanu o el "Soy leyenda" de Matterson, que ya forman parte del imaginario literario de nuestra época. Pero a la sangrienta fiebre de sagas de Anne Rice y sus "Crónicas vampíricas" o las de la Meyer y Claudia Gray "Crespúsculo" y Medianoche", respectivamente, ya no he respondido por falta de interés. Quizá lo único que me fascina de todo esto es la coincidencia (¿) de que las principales autoras sean mujeres. Y mi preferencia por ese cóctel asombroso que se llama "Bloody Mary" (sangrienta Maria) ¿Por qué será?

Pero volvamos a Densalat cuyo listón referencial en el género es muy alto como vemos. Sin embargo hay un punto importante a su favor: la personalidad, un tanto fáustica del autor, no en la acepción de Spengler como hombre creador de la técnica y hacedor de un orden nuevo, sino en el aspecto mítico del término, tal como lo esbozaba Goethe en "Fausto". Apunte: quizá Densalat debería plantearse su propia vida como materia literaria.

El autor juega en su novela a la seducción. Para ello imagina una trama endemoniada (nunca mejor dicho) y trepidante en la que están involucradas la CIA y el Vaticano por el lado "humano" y las distintas familias vampíricas por el lado del mal, dirigidos por una especie de Jano esquizoide que va deambulando de una personalidad a otra para cumplir sus objetivos de poder y sus deseos sexuales. Ese personaje "Dragone" (Densalat sabe que Drácula significa Dragón) tiene su guarida en un castillo en el Pirineo (qué lujos) situado en unos Montes Malditos (quizá los de Tor en el Pallars, aunque por su envergadura y aspecto yo apunto mejor al Pico Maldito -3.350 m.- muy cerca del Aneto y el Maladeta). La acción se desarrolla principalmente en Roma y en otros lugares episódicamente, aunque la sombra del tenebroso castillo enquistado en los Pirineos queda como una amenaza latente, donde los supervivientes de la colosal lucha entre humanos poderosos y vampiros, preparan el "asalto a la eternidad".

La narración de los hechos, aunque bastante predecible, tiene la virtud de mantener vivo el virus del interés en el lector (no en vano, uno de los príncipes de los vampiros Nosferatu, en griego significa portador de enfermedad). Son dos mujeres, una científica representante del factor humano y una vampira negra, dotadas ambas de una sexualidad poderosa, las narradoras. Y como contrapunto un agente de la CIA especializado en Asuntos No Clasificables.

 

Si usted ha seguido las sagas crepusculares y vampíricas o las hecatombres sangrientas de la serie cinematográfica "Resident Evil", Kim Densalat le atraerá. Su novela tiene todos los defectos, reiteraciones y tópicos del género, pero también un cierto nervio, una energía interna, que la hace sugestiva.

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Don Quijote en La Portellada, por Alberto Diaz Rueda

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 Don Quijote en La Portellada

PICT8470.JPGY es un lugar común en el mundo de la literatura perderse por los cerros de Úbeda (mejor de La Mancha en este caso) en la cuestión de cuál fue en realidad la patria del buen Alonso Quijano, bien llamado por la posteridad, Don Quijote. Desde Argamasilla del Alba hasta las cercanías a la Sanabria o en los aledaños de Zamora, los sabios discuten y proyectan sus propias sinrazones en buscar una razón que justifique razonablemente la razón de ser del lugar quijotesco (y perdonen el juego de palabras aliterativo), muy al gusto de quien creó todo este lío, el gran don Miguel. Y es que Cervantes se cuidó muy mucho -de forma intuitiva- de revelar tal extremo (el del lugar donde "nació" don Quijote -que bien claro está para quien quiera entender: nació en la mente de un escritor-soldado, aventurero y desdichado llamado Miguel de Cervantes-) pero fue dejando aquí y allá datos "casuales" que harían como él mismo predijo que "ciudades y naciones se disputaran en el futuro por ser la patria de tan afamado y preclaro caballero".

Pues bien, estoy en condiciones de echar mi cuarto de espadas a la trifulca: la patria de don Quijote está en un pueblo o lugar del Matarraña, comarca del bajo Aragón, de cuyo nombre si quiero acordarme: La Portellada.

Hay en las cercanías de este recoleto pueblo, recogido como un rebaño de casitas en torno a la torre de la iglesia, ubicado en el centro de un valle en forma de L, rodeado por montañas de relieve suave cubiertas de pinos, carrascas y nogales, una colina en cuya cima se ha aposentado una vieja ermita del siglo XVII consagrada, ya es ilustrativo, a san Miguel. Junto a la ermita los vecinos del lugar han creado un lugar de esparcimiento y recreo, jugando creativamente con elementos decorativos muy originales: grandes tocones de árboles como asientos, cuerdas de grosor enorme como nexos de unión de columnas en porticada, adornadas con piedras de río, todo limpio y recogido como en pocos lugares he visto.

Pues bien, en ese lugar apacible, se han puesto a modo de ancestral juguete infantil, dos grandes caballos de madera, fijos al suelo, uno rígido y otro en balancín, realizados con maestría ancestral y rudimentaria. De pronto, al encontrarme de súbito con el más sencillo y efectivo de ellos, dióme la mente un nombre y una situación que encajaba en el momento como una llave en la cerradura: "he aquí el caballo Clavileño, "el Aligero", sobre cuyo lomo de madera, de forma harto mágica para ellos,don Quijote y Sancho Panza surcaron los cielos en pos del gigante Malambruno cuyas malas artes encantaron a la dueña Dolorida y sus otras acompañantes, dueñas todas en el Palacio del rey, proporcionándoles a todas unas muy pobladas barbas".

Se trataba, recordarán ustedes, del famoso episodio del capítulo XLI de la parte segunda de "El Quijote", el viaje a lomos del caballo Clavileño, en realidad una burla más de los Duques, esos abochornantes nobles que dedican su tiempo y dinero a buscar argumentos para reirse de la credulidad del buen caballero y su escudero, inocentes pero no lerdos, que logran hacer de los nobles y toda su parafernalia únicos depositarios del ridículo y el rechazo.

Pues bien, ahí tienen ustedes una foto del bueno de "Clavileño", llamado así como explica la dueña Dolorida, porque lleva en la frente una clavija para ponerlo en marcha y está hecho de puro leño, "Clavi (ja)-Leño". Salvando ucronías y en uso de un juguetón sentido de la  llamada erudición cervantina, podríamos proponer La Portellada como posible patria de don Quijote, habida cuenta además del amor que sentía Cervantes -y por ende- don Quijote, por las tierras aragonesas, que transitó a modo en la Primera Parte de la novela, cultivando algunas amistades y buenos recuerdos.

Cervantes, aventuro, debió pasar por estas tierras en sus épocas de recaudador de impuestos y quedaría sin duda fascinado por la agreste belleza de estos lugares, moraría de paso en algunos de los sitios poblados, aldeas o pueblos de mayor enjundia, Valderrobres quizá, y al pasar por La Portellada visitaría la ermita de su nombre, como buen cristiano viejo que era, (permítanme la ucronía, la ermita tiene constancia documental de 1766, por lo que el escritor que murió en 1616, mal pudo estar allí, pero si non e vero e ben trobatto) y allí tal vez columbrara el  caballo de madera y acercándose a verlo diera en la invención de la broma y riera complacido de las razones de Sancho, tan llenas de sentido, y de la credulidad interesada de don Quijote "si yo creo en tus visiones desde Clavileño, Sancho, habrás de creer tu en las mias de la cueva de Montesinos, y no digo más". De igual manera yo pido la complicidad del lector.

Lo cierto es que la ermita, construida de mampostería y piedra de sillería, de planta de una sola nave y un interior de bóveda de medio cañón, debe su existencia a un vecino de la localidad,don Miguel de Vilarroya, 

cuando aún era solo un barrio pedáneo de la cercana localidad de La Fresneda, que la mandó construir en pago a algún favor celestial.  Junto a ella está la vivienda del ermitaño, que debía tocar las campanas en horas debidas y sostuvo la tradición hasta bien entrados los años 60 del pasado siglo. La ermita está cargada de historia y ha llevado una existencia azarosa y difícil hasta convertirse en el actual idílico lugar de recreo (hospital de sangre, de cuarentena durante la epidemia de cólera de 1885 y prácticamente en ruinas tras la guerra civil, hasta ser remozada a partir de los 70 y los 80). Pero a pesar de tanta historia o justamente por ella y sobre todo por el lugar raparador en el que se encuentra y el cuidado con que se mantiene, vale la pena visitarla y vivirla un buen rato, en el silencio y la paz.

Ahora además está Clavileño...y la sombra de don Quijote, quizá apócrifa, pero ¿no son imaginarias casi todas las maravillas que la literatura nos depara?  

Alberto Diaz Rueda

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"Un narrador de fuste", Josep Igual por Alberto Diaz Rueda

 Un narrador de fuste

 

Josep Igual ( (Benicarló 1966) es un narrador con un bagaje de publicaciones respetable y por lo que veo bastante prolífico. Galardonado con abundancia, su mejor tarjeta de presentación es su propia pluma. Las narraciones, estampas, pinceladas y guiños literarios que conforman su ultimo libro “No és el que sembla” muestran un talento creativo, unas dotes de observación y un dominio del lenguaje y de la técnica del diálogo que llaman la atención. Con un desarrollo a veces fulgurante, otras premioso y en alguna ocasión frustrado, su pluma fuerza una lectura siempre sugestiva que a veces deja al lector con la miel en los labios y otras provoca un retorcimiento de la lógica y el ritmo que sorprende. Sus bazas son el manejo de situaciones cotidianas que oscilan entre el realismo más duro, con un tratamiento del sexo siempre áspero y operativo y evocaciones oníricas, sorteadas con humor y un escepticismo nada sentimental aderezado siempre con una ironía sin paliativos. Hay historias resueltas en menos de treinta líneas con un final abierto y otras que cumplen su ciclo y dejan pensativo o satisfecho al lector. La selección de relatos es irregular y junto a relatos redondos como el de la tarotista con marcha o el del profeta que trata de resucitar a un lázaro desternillante, otros tratan de forzar los géneros (ciencia ficción, robótica, abducciones, o la crónica de sucesos desnuda). Pero en esencia en todos ellos hay algo que ennoblece el resultado final: Josep Igual es un narrador de fuste. Sus personajes son creíbles y están llenos de ese duro desencanto de la vida cotidiana, armados con unos diálogos directos y unas situaciones que casi siempre interesan al lector, descritos con un lenguaje austero y sin contemplaciones, aunque a menudo roza el surrealismo y un cierto tremendismo escatológico. La conexión con la historia reciente, la tragedia de los Alfaques o el 11 S, está evocada con agilidad y talento. Y, a veces, como en el relato de los niños y la gitana, ese talento resplandece y tiene un aliento propio, eso tan difícil de hallar que se llama encanto.

En resumen, “No és el que sembla”, ofrece un buen y esperanzador ejemplo de lo que es capaz de hacer un narrador de fuste, con toda su irregular creatividad, entre la ironía, el humor y una cierta crueldad, es decir, y esto es algo importante, tal como el espejo de la literatura refleja la vida de este nuestro desnortado siglo. Recomendable, sin duda.

FICHA:

“No és el que sembla”, Josep Igual, Cossetània edicions, Valls, 2010, 126 páginas

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