EL ELOGIO DE LA SOMBRA

Alberto Díaz comenta el desafío estético del japonés Tanizaki
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LECCIONES DE LOS MAESTROS

Alberto Díaz Rueda acompaña al gran Steiner en un viaje al mundo de la pedagogía y sus peligros
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LA DECADENCIA DE LA MENTIRA

Alberto Díaz Rueda comenta la desenfadada ironía feroz de Oscar Wilde sobre la Naturaleza y el Arte.
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¡PAREN LAS MÁQUINAS!

¡Paren las máquinas! de Michael Innes (Siruela, 2017) es una gozada para los que amamos la literatura británica humorístico-costumbrista, ya sea disfrazada de sesudo ensayo, novela sentimental, filosófica, de critica social, de humor, drama e incluso tragedia. Desde Jonathan Swift a Julian Barnes, desde Amis a Chesterton, desde Conan Doyle o Thakeray, a Stevenson, desde P.G. Wodehouse a Jerme K.Jerome, desde la Woolf a Dickens. A Michael Innes, seudónimo de John Innes Mackintosh Stewart (1906-1994), ya le conocíamos por la suculenta "Muerte en la rectoría" y la aún más soberbia, "Hamlet, venganza" (ya reseñadas en estas páginas). Como algunas veces he escrito, la novela policíaca no es de mis géneros preferidos, pero tengo mis "clásicos" inviolables, entre los que junto a Poe, Sherlock, el Padre Brown y alguna Agatha Christie (y ciertos autores norteamericanos ya desaparecidos) hay varios que vuelven a ser editados por algunas editoriales muy astutas (Siruela o Acantilado, por ejemplo) y uno de ellos es este profesor universitario, académico y erudito literario que maneja un sentido del humor ligeramente ácido y bastante crítico con el guante de seda de una ironía salvajemente divertida. La acción de "Paren las máquinas" transcurre en los años treinta, cuando aún el mundo no había enloquecido definitivamente a pesar de la I Guerra Mundial, en una Inglaterra bastante tradicional que trataba de proteger su esencias -no siempre esenciales- y su forma de vida de los cambios -a peor, sin duda- que se avecinaban. Además de su personaje principal acostumbrado, el inspector de Scotland Yard, John Appleby, – inteligente e intuitivo, bastante lejos de los policías que nos suelen presentar otros autores canónicos, como Conan Doyle,– Innes (que en ocasiones se mete personalmente en la piel de otro personaje frecuente en sus novelas, el escritor Giles Gott, también profesor de literatura para que no haya dudas) nos depara, como es sello de la casa, todo un despliegue de personajes surrealistas, divertidos, excéntricos e inolvidables, todo ello entre carcajadas y agudas e irónicas observaciones psicológicas, desde el grupo hilarante de catedráticos de Oxford, con sus envidias, celos, malicias y obsesiones, un abigarrado grupo de parientes gorrones que asedian al dueño de la casa, obsesivos coleccionistas de lo que sea y hasta traficantes de armas, hasta el coprotagonista, el escritor Richard Eliot. Se trata del anfitrión, famoso por las novelas policiacas que escribe y por su protagonista, un genio del crimen que se redime y se reconvierte en investigador, que no se llama Moriarty como esperábamos algunos, sino se hace llamar "La Araña". Precisamente ese personaje, vaya por Dios, aparentemente se vuelve persona real -sí como lo leen- pasa de la ficción a la realidad más corpórea, insidiosa y molesta y carga contra su creador, como un Frankenstein cualquiera. Ese será el metafísico enredo en el que el imperturbable inspector Appleby (creo que el único fallo de Innes es haberle dado ese apellido sin pensar en las traducciones de sus novelas a otras lenguas) pasará a resolver con su agudeza habitual. Y el lector encantado de que lo haga por una parte y molesto por el hecho de que ahí acaba la novela y deberá abandonar la entretenida, tradicional y deliciosa casa de campo inglesa donde transcurre toda la acción. Durante la lectura uno se percata de que todos los personajes son abrumadoramente inteligentes e incluso los personajes torpes o estúpidos tienen también una inteligencia notable aunque a su manera surrealista. El lector acaba un poco fatigado de tanta inteligencia activa, sugestiva, sugerente y referencial (las citas, como dije, son permanentes y bastante eruditas) hasta que se percata de que lo que ocurre es que el autor, Michael Innes, no puede evitarlo: su propia inteligencia narcisista y retórica literaria de altos vuelos impregnan de manera uniforme a todos sus personajes y, por supuesto, al propio narrador. Aún así, la trama de guante blanco de esta novela divierte y encanta a partes iguales. FICHA ¡PAREN LAS MÁQUINAS!.- Michel Innes.-Trad. Miguel Ros.- Ed. Siruela. 405 págs. ISBN 9788417041304
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PIEDRAS

¡¡¡Qué delicia!!! No conocía este libro pero no me ha sorprendido que fuera el polimórfico, irreverente, imaginativo y sorprendente Roger Caillois (escritor y crítico social francés, nacido en 1913 y fallecido en 1978) el que se atreviera con esto, lejos de geólogos, geógrafos y otros especialistas. Pura literatura y en muchas ocasiones pura poesía. Son unas doscientas páginas en un volumen en cuarto de folio, de los que la editorial Siruela nos brinda como un inapreciable regalo (dados su autores, temática y solvencia). Pero pasemos a esta gozada publicada en francés en 1970 (se tituló, muy acertadamente, "La escritura de las piedras") y recuperada en castellano por Siruela en el 2011 y para suerte de los despistados como yo en el cercano 2016. El libro cuenta con un revelador prólogo de Emil Cioran, el filósofo rumano-francés que falleció en los 90 en un rapto de coherencia con su filosofía pesimista y escéptica (aunque por propia confesión se sentía más cerca de los cínicos griegos y de Epicuro). Hay un punto de reverberación entre Cioran y Caillois que justifica su encendido elogio en el prólogo. Se trata de su fascinación por el simbolismo que encierra la permanencia secular de las piedras, su pertenencia al origen tectónico, al fragor inimaginable de los inicios minerales del planeta, su estólida paciencia infinita, su resistencia y la hipnótica presencia en las montañas, en los ríos y en el fondo abisal de los mares. Y no nos habla de las piedras preciosas o de las sillares de grandes edificios o los bloques de las pirámides o la pétrea ornamentación de palacios, residencias o rascacielos. Como señala acertadamente el prologuista Caillois tiene un fervor esencial por las piedras, el mineral en bruto, debido a su "nostalgia de lo primordial, la obsesión por los comienzos, por el mundo anterior al hombre, por un misterio más lento, más vasto y más serio que el destino de nuestra pasajera especie humana". Caillois nos guía por un mundo petrificado pero que esconde en su interior, en su composición interna, oculta por siglos, maravillas delicuescentes, aguas primordiales, vetas suntuosas...y nos asegura convincentemente que las piedras nos dispensan "múltiples serenidades". Y en ese párrafo comprendí mi fascinación por el texto que leía arrobado: soy de esos montañeros que se quedan como hipnotizados contemplando una falla tectónica, un caos de bloques, el perfil aguileño de una cumbre, los juegos de arcoíris de pendientes fragmentadas de las montañas orgullosas y salvajes de los Puertos y, en un juego contradictorio, mi amor por la belleza de las pequeñas piedras, al estilo de León Felipe. La belleza poética y filosófica de este texto es extraordinaria. Caillois "hila un discurso tan sencillo como lleno de sugerencia y belleza donde las piedras, los minerales, son el nexo de unión entre una forma material fría, concreta y definida, y el mundo poético e imaginativo que una piedra pueda despertar como una forma de sueño visual —y casi sensual— en el ojo humano". Para ello, repasa las páginas de la mineralogía clásica y nos habla de leyendas, mitos y símbolos, mezclando la realidad física innegable del mineral con la aspiración casi mística del observador. Como escribe Cioran: "Somos todos...fracasados de alguna aspiración mística, hemos experimentado nuestros límites y nuestras imposibilidades en medio de alguna experiencia extrema". Y así describe indirectamente la belleza de la montaña, un símbolo y una realidad física inevitable a la que afrontamos, fascinados por su llamada eterna y su presencia inamovible, presencia que nos lleva a experimentar "límites y posibilidades" que tal vez nos muestran cómo en realidad somos y a qué, en realidad, aspiramos. La intención de Caillois (“No pretendo reconocer especies, sino hacer perceptible la fuerza de una fascinación. En esta visión un tanto alucinada que anima lo inerte y va más allá de lo percibido, a veces me ha parecido captar en directo uno de los nacimientos posibles de la poesía”) queda suficientemente explícita en su obra y,a mi parecer, confirmada por el lector sensible a la faceta mineral de la belleza del mundo natural. Y como muestra un botón: "En la miel o la leche azul del ágata, a menudo las dendritas esbozan paisajes: colinas, valles o cañadas, siempre plantados de abetos que la distancia convierte en minúsculos y que se reconocen por la silueta puntiaguda...en los crepúsculos ardientes de la cornalina, dibujan una línea negra ininterrumpida; en la calcedonia sin embargo, se reagrupan en bosquecillos poco frondosos". Delicioso. Como cuando describe el interior de otra piedra : “El verde se desliza por la superficie del hierro y le añade un brillo impaciente que se estremece en el espejo sombrío como el agua al entrar en ebullición. Se encuentra ahí reverberado (¿de dónde vino?), color de ultramundo bruscamente captado y rápidamente devuelto, como el fino relámpago de un rayo minúsculo”. En resumen, un libro para atesorar. PIEDRAS.- Roger Caillois.- Trad. Daniel Gutiérrez.- Ed. Siruela. ISBN 9788416465972
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